La primera Underworld (2003), que tanto bebía de la estética Matrix copiada hasta la saciedad en esos primeros años dos mil, dio lugar a todo un universo cinematográfico. De las cinco películas que hasta el momento conforman este universo, las dos primeras fueron rodadas por Len Wiseman, formando un matrimonio en todos los sentidos con la protagonistas, Kate Beckinsale. Esta Underworld: la rebelión de los licántropos (2009) es la tercera entrega y funciona como precuela de las dos primeras. Aunque la protagonista de Underworld aparece en una escena final, la película dirigida por Patrick Tatopoulos está protagonizada por Rhona Mitra, que aquí aparece caracterizada como un clon de Kate Beckinsale. Por ahí aparecen también Michael Sheen y Bill Nighy acompañando a Mitra, con algo más de protagonismo del que tenían en las películas anteriores de la saga.
La película, bastante continuista en muchos aspectos, destaca por trasladar el rodaje de Europa del este a Nueva Zelanda, por introducir algunos efectos prácticos donde antes todo era CGI y por contar con un presupuesto más reducido que la entrega anterior. Se intuyen algunas diferencias, no sólo por el cambio de escenario y época, de la actualidad a la Edad Media europea. Estéticamente se abandona el cyberpunk que bebía de Matrix por un estilo que entronca con el gótico. A ver, con moderación. Sigue existiendo el gusto por el cuero, pero anticipa películas como Drácula Untold (2014). También sigue siendo continuista en cuanto a fotografía, con esos tonos azules y grises, pero añade un marcado claroscuro que antes no existía. El juego siempre ha sido que el rojo saturado de la sangre destaque con esa fotografía. Otro elemento que se suma a esta estética gótica es cierta teatralidad en las interpretaciones, a medio camino entre la mala actuación y la mala dirección.
Preparados para una nueva ola de calor
La dirección de Tatopoulos, que ya había participado en las anteriores entregas en el diseño de producción, es muy típica de la época: estilo videoclip. Muchos cortes, montaje sincronizado con la música, búsqueda de planos icónicos, narrativa puramente visual, banda sonora industrial/gótica, paleta monocromática desaturada... La historia de la película pretende contar el origen de la guerra entre los licántropos y los vampiros, recurriendo a situar la acción en la Edad Media. Quizás esos pequeños detalles antes mencionados la convierten en la entrega diferente de Underworld. No pretende renovar nada, pero sí hace las cosas lo suficientemente diferentes como para al menos apreciar ese intento.
Los años dos mil trajeron de vuelta, en este eterno retorno del pasado en el que vivimos, a los niños demoníacos. Está esta Hellion, el ángel caído (2007), pero también The Children (2008), El hijo del mal (2007), Ils (2006), Expediente 39 (2009), La huérfana (2009) o una no muy conocida sobre niños zombis mineros llamada simplemente Zombies (2006) en España. Del título en castellano de algunas de estas películas mejor hablar en otro momento, porque tela.
Whisper (2007) en su título original, fue dirigida por Stewart Hendler y protagonizada por Sarah Wayne Callies y Josh Holloway, que venían la una de estar petándolo muy fuerte en Prison Break y el otro en Perdidos —Sawyer como epítome de personaje canallita de la década—. También aparece por ahí un Michael Rooker como secundario antes de romperla con The Walking Dead —donde coincidiría con Sarah Wayne— y de incorporarse al universo Marvel.
Whisper narra la historia de Max Harper, personaje interpretado por Josh Holloway, que tras ver como los bancos se niegan a concederle un crédito para montar un pequeño negocio y sin más alternativas económicas, decide sumarse junto a su novia al plan de uno de sus amigos criminales para secuestrar al hijo de una familia rica. Lo que en un principio parece un trabajo fácil, un secuestro por el que se pide un rescate, se va complicando cuando el niño que han secuestrado demuestra ser otra cosa. Es uno de los grandes fallos de la película, que en ningún momento ofrece algún tipo de ambigüedad respecto a la amenaza demoníaca que supone el niño, ni tampoco el resto de personajes parecen ser conscientes de esta amenaza. Aunque lo intenta, es difícil ver aciertos en una trama que persigue crear el horror de algo aparentemente inocente como un niño y que nunca lo logra.
Así lucían los selfies en la época
Hendler, para sorpresa de nadie, viene del mundo de la publicidad y del videoclip, tremenda cantera de nuevos directores en esas décadas. Los recursos que utiliza son bastante sencillos, optando la mayoría de las veces por escenas que acaban con un jumpscare. Se supone que los susurros a los que alude el título original y que son más bien visiones que introduce el niño secuestrado en el resto de personajes son los que construyen la tensión de la escena, pero la realidad es que acaban las más de las veces en un subidón de la música que te hace pegar un bote en el sofá y que no tiene una justificación narrativa. Cortes rápidos donde aparece algo que te debería asustar acompañado del subidón de la música. De todas formas, se agradece el intento del director de hibridar un thriller sobre secuestros con el terror sobrenatural más clásico.
Dog Soldiers (2002) fue el debut comercial de su director, Neil Marshall, que en esos años dos mil encadenó esta película, The Descent (2005) y Doomsday (2008), tres películas que mezclaban el terror con la acción que tuvieron una buena acogida entre los fans del terror. Se la pegó con Centurión (2010) y con Hellboy (2019) en la década pasada, con un discreto resurgir en estos locos años veinte de la mano de la que fue su pareja Charlotte Kirk como protagonista de sus últimas cuatro películas. Mención especial para The Lair (2022), que recupera ese espíritu mamarracho que mostró Marshall en Dog Soldiers y Doomsday.
Con guion del propio Marshall, la película narra la historia de un encuentro entre soldados británicos de maniobras en las Highlands escocesas y una manada de hombres lobo. La película cuenta con un reparto de actores ingleses, escoceses e irlandenses que luego tuvieron un recorrido en el cine y la televisión comerciales, como Sean Pertwee, Kevin McKidd y Liam Cunningham, caras conocidas gracias a Gotham, Rome y Juego de Tronos. Cunningham, antes de su recordado papel como caballero de la cebolla en Juego de Tronos, fue protagonista de una olvidada serie de ciencicia ficción de la BBC, Outcast (2011), cancelada después de una primera temporada más que interesante y que merece un revisionado.
