Altasangre (2025) es la primera novela de la escritora colombiana Claudia Amador (1998). Habitual de la ciencia ficción y la ficción extraña con relatos publicados en diversas antologías de la colombiana Ediciones Vestigio —por ahí también aparecen publicados nombres destacados del new weird colombiano como Luis Carlos Barragán y Karen Andrea Reyes—, Altasangre es la primera incursión de la autora en el terror; o en la ficción extraña con toques de terror. La etiqueta elegida por la editorial es «gótico tropical», supongo que para darles algo más de variedad a los lectores anglosajones. No todo va a ser «realismo mágico».
Claudia Amador nació en Barranquilla, ciudad del Caribe colombiano, aunque ahora trabaja como librera en Bogotá. Este dato es importante, porque la historia de Altasangre transcurre en una región a la que se alude en la novela como «la Costa», en una ciudad sin nombre trasunto de la Barranquilla natal de la autora, momentos previos a la celebración del carnaval. La novela narra la historia de la casta vampírica de los Vanterroso, que rige los destinos de la Costa. Julia es la gran matriarca y la abuela de la protagonista, Julieta. En el universo creado por Amador existen los vampiros, también llamados «purasangre», una suerte de aristocracia parasitaria de rancio abolengo que detentan el poder político y económico. Luego están los «mixtos», vampiros que conservan atributos humanos y que son el poder silencioso, la verdadera clase dirigente. Por último están los humanos, la plebe que es desangrada para alimentar a la casta vampírica. La sangre es un negocio más en este universo.
Altasangre narra la relación que existe entre Julia Vanterroso, la todopoderosa matriarca vampírica, y su nieta Julieta. Para Julia, su nieta es sólo una pieza de ajedrez que está dispuesta a sacrificar para eternizarse en el poder. Para eso, tiene que disciplinarla, someterla. Julia tiene la experiencia pero le falta el hambre, mientras que Julieta es el hambre violento sin experiencia. Julieta tratará de desbaratar los planes de su abuela, aunque para eso necesite la ayuda de las mixtas que la criaron, que también son poderosas brujas.
Uno de los valores de la novela es que no cae en ese vicio tan común hoy en día de sobreexplicar las cosas. Altasangre no es un libro extenso, pero sí es rico en presentar un universo donde hay varias dimensiones o planos de la realidad, existen los dioses, los fantasmas y los espíritus, los vampiros gobiernan y la magia es algo bastante común. También hay que poner en valor algo, de nuevo, poco común: Claudia Amador describe y muestra dinámicas de poder, las ejercidas por esa casta vampírica, pero no hace juicios de valor. Trata más de describir una situación y de utilizar el vampirismo como una metáfora, pero mucho más elaborada, sin arrojarte a la cara unas ideas u otras. En Altasangre los vampiros gobiernan y ejercen la violencia con total impunidad, pero el pueblo también participa y consiente a cambio de otras cosas, como la celebración del carnaval. Los hombres están ausentes, se dedican a sus cosas, como ser senadores o empresarios mientras las mujeres se dedican a los asuntos domésticos. Sin embargo, la Costa es un no-lugar donde gobiernan las mujeres, es una casa gigantesca donde los hombres no pintan absolutamente nada. También existen fábricas donde los humanos proporcionan, una vez diluida, su sangre a los vampiros, pero lo hacen consintiendo. Todo en Altasangre tiene matices y grises.
Claudia Amador utiliza elementos performativos como la música, presente en todo momento en la novela. Existe una carnavalización de la narrativa. Julieta accede al éxtasis a través de la música en una bacanal. El carnaval es el orden natural para todos, gobernantes y gobernados. Perder una reina, alterar ese poder, es ir contra el orden natural. El hambre y la rabia de Julieta que su abuela intentan domesticar también son la furia y la rebeldía contra ese orden natural que quiere disciplinarla. Existe cierto paralelismo con Mónica Ojeda en cuanto a estilo: sobrevuela un lirismo sobre la prosa, mucho más florida y sensorial. Amador traslada el castillo del vampiro europeo a un Caribe bullicioso, húmedo y abrasador. Eso también la acerca a la cubana Elaine Vilar Madruga y su prosa sensorial, aunque un poco menos pegajosa. Y comparte con estas dos autoras una fascinación por la violencia y el cuerpo como fuente de terror.
