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LA TARRINA DE LOS CEDÉS vol. 3: 'El bosque maldito', 'La cosecha' y 'Vidas ajenas'

El bosque maldito (2006) es una película dirigida por Lucky McKee, con guion de David Ross y protagonizada por Agnes Bruckner. Aparecen en el reparto rostros conocidos como los de Bruce Campbell, Patricia Clarkson y Rachel Nichols. Sobre todo, hay mucha actriz joven que empezó a dejarse ver en series y películas a partir de los dos mil, como los casos de Bruckner y Nichols.

La película está ambientada en 1965 y narra la historia de Heather, una joven y problemática adolescente, que es enviada a un remoto internado femenino de Nueva Inglaterra. Allí, en ese internado rodeado por un bosque, comenzará a adentrarse en los secretos que ocultan la desaparición de varias de sus compañeras y su relación con la directora y el resto de profesoras.

La dirección de McKee es propia del estilo videoclipero de la época: cortes rápidos al compás de la música, uso de cámara lenta y una fotografía que se aleja bastante del realismo. Incluso en los planos generales que incluyen varias alumnas del internado parece que éstas están interpretando y repitiendo los gestos y movimientos de una coreografía. Junto con los rostros artificialmente iluminados, ciertos acabados brillantes y ese montaje rítmico, parece que estamos ante un videoclip de HIM o The 69 Eyes de la época. McKee también usa contrapicados para hacer parecer más grandes magnificar a algunos personajes en relación a la protagonista, siempre de apariencia pequeña y frágil.

Cuando la tutora te decía que quería hablar con tus padres

El bosque maldito puede recordar, en cuanto a la trama y la intención, a una reimaginación de la Suspiria de Argento. El internado femenino y un personal docente que usan la brujería para someter a las alumnas conforman esa especie de cuento de hadas moderno en el que McKee actualiza el lenguaje visual de Argento. Los primeros planos, la iluminación artificial, la banda sonora, partes de la fotografía, evocan al clásico de Argento. Pese al homenaje, lo de McKee se queda en intento, incapaz de superar la obra icónica de Argento. 

La cosecha (2007) es una película dirigida por Stephen Hopkins y protagonizada por Hilary Swank. Como en el caso de El bosque maldito, en el reparto aparecen rostros conocidos de la época, como Idris Elba, Stephen Rea y la jovencísima AnnaSophia Robb. Esta película es buen ejemplo de la irregular trayectoria de Hilary Swank, que lejos de consolidarse tras ganar dos Oscar, acabó protagonizando proyectos menores. También sirve para constatar lo difícil que lo tienen las actrices para encontrar papeles donde sobresalir más allá de cierta edad. La carrera de Idris Elba también es una muestra de talento desperdiciado, aunque en este caso por otras razones. El éxito en The Wire le llevó al cine de Hollywood y a protagonizar su propia serie en la BBC, Luther, que a su vez le llevaron a desperdiciar su talento en el megacine comercial en la pasada década. Una pena.

La historia que narra La cosecha es propia de película de sobremesa de Antena 3 en los noventa, pero con más presupuesto. Swank interpreta el personaje de Katherine, una exmisionera cristiana que tras el asesinato de su marido e hija a manos de fanáticos religiosos en Sudán, ahora se dedica a desacreditar supuestos milagros alrededor del mundo encontrándoles una explicación científica. Así llegará a Heaven, un pequeño pueblo de Luisiana, para investigar lo que parecen ser las diez plagas bíblicas. Más allá de lo maniqueo y de la nula profundidad de la historia, La cosecha recupera el thriller sobrenatural y el terror religioso de finales de siglo. Pensemos en Stigmata (1999), El fin de los días (1999), La novena puerta (1999), La bendición (2000), Escalofrío (2001), El devorador de pecados (2003) o El exorcismo de Emily Rose (2005) que tan bien mezclaban elementos temáticos de El Exorcista (1973) y La semilla del diablo (1968) con el nuevo lenguaje visual que inauguró, en parte, Sev7n (1995).

¿Videoclip o película de cine? El ¿culo o codo? de los dos mil

Como en El bosque maldito, Hopkins dirige La cosecha con el estilo en boga de la época: mucho corte, montaje rítmico, fotografía de colores poco naturales, muchos flares, planos ultranítidos, la superposición de imágenes en la transición de escenas... Katherine está en el laboratorio analizando unas muestras y la escena parece un videoclip musical; o luces altas quemadas y color saturadísimo. Da igual el momento de la película que escojas, todo te lleva a lo mismo.

Cara de un joven almeriense al pasar más de tres horas delante de la pantalla del móvil viendo tiktoks

La película, que no funcionó mal en taquilla, recibió críticas atroces. En general, con bastante razón: reparto con un talento inmenso totalmente desaprovechado, abuso de un CGI que ha envejecido regular y un final que busca el impacto, muy a lo Shyamalan, pero que resulta en una chorrada absurda. Porque más allá del estilo visual y unos efectos digitales muy de esos años, la película naufraga por un guion disparatado que nunca termina de funcionar. Todo se queda a un nivel muy superficial, el debate entre religión y ciencia, el supuesto trauma de la protagonista y su camino en la recuperación de la fe perdida...

Vidas ajenas (2004) es una película dirigida por D.J. Caruso y protagonizada por Angelina Jolie e Ethan Hawke. La película, basada en una novela de Michael Pye, es un thriller como El coleccionista de huesos (1999), también protagonizado por Jolie. Desde mediados de los noventa hasta bien entrada la década de los dos mil hubo un intento de repetir el éxito de Fincher con Sev7n.

Illeana Scott, personaje interpretado por Jolie, es una agente del FBI que se desplaza a Montreal para ayudar a la policía del lugar  a capturar a un peligroso asesino en serie. La particularidad de este asesino es que se dedica a robar la vida de sus víctimas, generalmente personas solitarias y con poco contacto social, al asumir su identidad durante un tiempo. Hasta que vuelve a matar.

En Vidas ajenas no existe un estilo visual tan marcado como en las otras dos películas. El montaje y la cantidad de cortes delatan a la película como un producto de su época, pero no hay demasiada personalidad en la dirección. Está presente esa estética industrial, fría y limpia, tan característica de la época. La mano de Caruso se nota en algunos primeros planos y en el desenfoque selectivo que usa en algunas escenas. Por lo demás, Vidas ajenas es el thriller genérico de la época.