Guiri después de comer fabada a mediodía en un chiringuito de Benidorm a 38º a la sombra
La película, de estrenarse una década antes, bien podría pasar por un título de explotación de Depredador (1987). Cámbiese la selva por las Tierras Altas escocesas y el depredador por los licántropos y lo tenemos. Como en Depredador, también hay mucho de humor cafre y acción. También podría pasar por un Aliens (1986) británico, aunque a Cameron le falta la mala leche que sí existe en Depredador y en esta Dog Soldiers. La película también bebe del cine clásico de defender el fuerte, ya que gran parte del metraje transcurre en una vieja granja donde se refugian los soldados para hacer frente a los licántropos. En ese sentido es una película que podría haber dirigido John Carpenter. Dog Soldiers es una película de bajo presupuesto rodada en Luxemburgo para ahorrarse unas libras en impuestos, con un estilo documental de cámara en mano, planos cerrados, mucho movimiento y montaje frenético. También destaca por su uso de efectos prácticos. cuesta imaginar esta película con CGI. El equilibrio que logra Marshall entre acción, terror, humor y ser un puto cafre también merece una mención. En un momento en el que prevalecían Whedon y su posmodernismo es de agradecer. Y que entre paletos ingleses y cayetanos me quedo con los primeros. Al menos te ríes.
Cristian Romero (1988) es un escritor colombiano de ficción extraña. Ha publicado novelas de ciencia ficción como Después de la ira editada por Alfaguara en 2018. Sin embargo su debut literario es Ahora sólo queda la ciudad (2016), una colección de relatos reeditada en Argentina por Ediciones Ayarmanot y en España por La Máquina que hace PING! Publicada gracias a una beca de la ciudad de Medellín para jóvenes creadores, Ahora sólo queda la ciudad recoge ocho cuentos que se mueven entre la fantasía, la ciencia ficción y el terror.
En Ahora sólo queda la ciudad la gran protagonista es, valga la redundancia, la ciudad. Presente en todos los relatos, la ciudad se erige como organismo vivo que te expulsa, que te acoge, punto de llegada o de salida, siempre protagonista. Romero hibrida diversos géneros para generar un extrañamiento propio de la ficción extraña de nuestra época. Algunos relatos se acercan más a la fantasía, otros a la ciencia ficción, pero en todos ellos late el terror, bien como algo que no debería estar ahí o bien como ausencia. En esa presencia amenazante que invade la realidad se asemeja a la otredad que trabajaba Julio Cortázar, una alteridad que pone patas arriba nuestra realidad.
El relato más destacado y el que más recorrido ha tenido en antologías y revistas es El niño sin brazo. En él, un niño que sufre la amputación de un brazo ve como este se convierte en un ente autónomo con vida propia que le sustrae los afectos de su madre. El brazo amputado se convierte en un enemigo para el sujeto del que ha sido separado. Horror corporal similar al que podemos leer en la gestación que tiene lugar en El vientre.
El asedio animal (2021) es la novela de la escritora colombiana Vanessa Londoño (1985). Graduada en Derecho y con un máster en escritura creativa, lleva cerca de una década decándose al periodismo y la comunicación en medios estadounidenses y latinoamericanos. El asedio animal es su debut en la ficción.
La novela está dividida en cuatro partes, cuatro relatos cuyas conexiones descubriremos al final del libro. Como en Ahora sólo queda la ciudad de Romero, en El asedio animal es el territorio el principal protagonista. Las historias que narra Londoño cuentan lo que ya no está. En el primer relato un niño pierde a su madre después de que le amputen las piernas por usar unas botas. En el segundo relato es una vieja partera la que pierde su lengua para que no pueda contar que escapó a una violación. En el tercero está la pérdida de la vista, en el cuarto y último a la protagonista le amputan las manos.
El asedio animal también es un libro que trata sobre los vacíos. El vacío que provoca la ausencia de estado se llena de otro orden y otra jerarquía. El territorio, su pérdida, están acompañados de la violencia. El territorio también entra en sincronía con los cuerpos que lo habitan. La protagonista del segundo relato, que al comienzo es una niña, se desarrolla y se convierte en mujer como el territorio es primero siembra y luego cosecha. El asedio animal también es un libro que cuestiona qué se cuenta y cómo se cuenta. El lenguaje es de suma importancia y genera una grieta por la que se cuela la luz. El relato devuelve la voz y la dignidad a los cuerpos mutilados víctimas de las diversas violencias que se entrecruzan en el territorio.
El estilo de Londoño es muy de escuela de escritura, se le pueden identificar esos dejes. En ese sentido, recuerda a otras autoras que publica en España Páginas de espuma. Londoño hace alarde de una prosa cuasi poética, de un lirismo sensorial que entronca con la tradición que encarnan Álvaro Cepeda, Elena Garro, Héctor Rojas o Juan José Saer. Un poco en la línea de lo que escribe Mónica Ojeda en la actualidad, aunque en Londoño no existe un morbo o un gusto por el terror corporal. La mutilación de los cuerpos, como la fragmentación en la narración, es la excusa para explorar las violencias que sacuden el mundo. Violencia y víctimas no se idealizan, pero sí se puede identificar un deseo en los cuerpos heridos, un destello de vida que prende en los despojos y que nos diferencia de los fantasmas. Aunque mutilados, seguimos siendo seres humanos.
I know the past will catch you up as you run faster
I know the last in line is always called a bastard
I know the past will catch you up as you run faster
Lo de Backrooms y su impacto cultural es algo que sólo estamos empezando a vislumbrar. Desde el cuarto de las escobas de tu abuela hasta los aeropuertos sin aviones, todo es liminal. Podcast, listas en redes sociales y el amigo ese que desde el colegio ya se vio que le faltaba una patatina para el kilo, los espacios liminales ocupan parte de la conversación. Hasta la siguiente moda; o no. Hay multitud de libros que analizan internet y su estado actual. Uno de los más importantes es Estéticas liminales (2026), un libro de la historiadora del arte italiana Valentina Tanni (1976) traducido al castellano y publicado por la argentina Caja Negra. Internet dejó de ser tema para convertirse en estructura ontológica, es decir, en el dispositivo que crea nuestra realidad y a la vez la explica. La cultura cibernética que comenzó es los ochenta es LA CULTURA.