Malasangre (2020) es una novela de la escritora y periodista venezolana Michelle Roche Domínguez (1979). Publicada por Anagrama, parece que no tuvieron suficiente con Nuestra parte de noche (2019) y necesitasen a otra latina escribiendo terror en su catálogo. Aunque bueno, lo de terror es discutible. Si existen etiquetas como «gótico andino» y «gótico tropical», parece tarea obligada el clasificar la novela de Roche Rodríguez como perteneciente a esa segunda categoría. Soy defensor de las etiquetas, que nos permiten clasificar y categorizar una obra literaria para su mejor comprensión. Pero estas etiquetas tienen que ser las adecuadas.
Malasangre está ambientada en la Venezuela de los años veinte del pasado siglo, un momento histórico en la transformación del país. Por un lado se descubrió el petróleo y se empezó a explotarlo, y por otro los militares desplazaron a la vieja aristocracia criolla. La Venezuela actual tiene su origen en aquellos años de transformaciones. La protagonista de la novela es Diana, una joven vampira que vive sometida a los caprichos de sus padres. Su padre, un prestamista, es el origen de su vampirismo, ya que se lo contagió una prostituta con la que vivió. Su madre es una beata meapilas e hipócrita que la desprecia. Diana, que vive reprimiendo sus ansias de sangre, sólo es para sus padres una moneda de cambio: la pueden casar con un futuro socio comercial de su padre o puede ser enviada al convento para que desaparezca y no moleste como quiere su madre. En cualquier caso, esposa o monja, no es decisión suya.
Roche Rodríguez utiliza el vampirismo como metáfora de ese momento histórico: la plutocracia militar, producto de la economía rentista y del capital internacional, chupa del petróleo del país. Como el padre de Diana, están todos a hacer un «negocito», a pegar el palo. Además del cristianismo y el castellano, los españoles también llevamos el rentismo a América. El vampirismo también es usado como metáfora por la autora al describir la situación de Diana, vampirizada por sus padres. En una sociedad donde la mujer no tiene derecho a nada, para ser libre sólo le queda la opción de huir de casa y prostituirse.
Malasangre es la voz narradora de Diana la que articula la novela. No es ni «gótico» ni «tropical». Tampoco terror. Se parece más a La juguetería mágica de Angela Carter, con una protagonista que comienza narrando su primera menstruación, que es violada y que «escapa» de ese mundo opresor convirtiéndose en adulta/mujer. Malasangre es un coming of age, un paso a la vida adulta, una historia de iniciación hacia la madurez. El problema es que esta narración está dentro de otra narración, que es la parte de novela histórica y social. Están unidas por esa metáfora del vampirismo que a mí no me termina de funcionar. Si quieres leer una novela feminista y que critica al chavismo desde la izquierda, Malasangre es tu libro, pero no busques gótico o terror porque no lo hay.
La primera vez que vi un fantasma (2018) es una colección de relatos escrita por la ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe (1976). Aunque no tan conocida como Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero, a Rodríguez Pappe la hemos podido leer estos años en antologías de relatos como Insólitas (2019) y Aquelarre de cuentos (2021). Este último incluye uno de los relatos de esta colección, Matadora.
La primera vez que vi un fantasma lo componen quince relatos que se mueven entre la fantasía extraña y el terror. Pero la mayor distinción entre relatos es su longitud: los hay breves, de página y media, y los hay largos. Unos se mueven entre lo lírico y los otros son narrativos. Son estos últimos, los relatos largos de carácter narrativo, los que elevan la categoría de Rodríguez Pappe como escritora. Paladar, Un hombre en mi cama, Matadora... Contruye mundos muy potentes, como ese universo distópico en el que el sol ha evaporado el agua y la gente evita salir a la calle. La protagonista de ese relatos tiene un fetiche muy raro que es ver dormir a otra gente online. En la boda de su hermana con un árbol, sucederá algo. O ese otro en el que la patasola es una mujer del saco que te persigue. También está el «atanudos», unos seres que se te pegan y hacen de tu vida una desgracia.
Las influencias en Rodríguez Pappe hay que buscarla fuera, pues no es fácil identificarla con las corrientes al uso existentes. Más que «gótico andino», ese cajón de sastre que tanto se usa últimamente, lo de Rodríguez Pappe, como lo que escribe Luis Carlos Barragán en Colombia, está emparentado con el new weird anglosajón. La hibridación de géneros —ciencia ficción, terror, fantasía—, mundos y ecosistemas hostiles y la tecnología y el cuerpo como fuentes de terror son marcas de la casa.Tanto en Latinoamérica como en España el new weird es un género en auge. La editorial Holobionte en España está especialidad en new weird y pensamiento contemporáneo de vanguardia—aceleracionismo, cibergótico, xenofeminismo...—, con un catálogo de autores y autoras que va del muy reaccionario y aceleracionista Nick Land hasta Luis Carlos Barragán. Su Mundo Weird es probablemente la mejor antología de relatos que se puede leer en castellano sobre el género.