Aunque estés pasando una mala racha, no te folles a un facha

De la película se puede destacar la banda sonora de Philip Glass. Entre medias, como era habitual desde los noventa, se cuelan canciones de bandas como U2, The Clash y Massive Attack. El giro final destinado a impactar en el espectador —hola Sev7n— no pasa ocurrencia chorras. Casi más destacado y de dejarte con la boca abierta es descubrir que la peli iba a ser dirigida por Tony Scott y protagonizada por Jennifer Lopez, que venía de intentarlo fuerte con películas como Anaconda (1997) y La celda (2000), pequeñas joyas del jórror. Desde luego, si me tengo que quedar con un thriller de la época escojo La celda, película a la que EM¿OQ? dedicó un episodio de su podcast hace unos meses.

¿Has pensado hacia dónde dar el primer paso

en caso de que huir fuera imprescindible?

¿Has calculado cuánto hay de pérdida en cada elección?

¿Te acuerdas alguna vez de la noticia que hizo que cambiaras de rumbo?

¿Alguna vez te has preguntado a dónde irá a parar todo ese tiempo que

se ha perdido para siempre?

El mismo fuego que te abrasó

fue el que te iluminó el camino a seguir

la básica ley del caminar, caer y volverse a levantar

la lucha del aprender o esa misma lucha como lección

es lo mismo





Ecos del pasado y una zamba para olvidar(te): 'Más allá del arcoiris' (1989) y 'Étoile' (1988)

Black Rainbow, conocida en España con el nombre de Más allá del arcoiris, es una película escrita y dirigida por el británico Mike Hodges y protagonizada por Rosanna Arquette. Sin necesidad de acudir a las cinematografías de otros países, Black Rainbow es una de esas raras películas de culto de los ochenta. Como Muertos y enterrados (1981), La iniciación (1984) o Angustia a flor de piel (1982), Black Rainbow tuvo un discreto paso por las salas de cine, convirtiéndose con los años y gracias a internet en una película de culto. Hasta que en 2020 Arrow la rescató, no fue fácil conseguir la película.

Black Rainbow, aunque es una producción británica, está grabada en EEUU. Planteada como un thriller sobrenatural con algunos toques políticos, adquiere enseguida una pátina de gótico sureño que evoluciona hacia una ciencia ficción entre onírica y surreal. 

Rosanna Arquette interpreta a Martha, una médium que acompañada por su padre ofrece espectáculos de médium por los pueblos deprimidos del sur estadounidense. Martha en realidad no tiene el poder de hablar con los muertos, pero una noche en un espectáculo dice hablar con el marido de una de las asistentes, describiendo su asesinato. El problema es que dicho asesinato aún no ha tenido lugar, pero lo tendrá en unas horas. Por ahí se cuela una subtrama política: el asesinado es un  trabajador de una planta de energía que va a exponer los tejemanejes de sus dueños, que intentan de esta manera silenciar la verdad. La política y las instituciones, como la policía que tiene que investigar el asesinato, son corruptas, algo muy en la línea de las ficciones estadounidenses desde la década de los setenta. La predicción de Martha la pone en el punto de mira de estas autoridades corruptas mientras pelea por deshacerse de otra autoridad, la de su padre alcohólico, que la usa como usaba a su madre para conseguir el dinero con el que pagar sus vicios. El padre ejerce una tutela sobre Martha casi absoluta, mientras se aprovecha de su trabajo y de la credulidad de la gente para vivir de ellos sin trabajar.

Hodges no necesita drones si focos gordos pa' sacarse la chorra al dirigir

El estilo de Hodges a la hora de dirigir tiene un cierto parecido con La maldición de los Bishop (1971), otro ejemplo del gótico sureño en el cine y de película de culto. Rodada en verano, Hodges capturó esa atmósfera irrespirable de calor pegajoso y sudor con un estilo realista y una iluminación muy natural, que huye de artificios. La suciedad también está presente en los escenarios que muestra, un paisaje industrial deprimido que recuerda al Kairo que el Kurosawa nos regaló a principios de este siglo. Los moteles donde se alojan Martha y su padre, las ciudades que visitan, los teatros donde realizan su actividad, todos forman parte de un paisaje sucio, deteriorado, deprimido. También como Kurosawa, aunque sin exagerarlo tanto, Hodges opta por planos medios y largos, haciendo a ese paisaje protagonista de la película e introduciendo un sentimiento de soledad y opresión en el espectador al aislar a sus personajes en ese decorado. También utiliza esa iluminación naturalista para crear claroscuros, reforzando todavía más esa atmósfera ominosa y dándole un aire de noir. La banda sonora tiene un carácter clásico y por momentos etéreo, como la interpretación y presencia de Rosanna Arquette, que merece mención a parte. Arquette interpreta el papel de una mujer dual, poderosa y segura de sí misma en público, pero vulnerable y rota en la intimidad. Está guapérrima y excelsa interpretando a un personaje poliédrico, tridimensional, que trasciende los límites de la realidad como David Bowman en 2001: Una odisea en el espacio. Tampoco hay que olvidar que la película es un inmenso flashback: Black Rainbow comienza casi justo en su final y la película es la reconstrucción del puzzle planteado al principio. Hodges no ofrece un final cerrado, sino que opta por sugerir y especular. En este caso, casi es mejor evitar los comentarios del director donde explica su visión de lo que ocurre al final. Es preferible quedarse con el regusto y la sensación de varios finales que contiene su final. ¿Qué ha pasado realmente? ¿Quién es Martha realmente? «Pa k kieres saber eso jaja saludos».

Rosanna dice que vendrán 13 millones de naves de Ganímedes

Black Rainbow es muchas cosas: es una crítica al comercio de la fe, es una crítica al abandono de las clases populares por parte de las élites, es un melodrama gótico, es una película de ciencia ficción que trata sobre la precognición, el tiempo, realidades paralelas... Catalogarla como película de terror es una equivocación, como igual de erróneo es verla como un thriller sobrenatural al uso. Black Rainbow es la gran película de Hodges y Arquette. Black Rainbow es una enorme anomalía que como Martha, el personaje que interpreta Arquette, no debería de existir; pero sin embargo aquí lo tenemos. E por si muove.

Étoile es una película italiana dirigida por Peter del Monte, escrita por del Monte en colaboración con Franco Ferrini y Sandro Petraglia, y protagonizada por Jennifer Connelly. Por el momento en el que se estrenó, con la industria del cine italiano de capa caída, fue un fracaso de taquilla y pese al reparto encabezado por Connelly, tampoco tuvo una distribución internacional. Acabó convertida en carne de culto.