Tassi explora y explica muchos fenómenos de la cultura de internet, entre ellos el de las backrooms, parte del inconsciente colectivo. Un espacio generado proceduralmente, como en los videojuegos, ruina degradada de nuestra realidad, se convierte en un refugio de nuestro mundo acelerado. Como en los videojuegos, basta con hacer no clip para atravesar una pared y acabar en las backrooms. Es a partir del fracaso de la tecnología digital que han surgido las nuevas obras. Todo lo que te parezca feo, raro o desagradable se convertirá en su atributo distintivo. Los glitches, como ese no clip en las backrooms, son fantasmales. La gamificacion, el relato como juego, la obsesión por el worldbuilding y la manifestación de una mentalidad exploratoria son características de nuestro tiempo. Los jugadores se establecen como productores y consumidores de historias, personajes y mitologías.
Otra grieta en el tejido de la realidad es el auge de los vídeos de ASMR, consistente en la idea de que vídeos que reproducen ciertos sonidos son capaces de producir sensaciones agradables en quien los ve o escucha. Otra fuga más y otro repliegue en el propio cuerpo. Fenómeno parecido al shifting, una práctica consistente en mandar nuestra conciencia, a través de la meditación y vídeos preparados para ello, a otras realidades deseadas. ¿No te gusta tu vida? No te desuscribas, sólo viaja a otra realidad. El ASMR y el shifting forman parte de lo que Tanni califica como surrealismo de masas, un inconsciente colectivo que produce una cultura obsesionada con la evasión frente al colapso que se percibe inminente, con un enrarecimiento de nuestra realidad producido por la parálisis política y la falta de imaginación.
Otro de esos libros indispensables para entender la actualidad y editados por Caja Negra es Porsiemprismo (2024). Escrito por el filósofo estadounidense Grafton Tanner (1990), toma el concepto —foreverism— de un oscuro manual de márquetin. Tanner, que ha explorado en otros ensayos el concepto de nostalgia y su importancia en nuestra época, en Porsiemprismo sostiene una curiosa tesis: el capitalismo digital y las grandes plataformas mantienen la cultura en un estado de actualización continua donde nada termina nunca. No es posible sentir nostalgia en un mundo donde las cosas no terminan.
Tanner se centra en la industria cultural estadounidense y en las diversas operaciones llevadas a cabo para este porsiemprismo, resumidas en tres: preservar y restaurar, que anteceden, y finalmente porsiemprizar. Existe un archivo casi infinito que proporcionan las plataformas digitales a través de internet. No puedes sentir nostalgia por un disco de hace sesenta años porque está disponible en streaming en dos clics de ratón. Lo mismo sucede con videojuegos, películas o libros. La siguiente operación sería la de restaurar. ¿Cuántas películas han sido restauradas? ¿Cuántos discos remasterizados? ¿Cuántas versiones HD de videojuegos? Porsiemprizar es rejuvenecer y/o reiniciar un objeto cultural de manera infinita. La industria cultural realiza esta porsiemprización a través de los reboots, reinicios y remakes que producen sagas infinitas.
Para Tanner la inmediatez tecnológica impide la distancia necesaria para sentir nostalgia. Lo que hace la industria cultural explotando una y otra vez la misma imagen recortada del pasado es impedir el duelo y cancelar el futuro. Si nada tiene fin no podemos pasar un duelo y olvidar, así como tampoco existe el futuro si vivimos en un reinicio permanente del pasado. En política esto se expresa en el auge de las retroutopías y en movimientos que sostienen el pasado como promesa de futuro. Desde el Make America Great Again hasta Ana Iris Simón diciendo lo bien que vivían nuestros padres en los setenta y ochenta. El mito de origen convertido en mito de destino. Tanner analiza algunos discursos políticos de los sesenta y setenta y resulta loco descubrir como el futuro ha desaparecido de la política. Si algún candidato o partido político de esas décadas hubieran propuesto discursos como algunos de los actuales los habrían colgado de una farola.
Por último, lo retro es para Tanner la comercialización y el consumo del pasado, síntoma de la parálisis cultural y la impotencia política en las que vivimos. Volvió el vinilo, hasta ha vuelto el casete, como las consolas retro y series que explotan esa estética. Vuelve el 2YK y su Windows Vista y vuelven los móviles y las cámaras fotográficas de los dos mil. Vivimos en un presente infinito que no avanza, sólo consume retales del pasado. Como en el libro de Tanni, lo retro también se constituye en un refugio frente a un futuro cada vez más incierto. A ver si alguien se anima a romper el bucle. Los fantasmas del futuro serán los que nos sacudan la parálisis del presente.
Slither: La plaga (2006) es una película canadiense de terror y comedia dirigida y escrita por James Gunn. Protagonizada por Nathan Fillon, Elizabeth Banks y Michael Rooker, ya muestra ese humor tontorrón que tanto gusta a Gunn y que es heredero de Joss Whedon y su forma de escribir. En ese sentido es una comedia de terror muy meta, escrita como una forma de homenaje a las comedias de terror de los ochenta y con esa forma tan característica de los diálogos, donde parece que los protagonistas son conscientes de estar interpretando un papel dentro de una película. De esto habrá mucho en la carrera posterior de Gunn en Marvel. La sublimación de este tipo de cine llegaría en la década de los diez con La cabaña en el bosque (2011), aunque mi favorita es Zombies Party (2004) y el humor british de Edgar Wright.