El cielo de la selva es una novela de la cubana Elaine Vilar Madruga (1989). Publicado por la editorial Lava en 2023, es la obra más conocida hasta el momento de la autora, que a pesar de su relativa juventud tiene a sus espaldas un amplio currículum. Es poeta, dramaturga, novelista, profesora y autora de relatos y ensayos. Actualmente vive en Canadá.
La novela trata temas como la maternidad impuesta, la violencia y el cuerpo femenino. Como en el caso de Rodríguez Pappe, no es fácil etiquetar la obra. Se puede leer lo de «gótico caribeño» en muchas reseñas, pero la autora bebe de otras influencias. El new weird anglosajón vuelve a estar presente. Eso sí, pasado por el tamiz de la autora.
La historia transcurre en un no-lugar que es la hacienda, una casa en medio de la selva. Allí transcurre la vida de varios personajes. Tampoco se identifica el país. Sabemos que hay narcos y militares, pero poco más. La novela se construye a través de una polifonía de voces. Santa, la vieja, Ifigenia, los niños... La selva también es otro personaje, una especie de dios salvaje que asfixia al resto de protagonistas con la humedad, el calor y sus exigencia de sacrificios. No me columpio mucho si digo que esa selva comparte bastantes características con las isla de Perdidos. El lenguaje de Vilar Madruga es una suerte de realismo sucio poético. Puede recordar a los mejores momentos de Mónica Ojeda, pero mucho más directo y no tan lírico. Habla de mierda, de orines, de picores en la entrepierna y de putrefacción. Carne y hueso como campo de batalla, algo muy común en la narrativa de los últimos años, que pone el cuerpo en un primer plano.
Si el cuerpo es campo de batalla, también lo es la maternidad. Una maternidad completamente desmitificada y funcional a un propósito, que es proporcionar carne a la selva. Las madres paren por obligación y por supervivencia. Son vícitimas pero también victimarios. La novela tiene momentos en los que te pone los pelos de punta, como ese en el que una prostituta se reúne con otras prostitutas asesinadas en la selva mientras hacen sonar sus huesecillos. No diré que es dura —a la manera de La chica de al lado o de Crímenes reales—, pero sí bastante cruda. La dureza es húmeda, pegajosa, como la que sufren los personajes, en un ciclo sin fin de violencia.
Rodríguez Pappe, Solange (2018). La primera vez que vi un fantasma. Candaya. Vilar Madruga, Elaine (2023). El cielo de la selva. Lava
Crímenes reales (2023) es una novela de terror escrita por Samantha Kolesnik. Otra vez más, gracias al buen ojo de las mujeres de La Biblioteca de Carfax, hemos podido disfrutar de esta obra en castellano. Es casi inevitable entrar en el salseo para hablar de Kalesnik. La autora, también guionista, directora y productora de cine, se ha retirado de la escritura después de que el que fuera su marido fuera condenado el año pasado por asesinar y desmembrar a su esposa anterior. Escribir lo que escribe y que te toque vivir una situación así tiene que ser complicado.
La novela narra en primera persona la historia de una adolescente, Suzy, víctima de abusos y violencia desde que era una niña por parte de su madre y otros adultos. Cuando un día asesina a su madre, huye junto a su hermano mayor Lim sembrando cadáveres a su paso.
La primera parte de la novela es una road movie, un poco a lo Truman Capote en A sangre fría. Suzy huye junto a Lim hasta que son atrapados por la policía. Él es acusado de todos los asesinatos que cometieron, mientras que ella es enviada a una familia de acogida. La segunda mitad de la novela es un reflexión sobre el mal: ¿un monstruo nace o se hace? ¿Tiene remedio una persona como Suzy después de todos los abusos que ha sufrido? Es una obviedad: ser víctima no te hace mejor persona. Kolesnik parte de esta perogrullada para planter(nos) el origen del mal. Como llega a decir un personaje de la novela, existen los constructores y los destructores.