Étoile posee el regusto de las coproducciones europeas de los sesenta y setenta. Rodada casi en su totalidad en Hungría, la película atesora una pátina decadente, con esos grandes edificios de Budapest que han conocido mejores épocas. Las nostalgias imperiales, por su presencia fantasmagórica, se convierten en protagonistas de la película.

El estilo de Peter del Monte destaca por unas composiciones de plano simétricas y con un punto barroco, que junto a una fotografía luminosa y a la interpretación de Connelly le dan a la película un aire etéreo. El uso de filtros de difusión es lo que le da ese carácter dreamy, como de ver la película a través de una gasa. Jenniffer Connelly, con ese suavizado de la difusión luce como una presencia etérea, fantasmal, como de personaje salido de un cuento de hadas.

Cuando el baño del albergue está en la planta baja

Connelly interpreta el papel de Claire, una joven bailarina estadounidense que acude a Budapest para hacer una prueba en una academia de baile. En el hotel donde se aloja conoce a otro joven estadounidense del que se enamora. Pero como sabemos desde la Suspiria de Argento, no te puedes fiar de las academias de baile. La otredad en forma de fantasmas del pasado acaba invadiendo la realidad, en la que abundan los espejos y los dobles. Toda esta parte de los dobles y de la otredad real y metafórica será de gran relevancia en la trama.

La Connelly comiéndose la pantalla

Étoile dista mucho de ser una película perfecta: si los escenarios donde se desarrolla la trama y la protagonista atesoran cualidades etéreas y lánguidas, el ritmo es torpe. Y no sucede porque sea una película más preocupada en crear una atmósfera que en desarrollar una narrativa más tradicional, que también, sino porque fracasa en implementar algunas ideas que plantea, como la del bucle. La trama vuelve sobre sus pasos, se repite, y en ese bucle desaparece la presencia de Connelly, dejándonos un tramo largo de la película en compañía del otro protagonista. Gary McCleery hace lo que puede interpretando a Jason, el enamorado de Claire, pero no se acerca ni por asomo a la presencia que despliega Connelly en la película. Eso sí, si alguien dice «es que no pasa», dale un golpe de remo.

Vivimos en una parálisis cultural que vuelve una y otra vez al pasado, con un mercado que recicla las estéticas y modas en un día de la marmota sin fin. Los ochenta vuelven todos los años un par o tres de veces. 

Qué pena me da saber que al final
de ese amor ya no queda nada
Sólo una pobre canción
da vueltas por mi guitarra
Y hace rato que te extraña
mi zamba para olvidar





 
 

Nihilismo dulce: 'Gideon Falls' y 'Paper Girls' como fantasmas del ayer

Gideon Falls es un cómic creado por Jeff Lemire y Andrea Sorrentino. Por temática, entra dentro del terror, aunque tiene tintes de thriller sobrenatural de los noventa. Lo del terror en el cómic, sobre todo occidental, es todo un tema. En el caso de Gideon Falls sí se puede decir que se ajusta a ese género.

La serie se publicó entre 2018 y 2020 a lo largo de veintisiete números a cargo de Image Comics. Astiberri ha sido la encargada de publicar la obra en castellano en seis tomos. Sorrentino, el dibujante, es uno de los culpables de esa tendencia en el cómic actual a romper con la cuadrícula tradicional de las viñetas. Para Sorrentino, la página es un todo en la que caben todo tipo de formas. Esto es importante si contemplas leer el cómic en tableta o libro electrónico. En lo narrativo, Lemire es bastante posmoderno. Gideon Falls consta al principio de varias narraciones en paralelo, con la analepsis como recurso para narrar el pasado de los protagonistas.

Gideon Falls comienza como un misterio sobrenatural con un toque costumbrista. Pensemos en el primer Stephen King y esas descripciones suyas de pequeñas localidades y pueblos que tan bien conocía. El pequeño pueblo de Gideon Falls es el epicentro de sucesos extraordinarios relacionados con la aparición de un misterioso granero. Crímenes, desapariciones y locura se desatan cuando aparece este granero. Esta primera parte del cómic es la más interesante, con esos toques Twin Peaks y la presentación de algunos habitantes de Gideon Falls. Por no destripar la trama, diré que luego la historia tiende más hacia el thriller de conspiraciones, la ciencia ficción y el horror cósmico. Un batiburrillo que no siempre es igual de interesante.

Paper Girls es un cómic de ciencia ficción creado y escrito por rian K. Vaughan. La serie consta de treinta números que fueron publicados por Image Comics entre 2015 y 2018. En España la publicación ha corrido a cargo de Planeta. También tuvo una adaptación en forma de serie de televisión de la mano de Amazon.

Stranger Things se estrenó en el verano de 2016, un año de Paper Girls. Digo esto porque la trama comienza en 1988. Como decía Mark Fisher cuando aludía a "la lenta cancelación del futuro", la incapacidad de imaginar un futuro nos lleva a reciclar modas pasadas, que se convierten en fantasmas que habitan nuestro presente de una manera cíclica. Incapaces de crear nuevas formas culturales, sólo queda la nostalgia por las formas pasadas. Paper Girls no pegó un pelotazo como la primera temporada de Stranger Things pero es el resultado de la nostalgia, que entonces ya era palbable y hoy es asfixiante.

Paper Girls es la historia de cuatro chicas de 12 años que trabajan como repartidoras de periódicos. Es el año 1988 y KJ, Tiffany, Mac y Erin se ven arrastradas a una guerra entre dos facciones de viajeros en el tiempo. No sólo hay paradojas temporales, sino también clones y un montón de viajes en el tiempo. Los temas que trata son la pérdida de la inocencia —ese hacerse mayor y entrar en la vida adulta—, el conflicto generacional, la idea de predestinación y libre albedrío, la identidad y la propia sexualidad. Y aunque no idealiza los ochenta como Stranger Things —se presentan como homófobos, racistas, machistas, peligrosos en general—,  no deja de escogerlos como punto de partida. Los futuros que se imagina tampoco son mucho mejores, más allá de una distorsión del presente.