La película cuenta la historia de una invasión alienígena que tiene lugar en un pequeño y tranquilo pueblo estadounidense. Los alienígenas son un organismo parásito que llegados del espacio convierten a los habitantes del pueblo es mutantes grotescos y zombis romerescos. Mientras la plaga se extiende por el pueblo, el sheriff Bill Pardy será el encargado de combatirla junto a un pequeño grupo de supervivientes.
Cuando sólo te dedicas a comer ganchitos, ver películas y jugar al Final Fantasy VII
Slither: La plaga en ese intento de homenaje al cine de terror de los ochenta utiliza muchos efectos prácticos. Lo que Gunn consigue es adelantarse unos años a las tendencias y lograr que su película luzca diferente. En un momento en el que los efectos digitales y una estética exageradamente digital eran la norma, los efectos prácticos de látex, la sangre falsa y las prótesis deliberadamente cutres le dan un aire retro unos años antes de que se convirtiese en moda. Ya estaban por ahí Rob Zombie y su grano setentero haciendo cosas, también crecían el número de remakes en cartelera, pero no dejaban de ser una corriente de fondo que todavía no había emergido a la superficie.
De comedia de terror a comedia de ciencia ficción. Nothing (2003) es una película canadiense dirigida por Vincenzo Natali. Protagonizada por David Hewlett y Andrew Miller, Nothing es una película no sólo pequeña en presupuesto sino menor en la filmografía de su director. Natali nunca volvería a repetir la genialidad lograda con su primera película, Cube (1997). Con la salvedad de Splice (2009) siempre se ha movido por el territorio del bajo presupuesto y el cine independiente.
Lo peor que se puede decir de la película es que parece una idea de corto alargada excesivamente y sin mucho sentido para convertirla en un largometraje. La trama gira sobre la historia de dos fracasados que comparten amistad y casa. Cuando van a ser desalojados de la casa en la que viven todo el mundo desaparece, quedando únicamente la casa, ellos y una nada blanca sin fin. Lejos de explorar caminos como el terror o la ciencia ficción, la película se convierte en una comedia chorras con algunos toques kafkianos. Los patéticos personajes que son los protagonistas desarrollan una serie de sketches que se van alargando sin demasiada gracia. Creo que Natali sí que pretende darle un tono más elevado a la película, como queriendo crear un tipo de comedia existencial de humor absurdo, pero acaba aterrizando en lo pueril y tonto.
Stan, la tortuga más famosa de Norteamérica
Natali combina fondos e inserciones con lo teatral del expresionismo usando la técnica de Terry Gilliam de crear collages animados. Estas animaciones y ese pretendido tono surrealista a lo Monty Python acentúan todavía más esa sensación de encontrarnos ante una sucesión de sketches. Al contrario de los sucedido en Cube, que se desarrollaba en un espacio claustrofóbico, en Nothing el espacio blanco es infinito. Hewlett y Miller tuvieron que actuar durante gran parte de la película sobre un fondo verde, lo que ya sabemos que da a las interpretaciones un aire como descontextualizado, que si en la mayoría de películas es un problema, en Nothing refuerza el tono absurdo de la comedia.
Aquí hablé de Vidas ajenas (2004) y la alargada sombra de Sev7n (1995) en un género como el thriller. Una evolución de esa estética y esos temas fue Saw (2004), en la que James Wan pasaba Sev7n por el tamiz del J-horror y el gore. Convertida en éxito absoluto, desde el inicio comenzaron a surgir clones, homenajes e inspiraciones varios. Rastro oculto bebe de Saw en algunas de sus escenas. Dirigida por Gregory Hoblit y protagonizada por Diane Lane, Colin Hanks, Billy Burke y Josheph Cross, Rastro oculto es un thriller sobre asesinos en serie de estética Y2K.
Jennifer Marsh, el personaje interpretado por Diane Lane, es una agente del FBI especializada en delitos informáticos. En la red aparece una página que retransmite asesinatos y torturas en vivo. Cuantas más personas se conecten a la página, más rápido morirá la víctima. Desde un hombre atado y con diversos cortes en su cuerpo conectado a un gotero que le inyecta anticoagulante, hasta uno de los personajes secundados sumergido en una cubeta de agua que aumenta su acidez a ritmo de viewers, las torturas que se muestran beben de Saw y sus juegos sádicos. La única diferencia es que aquí las víctimas no tienen posibilidad de escapar con vida, están expuestas a la audiencia de internet. Es muy gracioso el mumbo jumbo informático, que como en esas películas cyberpunk de los ochenta y noventa, sólo es palabrería sin sentido y lenguaje confuso. Todo esto en un momento, 2008, en el que los llamados smartphones estaban por sustituir a nuestros teléfonos móviles. Es raro ver una ficción ambientada en la actualidad donde no se haga uso de internet y diversos dispositivos electrónicos, pero más raro es ver ficciones ambientadas en un pasado cercano que parece mucho más lejano por culpa de una tecnología obsoleta. Si los móviles con teclado y el Windows vista nos inspiran ternura y nostalgia, también lo hace la crítica social y poco sutil de la película: el asesino explota el gusto por el morbo de la gente para matar. Sus víctimas mueren literalmente por viralizarse. Cuantos más usuarios se conecten al directo, más rápido muere la víctima. En tiempos acelerados donde se denuncia el algoritmo y se reclama soberanía cognitiva, resulta inquietante ver el mundo que dibuja Rastro oculto.
Estética Y2K cuando era lo que había y no otra moda retro más
La película busca imprimir a la historia un tono realista, desde cómo se desarrolla la investigación hasta la vida personal de la protagonista. La película tiene esa fotografía gris y plomiza típica de los thrillers de la época, en la que sólo le falta escenas con lluvia para cumplir con todos los clichés. Hay mucho plano cerrado, mucha insistencia en mostrar pantallas, algo de cámara en mano y montajes en paralelo. También hay un exceso de drama muy de escuela de guion, colocándole a la protagonista una madre y una hija pequeña. Cuando a EEUU lleguen la sanidad pública y las políticas de conciliación se van a quedar sin temas de los que hablar.