Crímenes reales tiene un estilo directo, casi minimalista, que te golpea. Frases cortas para narrar una historia repleta de violencia, presentada de la manera más cruda posible. Se la ha comparado con Jack Ketchum y su La chica de al lado. Allí era un testigo el que narraba la violencia que se ejercía contra una adolescente. En Crímenes reales la violencia se narra en primera persona. En ese sentido y por su crudeza creo que se asemeja más a El fin de Alice de A. M. Homes. De manera más tangencial también se la puede relacionar con El elixir negro de Elizabeth Engstrom: una adolescente víctima de abusos que se convierte en victimario en un frenesí de violencia.
La creación de Gabriel Davenport es una novela de fantasía urbana escrita por la británica Beverley Lee. Si con Crímenes reales La Biblioteca de Carfax estuvo rápida, con la novela de Lee fue casi algo inmediato: publicada en inglés en 2016 y traducida al castellano en 2017. El libro forma parte de lo que hasta día de hoy es una trilogía, aunque las otras dos novelas todavía no han sido traducidas a nuestro idioma.
La novela narra la historia del protagonista, Gabriel Davenport, un adolescente de quince años que vive en una mansión bastante particular. Siendo bebé, sus padres Beth y Stu se mudan a una casita en mitad de la campiña inglesa. Allí un antiguo demonio matará a Stu y atacará a Beth para poder poseer a Gabriel, que es sólo un recién nacido. Gracias a la intervención de Noah, un sacerdote que pasaba por allí, Beth y Gabriel sobreviven. Desde entonces viven en una mansión cuyo dueño se dedica a rescatar menores con poderes paranormales del sistema. El demonio que les atacó hace quince años volverá a por Gabriel, que contará con la ayuda inesperada de unos vampiros.
El estilo de Lee es bastante sencillo, casi podría decirse que juvenil: abundan las descripciones innecesarias y los diálogos. Quizás ahí se genera una gran discrepancia entre expectativas y realidad: de fantasía oscura con toques de terror tiene poco. Casi funciona más como melodrama que como novela de fantasía. Además es bastante maniquea. Curioso cuando en la novela es la propia autora la que describe la vida de Gabriel como un verdadero drama, contraponiéndolo al universo Harry Potter, según ella más infantil. Y esto no hay por donde cogerlo. La novela es la típica en la que el protagonista es «el elegido» y todo se acaba reduciendo a una lucha entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal. Incluso el villano, el demonio, es bastante humano y poco aterrador.
La creación de Gabriel Davenport es un libro de lectura ágil —faltaría más— que te lo ventilas en dos tardes. Si has leído otros libros de La Biblioteca de Carfax y conoces su catálogo puede no ser lo que esperas. A mí es un libro que me ha cogido bastante desprevenido. Además, forma parte de una trilogía. Esto quiere decir que se toma su tiempo para colocar todas las piezas de la trama y que el cierre de la novela es más un principio que un fin. A lo mejor las secuelas son más interesantes, pero esta primera entrega sobre el origen del protagonista me ha parecido bastante del montón.
Kolasnik, Samantha (2023). Crímenes reales. La Biblioteca de Carfax. Lee, Beverley (2017). La creación de Gabriel Davenport. La Biblioteca de Carfax.
Gideon Falls es un cómic creado por Jeff Lemire y Andrea Sorrentino. Por temática, entra dentro del terror, aunque tiene tintes de thriller sobrenatural de los noventa. Lo del terror en el cómic, sobre todo occidental, es todo un tema. En el caso de Gideon Falls sí se puede decir que se ajusta a ese género.
La serie se publicó entre 2018 y 2020 a lo largo de veintisiete números a cargo de Image Comics. Astiberri ha sido la encargada de publicar la obra en castellano en seis tomos. Sorrentino, el dibujante, es uno de los culpables de esa tendencia en el cómic actual a romper con la cuadrícula tradicional de las viñetas. Para Sorrentino, la página es un todo en la que caben todo tipo de formas. Esto es importante si contemplas leer el cómic en tableta o libro electrónico. En lo narrativo, Lemire es bastante posmoderno. Gideon Falls consta al principio de varias narraciones en paralelo, con la analepsis como recurso para narrar el pasado de los protagonistas.