En Gideon Falls el tiempo es circular mientras que en Paper Girls el tiempo es lineal, pero en ambos es aterrador. No hay un mañana mejor, que es como decir que no existe el futuro. Lo único que ofrecen es resignación. Resignarse y resistir, desde lo individual, como en Gideon Falls, o desde lo colectivo, como en Paper Girls. Al final va a ser verdad eso del «nihilismo dulce» del que habla Emmanuel Rodríguez como característica de nuestra época. Decía Mariana Enriquez en una entrevista reciente que vivimos en una distopía habitable. Tiene razón.






PELÍCULAS GEMELAS vol. 3: 'Stigmata' y 'El fin de los días'

Stigmata (1999) es una película dirigida por el británico Rupert Wainwright y protagonizada por Gabriel Byrne y Patricia Arquette. Aprovechando el fin del milenio en el mundo cristiano occidental, surgieron muchas películas con este tipo de argumento mileniarista de fin del mundo, satanás y chorradas varias. Stigmata, junto a El fin de los días, es una de las más destacadas. Como curiosidad, Byrne aparece en las dos, aquí como protagonista, en la otra como secundario.


Wainwright, para sorpresa de nadie, viene del mundo del videoclip. Eso se nota y mucho en su manera de dirigir, con mucho corte y una velocidad espídica. Pero también tiene cosas chulas, que si no de autor, sí sorprenden un poco, como un plano desde dentro de un microondas. A veces se saca unas composiciones de plano muy originales, como el de Patricia Arquette en la bañera o esta del microondas que he comentado antes. Gran parte de la trama se desarrolla en Nueva York, que comparte con Sev7n (1995) el gusto por la lluvia, confiriéndole a la película un toque industrial y decadente, con una fotografía virada al azul. El problema de Wainwright es un guion que no acompaña.


El típico baño de una peluquera en Nueva York que es más grande que tu casa de Albacete

La trama gira alrededor de posesiones, conspiraciones vaticanas y el conflicto entre fe y razón. Hasta cierto punto, anticipa lo que sería El código Da Vinci y obras similares. Byrne interpreta el papel de un sacerdote católico con formación científica encargado de investigar supuestos milagros alrededor del mundo. Así conocerá al personaje interpretado por Arquette, una joven atea de Nueva York que sufre los estigmas de Cristo. El guion es muy torpe, con mucho diálogo explicativo —tan común en nuestros días— que rompe el ritmo de la película. Con una duración de poco más de 100 minutos, la película se hace larga. La interpretación de Arquette demuestra lo buen director que era David Lynch, capaz de sacar lo mejor de repartos mediocres. Aquí su interpretación está flojita.


El fin de los días (1999), dirigida por Peter Hyams y protagonizada por Schwarzenegger, fue uno de los blockbusters de su año. Con casi cien millones de presupuesto, triplicando el de Stigmata. El fin de los días es una buena muestra del cine comercial estadounidense de finales del siglo: no han pasado quince minutos y ya tienes explosiones, tiroteos y una persecución en helicóptero que acaba en los túneles de metro de Nueva York.

Hyams, que ya se ha pasado reciéntemente por el blog con Capricornio Uno (1978), se acerca también a Sev7n: no llueve en la película, pero sí tiene unos grises humedos en una ciudad sucia llena de humo y vapores. También comparte con la película de Fincher una fotografía contrastada, de negros profundos, aunque mucho más subexpuesta. Es curioso que pese a tratarse de un thriller de acción sobrenatural, con sus persecuciones y explosiones varias, la realización sea más sobria, casi clásica, comparada con el estilo videoclipero de Wainwright  en Stigmata. El problema de Hyams, como el de Wainwright, es el de tener un guion que es una chorrada. 


Luz, fuego, destrucción...

Schwarzenegger interpreta el papel de un expolicía, Jericho Cane, que después de perder a su mujer y a su hija, trabaja en el sector de la seguridad privada. En este trabajo se cruzará con el demonio, personaje interpretado por Byrne, que busca a una mujer para engendrar el anticristo y desatar el apocalipsis. A partir de ahí, Cane se verá envuelto en una trama sobrenatural en la que su objetivo será proteger a esa mujer del demonio y del Vaticano y detener el apocalipsis. Aquí la parte de la conspiración es más secundaria que en Stigmata, centrándose la trama en la acción. 


El mejor fin de siglo en la gran pantalla sigue siendo el de Días extraños. Al menos ahí el milenarismo —va a llegaaaar— se lo ahorraron, dejándonos sólo con el cyberpunk. Mención de honor a The Omega Code (1999), dirigida por Robert Macarelli y protagonizada por Casper Van Dien. La película también se adentraba en este mundillo de las conspiraciones, misterios y pánico al cambio de milenio, pero lo hacía desde la propaganda evangélica —no hubo estudio detrás, sólo un grupo de televisión evangélico—. Tremenda bizarrada. Aunque con todo lo que vino después, ya no parece tan risible ese miedo al cambio de milenio, ¿no? Otra que se queda fuera es Resurrección (1999), dirigida por Mulcahy —sólo puede quedar uno— y protagonizada por Christopher Lambert, que era más copia de Sev7n que otra cosa, un poco como Fallen (1998) y El coleccionista de huesos (1999), protagonizadas por Denzel Washington.


¿QUIERE SABER MÁS?






El periodismo del desencanto: 'Odessa' y 'Capricornio Uno'

The Odessa File (1974) es una película británica dirigida por Ronald Neame y protagonizada por Jon Voight, con Maximilian Schell como secundario de lujo. La historia narrada está basada en una novela de Frederick Forsyth. Tanto Forsyth como Neame venían de triunfar con sus anteriores trabajos, uno al ver adaptada con éxito Chacal (1973) y el otro tras dirigir una de las películas más taquilleras de la historia en esos años, La aventura del Poseidón (1972). Ya se encargaría el nuevo cine de Hollywood, con Lucas y Spielberg a la cabeza, de destronar a Neame de ese trono en los siguientes años.


La trama se sitúa en 1963 con el personaje interpretado por Voight, Peter Miller, como protagonista. El mismo día que Kennedy es asesinado en Dallas un anciano judío se suicida en Hamburgo. Por casualidad, Miller, que es periodista, cubre la noticia del suicidio. Un amigo policía le hará llegar un manuscrito hallado en el piso donde vivía el viejo judío, en el que relata los hechos que vivieron su mujer y él en un campo de concentración en Riga. Este manuscrito despierta el interés de Miller, que va a la caza del oficial responsable del campo de concentración y de la organización secreta que ampara a antiguos miembros de las SS, Odessa.