Like a sly fake smile at the moment when it becomes real
Sweet baby, break the tie once the clock makes the day stand still
El bosque maldito (2006) es una película dirigida por Lucky McKee, con guion de David Ross y protagonizada por Agnes Bruckner. Aparecen en el reparto rostros conocidos como los de Bruce Campbell, Patricia Clarkson y Rachel Nichols. Sobre todo, hay mucha actriz joven que empezó a dejarse ver en series y películas a partir de los dos mil, como los casos de Bruckner y Nichols.
La película está ambientada en 1965 y narra la historia de Heather, una joven y problemática adolescente, que es enviada a un remoto internado femenino de Nueva Inglaterra. Allí, en ese internado rodeado por un bosque, comenzará a adentrarse en los secretos que ocultan la desaparición de varias de sus compañeras y su relación con la directora y el resto de profesoras.
La dirección de McKee es propia del estilo videoclipero de la época: cortes rápidos al compás de la música, uso de cámara lenta y una fotografía que se aleja bastante del realismo. Incluso en los planos generales que incluyen varias alumnas del internado parece que éstas están interpretando y repitiendo los gestos y movimientos de una coreografía. Junto con los rostros artificialmente iluminados, ciertos acabados brillantes y ese montaje rítmico, parece que estamos ante un videoclip de HIM o The 69 Eyes de la época. McKee también usa contrapicados para hacer parecer más grandes magnificar a algunos personajes en relación a la protagonista, siempre de apariencia pequeña y frágil.
Cuando la tutora te decía que quería hablar con tus padres
El bosque maldito puede recordar, en cuanto a la trama y la intención, a una reimaginación de la Suspiria de Argento. El internado femenino y un personal docente que usan la brujería para someter a las alumnas conforman esa especie de cuento de hadas moderno en el que McKee actualiza el lenguaje visual de Argento. Los primeros planos, la iluminación artificial, la banda sonora, partes de la fotografía, evocan al clásico de Argento. Pese al homenaje, lo de McKee se queda en intento, incapaz de superar la obra icónica de Argento.
La cosecha (2007) es una película dirigida por Stephen Hopkins y protagonizada por Hilary Swank. Como en el caso de El bosque maldito, en el reparto aparecen rostros conocidos de la época, como Idris Elba, Stephen Rea y la jovencísima AnnaSophia Robb. Esta película es buen ejemplo de la irregular trayectoria de Hilary Swank, que lejos de consolidarse tras ganar dos Oscar, acabó protagonizando proyectos menores. También sirve para constatar lo difícil que lo tienen las actrices para encontrar papeles donde sobresalir más allá de cierta edad. La carrera de Idris Elba también es una muestra de talento desperdiciado, aunque en este caso por otras razones. El éxito en The Wire le llevó al cine de Hollywood y a protagonizar su propia serie en la BBC, Luther, que a su vez le llevaron a desperdiciar su talento en el megacine comercial en la pasada década. Una pena.
La historia que narra La cosecha es propia de película de sobremesa de Antena 3 en los noventa, pero con más presupuesto. Swank interpreta el personaje de Katherine, una exmisionera cristiana que tras el asesinato de su marido e hija a manos de fanáticos religiosos en Sudán, ahora se dedica a desacreditar supuestos milagros alrededor del mundo encontrándoles una explicación científica. Así llegará a Heaven, un pequeño pueblo de Luisiana, para investigar lo que parecen ser las diez plagas bíblicas. Más allá de lo maniqueo y de la nula profundidad de la historia, La cosecha recupera el thriller sobrenatural y el terror religioso de finales de siglo. Pensemos en Stigmata (1999), El fin de los días (1999), La novena puerta (1999), La bendición (2000), Escalofrío (2001), El devorador de pecados (2003) o El exorcismo de Emily Rose (2005) que tan bien mezclaban elementos temáticos de El Exorcista (1973) y La semilla del diablo (1968) con el nuevo lenguaje visual que inauguró, en parte, Sev7n (1995).
¿Videoclip o película de cine? El ¿culo o codo? de los dos mil
Como en El bosque maldito, Hopkins dirige La cosecha con el estilo en boga de la época: mucho corte, montaje rítmico, fotografía de colores poco naturales, muchos flares, planos ultranítidos, la superposición de imágenes en la transición de escenas... Katherine está en el laboratorio analizando unas muestras y la escena parece un videoclip musical; o luces altas quemadas y color saturadísimo. Da igual el momento de la película que escojas, todo te lleva a lo mismo.
Cara de un joven almeriense al pasar más de tres horas delante de la pantalla del móvil viendo tiktoks
La película, que no funcionó mal en taquilla, recibió críticas atroces. En general, con bastante razón: reparto con un talento inmenso totalmente desaprovechado, abuso de un CGI que ha envejecido regular y un final que busca el impacto, muy a lo Shyamalan, pero que resulta en una chorrada absurda. Porque más allá del estilo visual y unos efectos digitales muy de esos años, la película naufraga por un guion disparatado que nunca termina de funcionar. Todo se queda a un nivel muy superficial, el debate entre religión y ciencia, el supuesto trauma de la protagonista y su camino en la recuperación de la fe perdida...
Vidas ajenas (2004) es una película dirigida por D.J. Caruso y protagonizada por Angelina Jolie e Ethan Hawke. La película, basada en una novela de Michael Pye, es un thriller como El coleccionista de huesos (1999), también protagonizado por Jolie. Desde mediados de los noventa hasta bien entrada la década de los dos mil hubo un intento de repetir el éxito de Fincher con Sev7n.
Illeana Scott, personaje interpretado por Jolie, es una agente del FBI que se desplaza a Montreal para ayudar a la policía del lugar a capturar a un peligroso asesino en serie. La particularidad de este asesino es que se dedica a robar la vida de sus víctimas, generalmente personas solitarias y con poco contacto social, al asumir su identidad durante un tiempo. Hasta que vuelve a matar.
En Vidas ajenas no existe un estilo visual tan marcado como en las otras dos películas. El montaje y la cantidad de cortes delatan a la película como un producto de su época, pero no hay demasiada personalidad en la dirección. Está presente esa estética industrial, fría y limpia, tan característica de la época. La mano de Caruso se nota en algunos primeros planos y en el desenfoque selectivo que usa en algunas escenas. Por lo demás, Vidas ajenas es el thriller genérico de la época.