Gideon Falls comienza como un misterio sobrenatural con un toque costumbrista. Pensemos en el primer Stephen King y esas descripciones suyas de pequeñas localidades y pueblos que tan bien conocía. El pequeño pueblo de Gideon Falls es el epicentro de sucesos extraordinarios relacionados con la aparición de un misterioso granero. Crímenes, desapariciones y locura se desatan cuando aparece este granero. Esta primera parte del cómic es la más interesante, con esos toques Twin Peaks y la presentación de algunos habitantes de Gideon Falls. Por no destripar la trama, diré que luego la historia tiende más hacia el thriller de conspiraciones, la ciencia ficción y el horror cósmico. Un batiburrillo que no siempre es igual de interesante.
Paper Girls es un cómic de ciencia ficción creado y escrito por rian K. Vaughan. La serie consta de treinta números que fueron publicados por Image Comics entre 2015 y 2018. En España la publicación ha corrido a cargo de Planeta. También tuvo una adaptación en forma de serie de televisión de la mano de Amazon.
Stranger Things se estrenó en el verano de 2016, un año de Paper Girls. Digo esto porque la trama comienza en 1988. Como decía Mark Fisher cuando aludía a "la lenta cancelación del futuro", la incapacidad de imaginar un futuro nos lleva a reciclar modas pasadas, que se convierten en fantasmas que habitan nuestro presente de una manera cíclica. Incapaces de crear nuevas formas culturales, sólo queda la nostalgia por las formas pasadas. Paper Girls no pegó un pelotazo como la primera temporada de Stranger Things pero es el resultado de la nostalgia, que entonces ya era palbable y hoy es asfixiante.
Paper Girls es la historia de cuatro chicas de 12 años que trabajan como repartidoras de periódicos. Es el año 1988 y KJ, Tiffany, Mac y Erin se ven arrastradas a una guerra entre dos facciones de viajeros en el tiempo. No sólo hay paradojas temporales, sino también clones y un montón de viajes en el tiempo. Los temas que trata son la pérdida de la inocencia —ese hacerse mayor y entrar en la vida adulta—, el conflicto generacional, la idea de predestinación y libre albedrío, la identidad y la propia sexualidad. Y aunque no idealiza los ochenta como Stranger Things —se presentan como homófobos, racistas, machistas, peligrosos en general—, no deja de escogerlos como punto de partida. Los futuros que se imagina tampoco son mucho mejores, más allá de una distorsión del presente.
En Gideon Falls el tiempo es circular mientras que en Paper Girls el tiempo es lineal, pero en ambos es aterrador. No hay un mañana mejor, que es como decir que no existe el futuro. Lo único que ofrecen es resignación. Resignarse y resistir, desde lo individual, como en Gideon Falls, o desde lo colectivo, como en Paper Girls. Al final va a ser verdad eso del «nihilismo dulce» del que habla Emmanuel Rodríguez como característica de nuestra época. Decía Mariana Enriquez en una entrevista reciente que vivimos en una distopía habitable. Tiene razón.
La cantidad y calidad de literatura escrita en países latinoamericanos parece que no tiene fondo. En Uruguay podemos disfrutar de Fernanda Trías (1976) —por aquí hablé de Mugre rosay El monte de las furias—, que junto a Inés Bortagaray (1975) y Natalia Bardero (1975) forman parte de una nueva generación de escritores. Tamara Silva Bernaschina (2000) forma parte de la novísima generación que está surgiendo en Uruguay, y desde la publicación de Larvas (2025), publicado por Páginas de espuma, el interés por su obra se ha amplificado.
Larvas es un libro de relatos cuyo hilo temático gira alrededor de las relaciones familiares. Bernaschina opta por el fantástico y el terror, con una buena dosis de body horror y asco. Los personajes de los relatos viven en el rural uruguayo, en el interior del país —la propia autora es originaria de Minas—, en un entorno extraño que se manifiesta a través de la atmósfera (humedad) y/o una naturaleza hostil. Muchos personajes son niños y adolescentes que viven lo extraño con naturalidad, como una parte más de su realidad material.
En Larvas las relaciones familiares son un reflejo también de los animales, insectos y fenómenos naturales extraños que se manifiestan a lo largo de los relatos. Estas relaciones pueden ser parasitarias o simbióticas, teniendo muchas veces el cuerpo de los protagonistas como elemento de disputa: los hijos son propiedad de sus padres por lazos de sangre. Esos cuerpos también experimentan mutaciones y transformaciones, grotescas las más de las veces. Las relaciones también son un ser vivo más, que nace, se reproduce y muere.