Las dos terceras partes de la trama se desarrollan a un buen ritmo, centradas en la investigación periodística de Miller. El tercio final es un poco más atropellado. La narración aporta muchos datos, metiéndonos de lleno en el reportaje de Miller. También se contextualizan estos datos, muchos de los cuales son reales, como algunos personajes que aparecen en la película, mención especial al cazanazis Simon Wieshental. Porque si algo hay que destacar de Odessa es que los nazis que aparecen en la película no son como los de Indiana Jones, más cercanos al pulp, sino que son bastante reales. La trama, a través de la investigación de Miller, narra el fallido proceso de desnazificación llevado a cabo en Alemania Occidental y la existencia de una organización nazi infiltrada en la administración y el sector económico.


Si viste como un nazi, dice cosas nazis y se comporta y hace cosas nazis, igual es que es un nazi

El estilo de Neame en la dirección es bastante realista, alejado de la acción de otros thrillers de la época y de cierto estilo documental en boga. Muestra una Alemania Occidental todavía en estado de reconstrucción. La cámara sigue a los personajes con paneos y travelings, casi no hay cámara en mano —lo contrario que Friedkin y The French Connection— y con una fotografía que refuerza la suciedad de esa Alemania parcialmente en ruinas. Además, la película sirvió para que se capturara al carnicero de Riga, visibilizando el hecho de que muchos nazis seguían ocupando puestos importantes en la administración alemana y austríaca después de la guerra. Por el lado negativo se puede mencionar algunas interpretaciones, como la de Voight, demasiado intenso y pasado de rosca. Claro, luego piensas en Christopher Walken y Nicholas Cage y se te pasa.


Capricornio Uno (1978) es una película escrita y dirigida por Peter Hyams. Está protagonizada por James Brolin —siempre será ese señor con barba y camisa de leñador en Amytiville— y cuenta con secundarios tan molones como O. J. Simpson, el padre de Ross y Monica Elliott Gould y Hal Holbrook. Aquí no hay nazis como en Odessa, pero sí tiene el mismo tono de desencanto tan común en los thrillers estadounidenses de los setenta, con la desconfianza en el gobierno como punto central. A finales de esa década ya se estaba ensayando lo que luego sería el cine de evasión de los ochenta, con Spielberg a la cabeza. 

Tras la pérdida de interés por parte del público en la carrera espacial después de la llegada de la humanidad a la Luna, la nueva frontera —otra vez Kennedy— es Marte. Mandar astronautas al planeta rojo parece la única forma de salvar a la NASA de los recortes gubernamentales. Científicos de la NASA y un grupúsculo dentro del gobierno montan toda una conspiración para hacer creer a la opinión pública que EEUU ha llegado a Marte. Para ello secuestran a la tripulación el día del despegue y les amenazan con asesinar a sus familias si no cooperan. La NASA lanza el cohete hacia Marte pero va vacío. Un técnico de la NASA descubre que las ondas de radio de los astronautas no provienen de Marte, sino de la Tierra. Se lo comenta a uno de sus amigos periodistas antes de desaparecer. Como en Odessa, comienza la investigación periodística para exponer a los conspiradores dentro de la administración. Todo se complica cuando la cápsula de reentrada en la Tierra explota antes de aterrizar. Ahora los conspiradores, para tapar lo que han hecho, tendrán que asesinar a la tripulación que tienen secuestrada.

Nos inyectan «chís» con las vacunas

Capricornio Uno se toma muy en serio a sí misma, lo cual no es malo, a la hora de plantear una conspiración en la sombra. Todo empieza como un pequeño grupo secreto, plausible, dentro de la NASA y el gobierno. El problema, como suele pasar con todas estas teorías de la conspiración, es que exigen, para que tengan una pátina mínima de veracidad, de una conspiración gigantesca. El técnico de la NASA que denuncia que algo raro está ocurriendo con el viaje a Marte no sólo desaparece, es que pintan y redecoran su apartamento, ponen a otra persona a vivir en él y falsifican el correo para hacer creer al periodista que investiga la trama que nunca ha existido tal persona viviendo allí.

Al igual que en Odessa el estilo en la dirección es bastante sobrio, optando por un enfoque más realista y natural. Eso sí, le gusta lo del zoom lento lo que no está escrito. También sucede que en el tercio final la película se vuelve un poco loca. En Capricornio Uno Hyams rueda una persecución con helicópteros y una avioneta, rompiendo con el ritmo más pausado de la investigación periodística en curso. También puede ser el motivo del final tan abrupto y anticlimático: no había dinero para rodar todo lo que había que rodar, así que optaron por una imagen congelada del protagonista como final. En cualquier caso, está muy en la línea de los thrillers setenteros rodados después del escándalo del Watergate: desconfianza en las instituciones y desencanto.

Los setenta, además de tetas y desnudos, también trajeron una nueva manera de narrar y de contar las cosas, a destacar el cine italiano de esa década, las coproducciones europeas y los thrillers sobre conspiraciones de Hollywood. De la misma manera, son el germen de lo que vivimos hoy en día: la respuesta a la quiebra del sistema surgido tras 1945 en forma de contrarrevolución conservadora ahora nos tiene en vilo. También resulta revelador que los protagonistas de Odessa y Capricornio Uno sean periodistas. A lo mejor el cine que dentro de cincuenta años explique lo que nos pasa ahora lo hace una IA con Tom Cruise de protagonista. Todo vuelve, como el postpunk. 
 




'Audition' (1999) y 'Versus' (2000): manual de supervivencia

Audition (1999) es una película dirigida por Takashi Miike basada en la novela de Ryu Murakami. Además es junto a Ichi the Killer (2001) una de las películas más conocidas del autor. Quizá por esto Audition también es de las películas que tras Ringu (1998) más vemos metida en el saco del J-horror. Por aquí me explayo un poco más sobre el tema, pero no, Audition no es J-horror. Y no lo es porque el J-horror esté especialmente codificado, pero no cumple con algo tan básico como el de tener elementos sobrenaturales. 

La película, basada en la novela del Murakami bueno, narra la historia de un señoro japonés viudo que se quiere volver a casar. Para eso cuenta con otro señoro amigo suyo, cuya profesión como productor le permite organizar un casting de actrices, el cual es la excusa para seleccionar a su próxima mujer. El casting es su catálogo de mujeres. Ahí es donde conoce a Asami, su elección como futura esposa. Después de una breve relación, desaparece de su vida.