Aunque estés pasando una mala racha, no te folles a un facha
De la película se puede destacar la banda sonora de Philip Glass. Entre medias, como era habitual desde los noventa, se cuelan canciones de bandas como U2, The Clash y Massive Attack. El giro final destinado a impactar en el espectador —hola Sev7n— no pasa ocurrencia chorras. Casi más destacado y de dejarte con la boca abierta es descubrir que la peli iba a ser dirigida por Tony Scott y protagonizada por Jennifer Lopez, que venía de intentarlo fuerte con películas como Anaconda (1997) y La celda (2000), pequeñas joyas del jórror. Desde luego, si me tengo que quedar con un thriller de la época escojo La celda, película a la que EM¿OQ? dedicó un episodio de su podcast hace unos meses.
¿Has pensado hacia dónde dar el primer paso
en caso de que huir fuera imprescindible?
¿Has calculado cuánto hay de pérdida en cada elección?
¿Te acuerdas alguna vez de la noticia que hizo que cambiaras de rumbo?
¿Alguna vez te has preguntado a dónde irá a parar todo ese tiempo que
se ha perdido para siempre?
El mismo fuego que te abrasó
fue el que te iluminó el camino a seguir
la básica ley del caminar, caer y volverse a levantar
la lucha del aprender o esa misma lucha como lección
Al final de la escalera es una película de terror canadiense dirigida por Peter Medak y protagonizada por George C. Scott. El título de la película en castellano es uno de esos escasos ejemplos en los que se mejora el original, que además revienta la trama. La película fue el gran éxito del húngaro Medak como director y el último gran papel de George C. Scott
La película, a pesar de estrenarse en 1980, bebe mucho del thriller de los setenta: es una película de terror gótica con fantasmas, bastante clásica, pero con la corrupción política como aderezo de la trama. Un poderoso y ya anciano senador intenta ocultar el secreto detrás de su apellido e identidad. Otro rasgo bastante setentero es el de la sesión espiritista con regusto New Age. ¿Tienes fantasmas en casa? Acude a tu universidad de referencia para que te manden a una médium a casa.
La acción de la película transcurre en su mayoría en una vieja mansión victoriana. Lo de vieja es bastante relativo, ya que de ese lado del Atlántico una casa de 70 años ya poco menos que es tan clásica como el Partenón de Atenas. En cualquier caso, esta mansión aislada se convierte también en protagonista de la película. John Russell, el personaje interpretado por Scott, es un compositor de música clásica que después de perder a su mujer e hija en un accidente decide mudarse. Gracias a una pareja de amigos encuentra una mansión aislada en mitad de la nada disponible para alquilar. La casa, que lleva tiempo deshabitada y fuera de mercado, se convierte en el nuevo hogar de John. El problema es que la casa está habitada por el fantasma de un niño asesinado que busca venganza.
He vivido en pisos más pequeños que esa habitación
La película se mueve entre el clasicismo y la modernidad. Hay mucho del gótico más clasico de los cincuenta y sesenta, con un juego de luces y sombras y la búsqueda de la simetría, pero Medak también usa muchos picados y contrapicados con gran angular para mostrar lo grandioso de la casa y el POV del fantasma que recorre la mansión. El uso de picado y contrapicados combinados con un gran angular agranda el espacio interior, haciendo la casa más grande de lo que es, y también aísla al sujeto y lo empequeñece, convirtiéndolo en vulnerable. Asimismo el uso de los efectos de sonido para la construcción de escenas y como protagonistas de la película convierten a Al final de la escalera en una película moderna. La escena de la pelota roja cayendo por las escaleras y la de la silla de ruedas moviéndose sola siguen funcionando, más la primera que la segunda, que se ha visto homenajeada y repetida en numerosas ocasiones.
Típico señor de 104 años casado con una modelo de 27 y con una hija de 6
Al final de la escalera fue, no sé si sigue siendo, una de esas películas a las que hoy algún iluminado calificaría como de «terror elevado». Quizás por eso era la única película de terror que podía encontrar en la colección de cintas de VHS de mis padres. Creo que durante un tiempo fue junto a El resplandor, El exorcista y Psicosis una de esas películas que los entendidos a los que no les gusta el terror citaban como ejemplo de buen cine, porque ya sabemos que el cine de género nunca puede ser bueno según esos entendidos. A día de hoy se le ven más las costuras y quizás el ritmo pausado pueda parecer lento, pero sigue siendo una muy buena película.
Visiting Hours, inicialmente titulada The Fright, es una película de terror canadiense dirigida por Jean-Claude Lord y con guion de Brian Taggert. Cuenta con un reparto de muchas caras conocidas, empezando por la protagonista, Lee Grant, que en octubre del año pasado cumplió 100 años y es una de las escasas personas vivas del Hollywood clásico. Sale guapísima en In the Heat of the Night (1967), un thriller en el que comparte pantalla con Sidney Poitier, además de participar en La maldición de Damien (1978) y Mulholland Drive (2001). Otro rostro conocido es el de William Shatner, actor canadiense mundialmente famoso por su papel de capitán Kirk en Star Trek. Michael Ironside es el villano en esta película, otro rostro canadiense conocido por Scanners (1981), Desafío Total (1990) y Starship Troopers (1997), que estaba a punto de reventarlo con su aparición en V, los visitantes.
Michael Ironside es Colt Hawker, un asesino en serie que tiene bastante de los maniaco sessuale italianos tan comunes en los gialli de los años setenta. Hawker, que se dedica a asesinar mujeres, cuando ve por la tele hacer unas declaraciones feministas a Deborah Ballin —el personaje interpretado por Lee Grant— decide ir a su casa para asesinarla, pero ésta escapará maleherida y acabará en el hospital. Allí, gracias a la sororidad de otras mujeres, conseguirá evitar una vez más a Hawker, que busca acabar lo que había empezado.