La oscuridad es un lugar (2020) es un libro de relatos de fantasía oscura escrito por Ariadna Castellarnau. La temática de los relatos también se mueve en el mismo terreno que Larvas, la familia, pero las influencias que trabaja son otras. En los relatos de Castellarnau está presente la fantasía como una suerte de realismo sombrío, como en la obra de Angela Carter, Lisa Tuttle o Samantha Schweblin. Muchas veces lo fantástico es una pequeña deformación de esa realidad, que ya es lo suficientemente sombría sin este elemento.
Como en Larvas, los personajes de La oscuridad es un lugar también son niños y adolescentes, poniendo el foco en su vulnerabilidad. Está la niña que escapa al trágico destino de su familia huyendo al bosque con un desconocido que le alerta de este próximo fin. También está el adolescente explotado por su familia —vive en una familia-empresa—, encargado de cuidar a la atracción de feria que es su hermano, mitad hombre, mitad pez. Los lazos afectivos entre los miembros de las familias que aparecen en los relatos son asimétricos y obedecen a intereses egoístas. La única posibilidad de huir que tienen los protagonistas es un hecho disruptivo, una fisura en su realidad que rompa con ese vínculo tóxico. Otra característica en el estilo de Castellarnau es el de los finales abiertos. Muchas veces no sabemos qué pasa más allá de esa fisura en la realidad, qué es de esos personajes. Un poco como sucede en La juguetería mágica de Carter: algo se acaba y lo que viene a continuación también es aterrador.
Pocos países tan chiquitos han dado tanto y tan bueno a la humanidad, desde Mujica a Bendetti. Ojalá cambiar Almería por Uruguay. Hasta que eso suceda, podemos disfrutar de su literatura y de artistas y grupos de rock como Sordromo (gracias Paolo), No Te Va Gustar, Niña Lobo, Alberto Wolf, La Vela Puerca (gracias Ander) y El Cuarteto de Nos.
Silva Bernaschina, Tamara (2025). Larvas. Páginas de espuma.
Castellarnau, Ariadna (2020). La oscuridad es un lugar. Ediciones Destino.
La Biblioteca de Carfax, además de publicar señoras victorianas, también de vez en cuando rescata obras como esta de Sara Gran, publicada originalmente en 2003. Además cuenta con prólogo de Mariana Enriquez, que un poco como Stephen King varias décadas atrás, se ha convertido en prescriptora de terror, de manera directa o indirecta.
Los veinte años que ha tardado en publicarse la novela en castellano se notan en una cosa: no hay apenas referencias tecnológicas. Es algo que en la ficción se nota muchísimo, ya que existe un parteaguas clarísimo con ese tema. Hoy es imposible querer narrar una historia en la que no aparezcan personajes pegados a un teléfono y a las redes. Y aunque es un fenómeno bastante reciente, es una característica que ubica al mundo anterior en una época más pretérita de lo que realmente es. No ya sólo es que no seamos incapaces de imaginar un mundo donde no exista el capitalismo, es que no podemos pensar en volver a habitar un mundo como el de hace dos décadas.
La protagonista de Acércate es Amanda, una treintañera que goza de lo que podemos calificar como vida perfecta: buen trabajo, marido atento y una vida social activa. Sin embargo, Amanda abrirá la puerta a un demonio, Naamah, que a lo largo de la breve novela, irá poseyéndola. Primero muy poco a poco, con episodios aislados, muy cortos, donde pierde la conciencia de lo que ha hecho. Luego, esa niebla se irá convirtiendo en su vida, hasta que los momentos de conciencia se sucedan cada vez más distanciados en el tiempo. No es la típica novela sobre posesiones demoníacas, su aproximación al tema y al género es diferente. Amanda, que cumple los sueños aspiracionales de la clase media, sigue siendo una persona vacía e insatisfecha, que encuentra la felicidad y su identidad en abandonarse a sus instintos. El terror está en contemplar como destroza esa vida idílica poseída por Naamah. La posesión no es un castigo, es una liberación. Grant parece plantear que la posesión está en lo otro, en esa supuesta vida perfecta de éxito profesional y sentimental, representándolo como una jaula que oprime a Amanda.
Grant utiliza un estilo directo, de frases cortas y capítulos breves, con una narración en primera persona que dota a la narración de un ritmo vertiginoso. La novela, no muy extensa, se lee en una tarde. Podríamos emparentarla con la obra de Paul Tremblay y Grady Hendrix en cuanto a estilo. También tiene un tono en el que está presente el desencanto, abordado desde el humor negro y cierto cinismo disfrazado de ironía. También se puede intuir que ese desencanto es algo generacional: el fin de la historia prometido no era lo esperado.