Al igual que en la novela, Audition consta de dos partes bien diferenciadas. Una realista, casi costumbrista, que describe la vida de este viudo, con su trabajo, su hijo adolescente, la empleada del hogar que se ocupa de las tareas de casa porque claro, él es un hombre, y su obsesión creciente por Asami. En la otra parte nos adentramos en el surrealismo y el gore, con la mente de Aoyama, el viudo, intentando escapar del dolor que le causan las torturas de Asami, que ha reaparecido en su vida. También, en ese viaje hasta el momento actual, descubre el pasado bastante oscuro de Asami.


Ábalos pensando en lo que viene después del café, la copa y el puro

Si en cuanto a tono la narración cambia completamente y podemos distinguir sus dos partes, lo mismo sucede con la realización. Miike pasa de esa cierta sobriedad costumbrista al dirigir, a introducir otro tipo de planos, poniendo la cámara en otros sitios y con otros ángulos, variando de una fotografía natural a otra más artística, y casi sin darnos cuenta, llegamos a ese final donde lo real se confunde con los recuerdos y los sueños. Del ritmo pausado pasamos a otro más frenético que acaba en el clímax de la tortura de Aoyama a manos de Asami. Muchas veces Miike usa el recurso de la cámara fija y mantener el plano. Aunque lo más destacado es cómo rompe con la lógica de la realidad, casi como si fuera una de las películas surrealistas de Buñuel. Porque lo frenético no está en la dirección, sino en la historia que cuenta, cuya resolución se precipita.

Cuando te hacen ghosting en Tinder pero no lo asumes

Se suele catalogar a Audition colgándole etiquetas como la de precursora del torture porn, haciendo pensar de ella cosas como que es muy bestia o muy bruta. La verdad es que no lo es. Entiendo que todo esto viene del mundo anglosajón, más concretamente de EEUU, y de ese puritanismo tontorrón que de todo se asusta. No he visto las más de cien películas que ha rodado Miike, pero sí unas pocas, y me atrevería a decir sin miedo a equivocarme que esta Audition es de las más accesibles. En cuanto a la parte más gore, la del final, mucha de esa violencia está fuera de plano. Miike te pone la cámara en un sitio y no la mueve, pero no te muestra. Lo incómodo es que te aguanta el plano, y aunque no veas nada, sí escuchas e intuyes lo que está haciendo Asami con Aoyama, cómo lo está torturando. O te aleja la cámara y ahí sí te muestra, pero desde más lejos. En cualquier caso, en cuanto a niveles de gore no se acerca a la primera Saw ni de lejos. O a una de zombis de Fulci, ya que nos ponemos —agujas en los ojos siempre es bien—.

Versus (2000) es una película de acción y zombis dirigida por Ryuhei Kitamura y coescrita por Kitamura y Yamaguchi. Versus es una de esas películas que nos llegaban a los que fuimos adolescentes a principios de los dos mil mezcladas con otras más conocidas, como Ringu (1998) o el caso de la anteriormente mencionada Audition (1999). Alguien te pasaba un cedé o pillabas zapeando en la tele películas como Versus (2000), Ichi the Killer (2001) o Battle Royale (2000) y literalmente flipabas. 

Aunque Miike no le saca ni diez años a Kitamura —uno nació en 1960 y otro en 1969—, se nota que son de distintas generaciones y tienen diferente formación e intereses. Pueden compartir algunos referentes, como el manga y el anime, que son parte de la cultura popular japonesa, o el cine de acción y artes marciales, pero la manera de dirigir es completamente distinta. Miike se curtió en el mundo de los directos a vídeo mientras Kitamura estudiaba cine en Australia y tiene más vocación internacional. Es similar a lo que sucede entre los escritores Ruy Murakami y Haruki Murakami, que parece que vienen de mundos similares y comparten los mismos referentes pero no. En este sentido, Kitamura es como ese amigo del instituto que se había pasado Resident Evil siete veces y que después de ver Matrix se compró una chupa y unas gafas de sol como Neo. Vamos, un flipao.

Porque matar zombis no está reñido con el estilo

En Versus Kitamura mezcla zombis con yakuzas y katanas en una especie de rave espídica que no da tregua durante las más de dos horas que dura la película. En los primeros veinte segundos de peli unos carteles ya nos arrojan la información de que existen unos portales en la Tierra y que el número 444 está en el Bosque de la Resurreción, en Japón, que es donde transcurre Versus. Tenemos al prota, que es un prisionero fugado, a la chica, secuestrada por unos yakuzas que huye con el prota, y a los propios yakuzas. Cada personaje, como en los mangas y animes, está perfectamente caracterizado. Está el de las gafitas, el de la coleta y el chaleco raro, el pelopincho y barbita, el del traje flipao... Tanto los que huyen como los perseguidores son a su vez atacados por zombis, aunque nunca se nombre esta palabra, y cada vez que un personaje muere, vuelve a la vida como monstruo. La película da el giro y convierte todo esto es un ciclo sin fin, donde los personajes son a su vez reencarnaciones de otros personajes condenados a pelear por hacerse con el poder del portal 444. Y luego está el final. Madre mía el final.


Todo el mundo sabe que si sujetas la pistola de lao aumenta la puntería en +1000

El estilo y la realización de Kitamura es videoclipero total, moviendo la cámara todo el rato y sin dar descanso al espectador en ningún momento. El tío sube el volumen al once y se mantiene ahí durante toda la película. En menos de cinco minutos ya te ha hecho dos paneos de 360º a lo Michael Bay presentando personajes, varios POV, un zoom italiano, picados y contrapicados, grandes angulares... Y lo que hace lo hace bien, pero es que no para quieto. Y son más de dos horas de una película de guerrilla que tuvo un presupuesto ínfimo, que si te dicen que fue tres euros y un cacahuete te lo crees. Es lo que genera extrañeza en Versus, ese estilo tan de blockbuster en una peli de guerrilla.

Tanto Audition como Versus son una buena forma de recordar y/o adentrarse en esos comienzos de siglo en los que el cine japonés pegó fortísimo. Ya sean agujas o katanas, sobrevivir a los noventa en Japón tuvo que ser realmente duro. Miike y Kitamura ofrecen, cada uno a su manera, un manual de supervivencia que en la actualidad hoy está más vigente que nunca. No conviene refugiarse en el pasado y la nostalgia, pero huir de la molicie placentera del algoritmo revisitando el cine japonés sienta de puta madre, al menos mientras James Cameron no entregue las armas y pida perdón.