Cuando la decoración en las casas tenía algo de personalidad y vajilla Duralex
Visiting Hours es una extraña mezcla, híbrido de varios géneros de la década de los setenta: tiene algo de giallo italiano, de slasher y de thriller psicológico algo cínico. Para el espectador no hay misterio respecto al asesino interpretado por Ironside, en una trama que avanza tomándose su tiempo en ofrecer un retrato tanto del asesino como de su víctima. Ambientada en su mayoría en el espacio de cerrado de un hospital, Visiting Hours posee una estética cercana al realismo sucio. Hoy, esos largos pasillos de hospital iluminados por fluorescentes serían catalogados como espacios liminales. Sí, el terror liminal es una tendencia.
Cuando un asesino en serie mata menos que los recortes en Sanidad
Otra vueltita que da Visiting Hours al género es el de cambiar el tipo de víctimas: aquí el asesino no lidia con adolescentes ni con una final girl virginal, sino que se enfrenta a mujeres fuertes e independientes. Casi da vergüenza pensar que más de cuarenta años después alguien destaque a La sustancia (2024) como epítome de película de terror con subtexto feminista. Te tienes que reír. Visiting Hours es mucho más social y preciso en el comentario social que La sustancia.
Cumpleaños mortal (1981) es una película canadiense de terror dirigida por el británico J. Lee Thompson. Está protagonizada por Melissa Sue Anderson, entonces una estrella de la televisión gracias a su participación en La casa de la pradera. Un Glenn Ford en horas bajas interpreta un pequeño papel, así como Matt Craven, un secundario que hemos visto desde los noventa en muchas grandes producciones de Hollywood y en series estadounidenses, aquí en una de sus primeras películas.
Cumpleaños mortal tiene bastante más de giallo a lo Argento que de slasher al uso. Empezando por el argumento, en el que Virginia, la joven que interpreta Melissa Sue Anderson, vuelve al instituto después de sufrir un accidente que la ha dejado amnésica. Sometida a una cirugía cerebral experimental, regresa a su vida normal cuando se desatan una serie de asesinatos. Ya lo de la cirugía experimental es bastante Argento, al que le gustaban las magufadas new age de aquella época. Los asesinatos también tienden al barroquismo como en el giallo. Que te maten con un pincho moruno, como el que aparece en la portada de la película, no era lo habitual en los slasher. La trama detectivesca y el giro mortal con doble tirabuzón de la revelación final también emparentan a Cumpleaños mortal con uno de los géneros italianos por excelencia. Por supuesto la caracterización del asesino, del que en alguna ocasión sólo vemos unos guantes negros sosteniendo una navaja, sitúan a la película dentro de la tradición italiana.
¿Cirugía cerebral experimental o secador de peluquería?
J. Lee Thompson combina algunas cosas del giallo y el slasher, como los POV, con una atmósfera y un estilo de dirección más de cine negro clásico. Las escenas rodadas de noche y/o en interiores destacan por unos claroscuros muy marcados. Thompson también utiliza algún que otro plano holandés y una banda sonora clásica, alejada de los sintetizadores tan en boga en la época. Así tenemos el híbrido perfecto entre una dirección clásica, el slasher y el giallo italiano, que dan como resultado una película largamente considerada de culto. A pesar del moderado éxito comercial —funcionó bien pero no se convirtió en la nueva Halloween—, fue destrozada por la crítica. El videoclub le dio una nueva vida y los últimos años tras su edición en Arrow la crítica ha revalorizado a la película, sabiendo ver los aciertos que pasaron desapercibidos en su estreno.
Deadline es una película canadiense dirigida por el maltés naturalizado canadiense Mario Azzopardi. Exceptuando una película cuando aún era estudiante en Malta, Deadline se trata de la primera película que dirige en su país de adopción. Rodada en 1979 pero estrenada cinco años después, cuenta con Stephen Young como protagonista, que apareció en algunas películas de Hollywood a principios de los setenta como actor de reparto. Young tiene ese tipo tan de la época de pelo en pecho, tipín fibroso y cara de mala leche.
Deadline trata sobre Steven Lesse Stephen King, un escritor de terror de gran éxito comercial pero frustrado guionista de películas de serie B. El personaje de Lesse vive en esa tensión que describió Umberto Eco entre apocalípticos e integrados, la disputa entre alta cultura y cultura popular. Lo que Lesse quiere es abandonar el terror comercial y dedicarse a la literatura "seria", pero no le dejan: su agente quiere seguir exprimiendo lo que hace, y el estilo de vida y gastos tampoco le permiten aventurarse por ese camino. Para colmo está su familia, a la que desatiende, con su mujer convertida en borracha y adicta a la cocaína. Todo conspira en su contra, o así lo cree él, para que nunca escriba la novela que realmente quiere escribir.
Canadá concursando en Eurovisión
La película exprime al máximo sus escasos recursos, con aciertos como una fotografía fría, casi expresionista y que gusta de los claroscuros, lo que la aleja de otros títulos de la época que pasaban más por telefilmes que por películas de cine. En esto se parece a Cumpleaños mortal, que también optaba por un tipo de fotografía más clásica, en este caso la del cine negro de los grandes contrastes del claroscuro. Deadline tiene mucho de eso, con unos colores desaturados, como lavados, y con mucho plano cerrado y composiciones descentradas que huyen de la armonía de la simetría. La película narra el viaje a la locura del protagonista y cada escena y plano acompañan este viaje. Mención aparte para la banda sonora, que se apoya en el New Age y Art Rock del grupo de música vanguardista Rough Trade. Música y efectos de sonido se fusionan y forman parte del descenso a la locura del protagonista: desde el ruido de su máquina de escribir hasta el llanto distorsionado de sus hijos.
Cómo eran los baños antes de Ikea
Deadline es un rara avis del cine de terror que se adelanta en casi una década a uno de los tropos del género, la metanarrativa. Aunque aquí la disección que se realiza del género es una crítica a la violencia y su impacto social, no un elemento de comedia como sería en Scream. La película usa unos efectos gore bastante extremos para recalcar su punto sobre la crítica a la violencia y la alienación del artista sometido a la tiranía del mercado. A pesar de eso, no deja de ser un thriller psicológico y un ejemplo de cine independiente y vanguardista. Una manera de entender el genero casi opuesta a Cumpleaños mortal, pero también original y adelantado a su tiempo.