Otra novela breve de terror, aunque más actual, es La sed (2020) de Marina Yuszczuk. Yuszczuk (1978) es una escritora, periodista y editora que se dio a conocer con La sed, su segunda novela, aunque también publica poesía y cuento. Forma parte de ese filón que son las escritoras latinoamericanas. Da igual la generación, siempre aparece alguna nueva para publicar.
La sed es una novela breve pero más compleja en cuanto a forma que Acércate. La novela está dividida en dos, con un breve capítulo introductorio, y combina distintos tiempos y voces. La historia de La sed comienza con una mujer pasea con su hijo pequeño por un cementerio de Buenos Aires cuando ve a una misteriosa desconocida y se asusta. Entonces se inicia la narración de esta desconocida en primera persona, de la que desconocemos su nombre. Es una vampira que huyó de Europa en el siglo XIX y emigró a Buenos Aires. Hay sexo, violencia y un tono gótico que contrasta con la segunda parte, situada temporalmente en el Buenos Aires actual, y que tiene un tono más intimista. Una mujer, Alma, vive el duelo de su madre, que padece una enfermedad terminal degenerativa que le impide comunicarse con ella. Además, tiene que lidiar con la crianza de su hijo pequeño, su trabajo y su reciente separación. El cuidado de su madre enferma la llevará a descubrir un mausoleo propiedad de de su familia. En la parte final de la narración se unen las dos historias, la de la vampira sin nombre y la de la doliente Alma.
La novela explora la idea del ser autosuficiente, un ser humano como Alma, con el parasitismo del vampiro. El vampiro es un parásito siempre necesitado de alimentarse. Para la vampira de La sed es un continuo volver a empezar donde solo existe la necesidad humillante de alimentarse de otros. También explora la relación con la muerte y el dolor de nuestras sociedades laicas, la falta unos ritos que nos preparen para aceptar la propia idea de la muerte. Si en Acércate había un tono desencantado, sarcástico, La sed opta por la melancolía y el lirismo. El cuerpo, nuestro cuerpo que un día se descompondrá, es el centro de la narración. Lidiar con la experiencia material de poseer un cuerpo es tratar el deseo, el hambre y el dolor, para lo que no siempre estamos preparados.
Ambas novelas son muy recomendables y me recuerdan a las fantásticas Cuando la soledad nos ama (1985) y El elixir negro (1988) de Elizabeth Engstrom. Cuerpos, algunos monstruosos, otros que se transforman, pero cuyas necesidades biológicas y finitud escondemos con vergüenza, asco y dolor.
Grant, Sara (2003). Acércate. La Biblioteca de Carfax. Yuszczuk, Marina (2020). La sed. Blatt & Ríos.
Stigmata (1999) es una película dirigida por el británico Rupert Wainwright y protagonizada por Gabriel Byrne y Patricia Arquette. Aprovechando el fin del milenio en el mundo cristiano occidental, surgieron muchas películas con este tipo de argumento mileniarista de fin del mundo, satanás y chorradas varias. Stigmata, junto a El fin de los días,es una de las más destacadas. Como curiosidad, Byrne aparece en las dos, aquí como protagonista, en la otra como secundario.
Wainwright, para sorpresa de nadie, viene del mundo del videoclip. Eso se nota y mucho en su manera de dirigir, con mucho corte y una velocidad espídica. Pero también tiene cosas chulas, que si no de autor, sí sorprenden un poco, como un plano desde dentro de un microondas. A veces se saca unas composiciones de plano muy originales, como el de Patricia Arquette en la bañera o esta del microondas que he comentado antes. Gran parte de la trama se desarrolla en Nueva York, que comparte con Sev7n (1995) el gusto por la lluvia, confiriéndole a la película un toque industrial y decadente, con una fotografía virada al azul. El problema de Wainwright es un guion que no acompaña.