'Cure' (1997) y 'Black Angel' (1997): la década perdida en Japón

Cure (1997) es una película escrita y dirigida por Kiyoshi Kurosawa. Ya he hablado en alguna ocasión en este blog de nuestro pana Kiyoshi. Por no repetirme: de los directores de la nueva ola japonesa de los ochenta, es sin duda el que mejor sabe dirigir y componer planos, además de tener un discurso bastante interesante, aunque a veces como espectador este se te escape de entre los dedos.

Cure es un thriller, ¿recordáis los noventa?: Sev7n (1995), El silencio de los corderos (1991) y demás obras derivadas. Cuando en Japón tratan de copiar/adaptar una moda extranjera siempre les acaba saliendo algo raro, como que no acaban de comprender todos los códigos. A esa extrañeza como espectadores occidentales hay que añadirle, en el caso de Cure, la visión tan particular de Kurosawa.

La película narra unos misteriosos asesinatos que son investigados por el detective Takabe. Las víctimas tienen una equis marcada, aunque los asesinatos hayan sido cometidos por diferentes personas sin relación entre sí. Takabe sospecha que puede haber alguien detrás utilizando el poder de la hipnosis para obligar a personas inocentes a cometer crueles asesinatos. La sinopsis, así de primeras, suena a serie procedimental de Netflix. Pero es que hay mucha más chicha. Mamiya, el desconocido que va por ahí hipnotizando personas y haciendo que cometan asesinatos es una especie de receptáculo del mal. Un mal que está emparentado con la literatura de, entre otros, Algernon Blackwood. El mal es una fuerza de la naturaleza, como un tornado o una tormenta, y como tal no existe una intencionalidad detrás salvo la de ser. El villano no es un psicópata que disfruta de lo que hace, simplemente es el recipiente de este mal. Una idea, la de recipiente del mal, importante y con implicaciones, ya que el mal es viral, se contagia, se transmite. Es esta idea, la de viralidad, un tropo común en la época, como sucede con Ringu (1998), Ju-on (2000) y Kairo (2001), donde otra vez Kurosawa vuelve a esta idea de mal como virus. Otra idea importante detrás de Cure es la de la identidad. ¿Quiénes somos en realidad? Mamiya siempre pregunta a sus víctimas quiénes son. Es el hilo del que tira para llegar a lo hondo del ser, trasladando el mensaje de que todos somos capaces de todo, sin excepción.

Oportunidad para invertir vista en Tecnocasa

En el apartado técnico Kurosawa demuestra ser un director sobresaliente. Cure tiene una fotografía de colores desaturados, gris, que acompaña a los paisajes decadentes y posindustriales tan característicos de otras obras de Kurosawa. Como también característico es el sonido —por dios, la puta lavadora—, donde lejos de usar música, no dejamos de oír ruidos, zumbidos eléctricos o el goteo del agua. Luego está el uso de planos generales y planos secuencia, con los que Kurosawa se saca la chorra. Esa cosa tan del director de presentar a los personajes a quince metros, sin acercarse, rodeándolos de un espacio vacío, muchas veces sucio y decadente. Contribuye a esa sensación de vacío, al ver a los personajes solos, aislados en esos escenarios tan grises y deprimentes. A la vez también son planos llenos de dinamismo en muchas ocasiones, donde los personajes se mueven y la cámara les sigue de manera natural, ocurriendo muchas cosas a la vez.

Black Angel (1997) es una película escrita y dirigida por Takashi Ishii. Ishii es algo más mayor que Kurosawa, aunque también se curtió en el mundillo de los directos a vídeo de los ochenta. Ha dirigido, como no podía ser de otra manera, muchos pinku eiga y algún que otro thriller, como esta Black Angel. Además de guionista y director también es mangaka, condición que influirá en su dirección.

La película cuenta la historia de venganza de Ikko, que cuando tiene seis años ve asesinar a sus padres. Su padre, por cierto, es un jefe de la yakuza. Ikko es puesta a salvo por uno de los subordinados de su padre, que antes de morir la entrega en custodia a Black Angel, una asesina a sueldo de su padre, que a su vez la manda a EEUU para alejarla de los asesinos que la persiguen. Catorce años después, cuando Ikko tiene veinte años, regresa a Japón para vengarse del asesinato de sus padres adoptando el nombre de su salvadora, Black Angel.

Black Angel es un thriller de acción de bajo presupuesto. Si con respecto a Cure decía que a veces los japoneses intentan adaptar obras occidentales y el resultado final es raro, Black Angel es buena muestra de ello. Ya existía desde los sesenta toda una corriente dentro del cine de acción japonés con mujeres como protagonistas, muchas veces persiguiendo una venganza. Sin embargo, Ishii más que beber de ese subgénero de su país está influenciado por Luc Besson y su Nikita (1990). Es en ese sentido en el que Black Angel consigue generar cierta sensación de extrañeza en el espectador occidental.

Azul que te quiero azul

Con Cure y Kurosawa teníamos la de cal, Black Angel e Ishii es la de arena. Si Kurosawa es de planos generales, Ishii opta por planos medios y primeros planos. Los mismo ocurre con la fotografía, que en la película de Ishii es muy contrastada, casi parece un manga, muy saturada y que en muchas ocasiones vira hacia el azul. Compone planos como quien dibuja una viñeta, con unos negros profundos muy chulos. Entre eso y el uso de la lluvia, Ishii le da un toque de cine negro a la película. Si encima tenemos en cuenta el Tokyo que nos presenta, casi estaríamos ante una película cyberpunk con sus callejones sucios, hoteles baratos, discotecas y luces de neón. Y aunque cualquiera palidece ante el talento de Kurosawa, e Ishii ni se le acerca, también tiene sus recursos. De mis planos favoritos de la peli está el de un personaje sentado en la parte trasera de un coche, en primer plano y hablando por el móvil, mientras desde la ventanilla abierta del coche y fuera de foco ocurre la escena de una ejecución. 

Cuando recibes una llamada de spam en mitad de la siesta

Adentrarse en el cine japonés es como caer dentro de la madriguera del conejo en Alicia en el País de las Maravillas: un viaje a otro mundo. Tanto Cure como Black Angel son buenas candidatas para iniciar ese viaje si es que todavía no conoces este otro lado, pero como siempre, ten cuidado, porque es fácil entrar pero lo de salir ya es otro cantar. Si el cine italiano ya es un pozo sin fondo, sobre todo el de los setenta, el cine japonés tampoco se queda atrás. Cure y Black Angel son, cada una a su manera, una visión de esa década perdida en Japón que en occidente empezamos a comprender mejor después de la crisis de 2008. La búsqueda del mal y la búsqueda de venganza tienen lugar en los mismos escenarios deprimidos, unos vacíos y otros llenos de gente, pero en ambos se ve reflejada la soledad y el aislamiento.