I saw you walkin' down on the street
I called out from my window, but you didn't hear me
Sangre y Donuts es una película canadiense dirigida por la también canadiense Holly Dale. Como sucedió con otras mujeres en los setenta y ochenta, el terror fue la puerta de entrada a la dirección de Dale, que luego ha cimentado su carrera trabajando en series de televisión. En la película aparecen Louis Ferreira, conocido por su papel de Coronel Young en Stargate Universe, y David Cronenberg, que aquí interpreta un pequeño papel de mafioso. Canadá es como ir de vacaciones al pueblo, siempre te encuentras con alguien.
Sangre y Donuts es una película muy pequeña, con pocas localizaciones y un reparto reducido. Estrenada en 1995 ya está imbuida de cierto regusto meta que explotaría con Scream un año después, con un humor bastante paródico y por momentos autoconsciente. La película narra el despertar de Boya, un vampiro que lleva varias décadas durmiendo y al que una bola de golf despierta de su letargo. Lejos de descansar en un ataúd dentro de un castillo, Boya dormía en envuelto en una especie de hamaca dentro de un viejo almacén en Toronto. El tono de comedia se ve reforzado por la caracterización de los personajes, especialmente Boya, que más que un vampiro parece el cantante de una banda hair band de los ochenta. El tono de la película es costumbrista, casi como un Being Human o Lo que hacemos en las sombras, con Boya como vampiro que se alimenta de ratas y alquila una habitación en un motel de mala muerte.
Bon Jovi en la Superpop del 95
Holly Dale se saca de la manga algunos planos aberrantes muy chulos que usa para simular la desorientación que sufre Boya al despertarse de un sueño de veinticinco años. Teniendo el presupuesto de Sangre y Donuts y el nicho de mercado al que iba dirigida no deja de ser una sorpresa encontrarse con escenas así. También está presente una estética, sobre todo en las escenas nocturnas, bastante cercana al expresionismo, combinada con un realismo sucio bastante logrado. Las escasas localizaciones y los pocos planos generales de la suciedad presentan un mundo sucio y decadente, como la Nueva York de The French Conection en los setenta .
Buffy, la cazavampiros fue dirigida por Fran Rubel Kuzui y contó con guion de Joss Whedon. Después de casi tres décadas sin verla, había olvidado algunos grandes nombres que forman parte del reparto: Rutger Hauer de vampiro malvado, Donald Sutherland de vigilante, Hilary Swank de estudiante, Luke Perry de interés romántico de Buffy, además de algunos cameos de famosos que en la década de los noventa pasaron desapercibidos para el público español, pero ahí estaban Slash, Ben Affleck y Seth Green.
El tono de la película es bastante tontorrón, lo que llevó a Whedon a quejarse de la directora, Rubel Kuzui, por eliminar las partes más oscuras de su guion.Buffy, la cazavampiros no terminó de funcionar en taquilla, lo que unido a las malas críticas, la terminaron de destrozar y hundieron su reputación. Como Sangre y Donuts, también se nota esa evolución de la comedia de terror ochentera en un tipo de comedia, que aunque lejos de ser sofisticada, sí tenía un marcado carácter metanarrativo. La serie, estrenada en 1997, tiene un tono bastante más oscuro, que combinado con una ligereza naíf, la convertían en algo único. La película se queda en comedia cándida, inocentona, que no va mucho más allá de intentar sacar una sonrisa al espectador.
El vampiro Rutger con katana
Quizás por haber leído unos cuantos libros sobre estética estas semanas, me llama mucho la atención el color del vestuario: rosas, verdes y amarillos flúor contrastan con nuestro gris realismo capitalista de 2026. También se ve una evolución entre la moda de los ochenta y la de esos primeros noventa: las chaquetas ya no tienen hombreras, las mallas de lycra de colores menos saturados, las blusas cortas más ceñidas... Por ahí también se introduce la estética grunge a través del personaje que interpreta Luke Perry, Pike, un motorista de camisa de cuadros, vaqueros y aspecto desastrado. Que la protagonista sea una adolescente rubia y tonta forma parte de ese carácter meta que tiene la película, que se ría de los tópicos de la final girl del cine de terror, convirtiéndola en un heroína con superpoderes. La caracterización de los vampiros y sus muertes ridículas —distintas a ese convertirse en polvo de la serie— también acentúan lo meta.
Donald Sutherland en el papel de señor que ofrece caramelos a la puerta del instituto
El estilo deRubel Kuzui se asemeja al de un videoclip de la MTV: todo en Buffy, la cazavampiros es ligereza, comedia y tono festivo. Desde las peleas a tortas de Buffy, las transiciones rápidas y la iluminación de estudio que se asemeja a la de las series adolescentes en boga de la época, Rubel Kuzui opta por dotar a la película de un tono desenfadado y casi de intrascendencia. Utiliza unas cuantas veces el montaje en paralelo, que sirven de contraste entre una Buffy entrenándose para combatir a los vampiros y otra Buffy que se va de compras. Tampoco hay gore ni rastro de sangre, que para tratarse de una película de vampiros, es un mérito.
Desde el Drácula (1992) de Coppola, hasta Entrevista con el vampiro (1994), pasando por Blade (1998) y Abierto hasta el amanecer (1996), la figura del vampiro fue recurrente en el cine estadounidense en la década de los noventa. Un vampiro que refleja la melancolía y cierto hastío existencial tan característicos de esa época. El fin de la historia que pronosticó Fukuyama nunca llegó, como sí llegaron los zombis en la siguiente década, anunciadores de las distopías y catástrofes convertidas en reiterado tropo dentro de la ficción. Así que mientras esperamos el siguiente fake y la próxima crisis, bien podemos disfrutar de la apatía adolescente noventera de Sangre y Donuts y Buffy, la cazavampiros.
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