El típico baño de una peluquera en Nueva York que es más grande que tu casa de Albacete
La trama gira alrededor de posesiones, conspiraciones vaticanas y el conflicto entre fe y razón. Hasta cierto punto, anticipa lo que sería El código Da Vinci y obras similares. Byrne interpreta el papel de un sacerdote católico con formación científica encargado de investigar supuestos milagros alrededor del mundo. Así conocerá al personaje interpretado por Arquette, una joven atea de Nueva York que sufre los estigmas de Cristo. El guion es muy torpe, con mucho diálogo explicativo —tan común en nuestros días— que rompe el ritmo de la película. Con una duración de poco más de 100 minutos, la película se hace larga. La interpretación de Arquette demuestra lo buen director que era David Lynch, capaz de sacar lo mejor de repartos mediocres. Aquí su interpretación está flojita.
El fin de los días (1999), dirigida por Peter Hyams y protagonizada por Schwarzenegger, fue uno de los blockbusters de su año. Con casi cien millones de presupuesto, triplicando el de Stigmata. El fin de los días es una buena muestra del cine comercial estadounidense de finales del siglo: no han pasado quince minutos y ya tienes explosiones, tiroteos y una persecución en helicóptero que acaba en los túneles de metro de Nueva York.
Hyams, que ya se ha pasado reciéntemente por el blog con Capricornio Uno (1978), se acerca también a Sev7n: no llueve en la película, pero sí tiene unos grises humedos en una ciudad sucia llena de humo y vapores. También comparte con la película de Fincher una fotografía contrastada, de negros profundos, aunque mucho más subexpuesta. Es curioso que pese a tratarse de un thriller de acción sobrenatural, con sus persecuciones y explosiones varias, la realización sea más sobria, casi clásica, comparada con el estilo videoclipero de Wainwright en Stigmata. El problema de Hyams, como el de Wainwright, es el de tener un guion que es una chorrada.
Luz, fuego, destrucción...
Schwarzenegger interpreta el papel de un expolicía, Jericho Cane, que después de perder a su mujer y a su hija, trabaja en el sector de la seguridad privada. En este trabajo se cruzará con el demonio, personaje interpretado por Byrne, que busca a una mujer para engendrar el anticristo y desatar el apocalipsis. A partir de ahí, Cane se verá envuelto en una trama sobrenatural en la que su objetivo será proteger a esa mujer del demonio y del Vaticano y detener el apocalipsis. Aquí la parte de la conspiración es más secundaria que en Stigmata, centrándose la trama en la acción.
El mejor fin de siglo en la gran pantalla sigue siendo el de Días extraños. Al menos ahí el milenarismo —va a llegaaaar— se lo ahorraron, dejándonos sólo con el cyberpunk. Mención de honor a The Omega Code (1999), dirigida por Robert Macarelli y protagonizada por Casper Van Dien. La película también se adentraba en este mundillo de las conspiraciones, misterios y pánico al cambio de milenio, pero lo hacía desde la propaganda evangélica —no hubo estudio detrás, sólo un grupo de televisión evangélico—. Tremenda bizarrada. Aunque con todo lo que vino después, ya no parece tan risible ese miedo al cambio de milenio, ¿no? Otra que se queda fuera es Resurrección (1999), dirigida por Mulcahy —sólo puede quedar uno— y protagonizada por Christopher Lambert, que era más copia de Sev7n que otra cosa, un poco como Fallen (1998) y El coleccionista de huesos (1999), protagonizadas por Denzel Washington.
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Las criadas contra los dragones
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La temporada de los *Emmy 2018* arrancó hace un par de semanas, cuando
cadenas y plataformas de *streaming* comenzaron a lanzar sus campañas FYC (*For
Y...
Octavo aniversario y rumbo al invierno
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Pues sí, este año algo más tarde pero aquí estamos otra vez para recordar
que ya hace ocho años desde que comenzó la andadura de este pequeño blog,
un rinc...
Ver Dawson’s Creek 20 años después
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Era una terrible cuenta pendiente que tenía en el cajón desde hace años.
Era una serie que quería ver, pero que también me daba rabia, sobre todo
por h...
‘Ghost in the Shell: Stand Alone Complex’
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“Gente basada en lo analógico como tú, da igual cuántos componentes
digitales añadáis mediante cyberización o prótesis, vuestro Fantasma nunca
será dañado”...
CeS: 8 temporadas y un final abierto
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Como ya adelanté hace un mes, desde hoy 29/01/2017, y coincidiendo con sus
octavo aniversario, *Críticas en Serie* deja de estar activo.
Lo sé, *es una p...
¿Dónde estoy?
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De camino a alguna otra parte...
Foto de: Ryan Tauss
Supongo que se veía venir.
Después de anunciar aquel muy lejano paroncillo fui publicando y preparando...