Heroiz jantzitako iruzurgileen
atzetik doaz sinetsita
Baina aspaldi ito zen halleluja ederren
abestu zuen eztarria

Hegaka galduta
erabat nahastuta

TERROR EN AUSTRALIA vol. 1: 'Peligro: reacción en cadena ' (1980) y Crosstalk (1982)

Peligro: reacción en cadena (1980) es un thriller conspirativo australiano escrita y dirigida por Ian Barry. Los italianos no eran los únicos que cogían ideas de fuera y las reciclaban dándoles un sabor local, y aunque Peligro: reacción en cadena parece El síndrome de China (1979) versión australiana sin Jack Lemon ni Jane Fonda, no es el caso. Se la suele catalogar de copia y explotación de esa película, aunque la producción del film empezó antes. También se la relaciona con Mad Max (1979), a veces queriendo dar a entender que es una copia de ésta, cuando lo que sucede es que comparten reparto —Mel Gibson aparece haciendo un cameo— y George Miller, director de Mad Max, figura como productor asociado. El cine de explotación australiano es una cosa completamente diferente y Peligro: reacción en cadena es un thriller con todo el sabor de los setenta.

Peligro: reacción en cadena es la historia sobre un accidente nuclear en una remota región de Australia —¿no lo son todas?— que la empresa y el gobierno quieren ocultar. Un empleado quiere dar a conocer la verdad pero es perseguido y cae enfermo debido a la radiación. Por si eso fuera poco, sufre de amnesia. Será atendido, cuidado y ocultado por una pareja, que ignora quién es ese hombre y lo que pretende. En la película hay escenas de acción, con alguna persecución en coche bastante divertida y que debió de llevarse una parte importante del presupuesto. Tiene un ritmo buenísimo, un poco más lento cuando está presentando las piezas de la trama, y más acelerado hacia el final cuando resuelve. Que el personaje que quiere denunciar el accidente nuclear sufra de amnesia es todo un acierto que funciona muy bien de cara a la trama. Generalmente lo de que el espectador sepa más que los personajes suele dar problemas, pero aquí queda perfecto, aumentando la tensión narrativa hasta que todo explota.

Si te gustaron los thrillers setenteros sobre conspiraciones como La amenaza de Andrómeda (1971), El síndrome de China (1979), The Parallax View (1974) y The Crazies (1973) te gustará Peligro: reacción en cadena

Crosstalk (1982) es un techno-thriller dirigido por Mark Egerton y regusto a cyberpunk. Escrita por el propio Egerton junto a Linda Lane y Denid Whitburn, el guion es un batiburrillo de cosas que la asemeja a esos gialli italianos de los setenta, donde nada tiene mucho sentido. Esto fue debido a la caótica producción de la película. De hecho, el propio Egerton entró en la película sustituyendo a Keith Salvat con el rodaje avanzado.

Se comete el error de meter a Crosstalk en el saco del cine de explotación australiano, diciendo que es un cruce entre La ventana indiscreta (1954) de Hitchock y 2001: Una odisea en el espacio (1968) de Kubrick. Y a ver, algo de eso hay, pero la película es bastante más que eso, además de ser muy peculiar. La trama mezcla bastantes temas y no acaba de hilvanarlos completamente. Crosstalk narra la historia de Ed, un genio informático que trabaja en un nuevo ordenador. Cuando este intenta matarlo, acaba confinado en una silla de ruedas y la compañía para la que trabaja lo traslada junto al ordenador a un apartamento, para que siga desarrollando ese proyecto. Hasta aquí, pues bueno, más o menos la película se sigue bien, pero aquí se introduce otro elemento narrativo: la compañía para la que trabaja en el desarrollo de ese ordenador, no está muy interesada en pagarle la patente del invento y trata de asesinarlo. Por si eso fuera poco, Ed sospecha que uno de sus vecinos ha asesinado a su mujer y que el ordenador intenta comunicarse con él. Son tres líneas, la de la inteligencia artificial que intenta cargarse a su creador, la del thriller corporativo que busca asesinar al genio informático y quedarse con su invento, y la del misterioso asesinato en el edificio de apartamentos en el que vive Ed. Ya, para colmo, este último asesino parece que está relacionado con una organización que tiene algo que ver con la compañía para la que trabaja Ed.

Cuando enciendes la lámpara led del Ikea

Más allá del lío narrativo de Crosstalk y su extraño ritmo, también es una película bastante particular en otros aspectos. Es una película muy bien dirigida, lo que la aleja del cine de explotación. Tiene unos planos muy artísticos, en los que se nota que Egerton se gusta. Y también tiene una foto muy peculiar, más de gialli italiano. Es como si la película la hubiera dirigida Argento. Incluso hay algún amago de música electrónica. Crosstalk intenta transmitir esa idea de ciencia ficción que se adentra veinte minutos en el futuro, con esa casa completamente domotizada gracias al ordenador en el que trabaja Ed. Pero no sólo es el argumento, es el diseño de producción y cosas tan peregrinas como los títulos de crédito, para los que se usó la Data 70, un tipo de fuente muy reconocible, hoy retro-futurista pero en aquellos años futurista a secas.

Set-up gamer de los ochenta

Crosstalk no deja de ser una curiosidad nada conocida y poco valorada dentro del cine cyberpunk. Sorprende que con los problemas que tuvo y la reescritura de guion de Egerton y Whitburn, eliminando exteriores y otras escenas para reducir costes, la película llegara a terminar de rodarse. Eso explica el ritmo trastabillado y a veces lento de la película, que alarga escenas por rellenar minutos. También así se entiende un final hasta cierto punto anticlimático, pero también con un tono onírico que le sienta bastante bien a la película. En fin, Crosstalk es una peli raruna, más una curiosidad que otra cosa, por ver un thriller retro-futurista en el que una inteligencia artificial intenta comunicarse con su creador para alertarle de un crimen cometido en el edificio donde vive. Todo con una banda sonora que incluye unos sintes muy setenteros. Nadie pudo imaginar entonces la distopía tan cutre que nos está tocando vivir.