Nueva Ficción Extraña Latinoamericana VIII: 'Ahora sólo queda la ciudad' y 'El asedio animal' [COLOMBIA]
Cristian Romero (1988) es un escritor colombiano de ficción extraña. Ha publicado novelas de ciencia ficción como Después de la ira editada por Alfaguara en 2018. Sin embargo su debut literario es Ahora sólo queda la ciudad (2016), una colección de relatos reeditada en Argentina por Ediciones Ayarmanot y en España por La Máquina que hace PING! Publicada gracias a una beca de la ciudad de Medellín para jóvenes creadores, Ahora sólo queda la ciudad recoge ocho cuentos que se mueven entre la fantasía, la ciencia ficción y el terror.
En Ahora sólo queda la ciudad la gran protagonista es, valga la redundancia, la ciudad. Presente en todos los relatos, la ciudad se erige como organismo vivo que te expulsa, que te acoge, punto de llegada o de salida, siempre protagonista. Romero hibrida diversos géneros para generar un extrañamiento propio de la ficción extraña de nuestra época. Algunos relatos se acercan más a la fantasía, otros a la ciencia ficción, pero en todos ellos late el terror, bien como algo que no debería estar ahí o bien como ausencia. En esa presencia amenazante que invade la realidad se asemeja a la otredad que trabajaba Julio Cortázar, una alteridad que pone patas arriba nuestra realidad.
El relato más destacado y el que más recorrido ha tenido en antologías y revistas es El niño sin brazo. En él, un niño que sufre la amputación de un brazo ve como este se convierte en un ente autónomo con vida propia que le sustrae los afectos de su madre. El brazo amputado se convierte en un enemigo para el sujeto del que ha sido separado. Horror corporal similar al que podemos leer en la gestación que tiene lugar en El vientre.
El asedio animal (2021) es la novela de la escritora colombiana Vanessa Londoño (1985). Graduada en Derecho y con un máster en escritura creativa, lleva cerca de una década decándose al periodismo y la comunicación en medios estadounidenses y latinoamericanos. El asedio animal es su debut en la ficción.
La novela está dividida en cuatro partes, cuatro relatos cuyas conexiones descubriremos al final del libro. Como en Ahora sólo queda la ciudad de Romero, en El asedio animal es el territorio el principal protagonista. Las historias que narra Londoño cuentan lo que ya no está. En el primer relato un niño pierde a su madre después de que le amputen las piernas por usar unas botas. En el segundo relato es una vieja partera la que pierde su lengua para que no pueda contar que escapó a una violación. En el tercero está la pérdida de la vista, en el cuarto y último a la protagonista le amputan las manos.
El asedio animal también es un libro que trata sobre los vacíos. El vacío que provoca la ausencia de estado se llena de otro orden y otra jerarquía. El territorio, su pérdida, están acompañados de la violencia. El territorio también entra en sincronía con los cuerpos que lo habitan. La protagonista del segundo relato, que al comienzo es una niña, se desarrolla y se convierte en mujer como el territorio es primero siembra y luego cosecha. El asedio animal también es un libro que cuestiona qué se cuenta y cómo se cuenta. El lenguaje es de suma importancia y genera una grieta por la que se cuela la luz. El relato devuelve la voz y la dignidad a los cuerpos mutilados víctimas de las diversas violencias que se entrecruzan en el territorio.
El estilo de Londoño es muy de escuela de escritura, se le pueden identificar esos dejes. En ese sentido, recuerda a otras autoras que publica en España Páginas de espuma. Londoño hace alarde de una prosa cuasi poética, de un lirismo sensorial que entronca con la tradición que encarnan Álvaro Cepeda, Elena Garro, Héctor Rojas o Juan José Saer. Un poco en la línea de lo que escribe Mónica Ojeda en la actualidad, aunque en Londoño no existe un morbo o un gusto por el terror corporal. La mutilación de los cuerpos, como la fragmentación en la narración, es la excusa para explorar las violencias que sacuden el mundo. Violencia y víctimas no se idealizan, pero sí se puede identificar un deseo en los cuerpos heridos, un destello de vida que prende en los despojos y que nos diferencia de los fantasmas. Aunque mutilados, seguimos siendo seres humanos.
El estilo de Londoño es muy de escuela de escritura, se le pueden identificar esos dejes. En ese sentido, recuerda a otras autoras que publica en España Páginas de espuma. Londoño hace alarde de una prosa cuasi poética, de un lirismo sensorial que entronca con la tradición que encarnan Álvaro Cepeda, Elena Garro, Héctor Rojas o Juan José Saer. Un poco en la línea de lo que escribe Mónica Ojeda en la actualidad, aunque en Londoño no existe un morbo o un gusto por el terror corporal. La mutilación de los cuerpos, como la fragmentación en la narración, es la excusa para explorar las violencias que sacuden el mundo. Violencia y víctimas no se idealizan, pero sí se puede identificar un deseo en los cuerpos heridos, un destello de vida que prende en los despojos y que nos diferencia de los fantasmas. Aunque mutilados, seguimos siendo seres humanos.
I know the past will catch you up as you run faster
I know the last in line is always called a bastard
I know the past will catch you up as you run faster
I know
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