La primera Underworld (2003), que tanto bebía de la estética Matrix copiada hasta la saciedad en esos primeros años dos mil, dio lugar a todo un universo cinematográfico. De las cinco películas que hasta el momento conforman este universo, las dos primeras fueron rodadas por Len Wiseman, formando un matrimonio, real y figurado, con la protagonista de la saga, Kate Beckinsale. Esta Underworld: la rebelión de los licántropos (2009) es la tercera entrega y funciona como precuela de las dos primeras. Aunque la protagonista de Underworld aparece en una escena final, la película dirigida por Patrick Tatopoulos está protagonizada por Rhona Mitra, que aquí aparece caracterizada como un clon de Kate Beckinsale. Por ahí aparecen también Michael Sheen y Bill Nighy acompañando a Mitra, con algo más de protagonismo del que tenían en las películas anteriores de la saga.
La película, bastante continuista en muchos aspectos, destaca por trasladar el rodaje de Europa del este a Nueva Zelanda, por introducir algunos efectos prácticos donde antes todo era CGI y por contar con un presupuesto más reducido que la entrega anterior. Se intuyen algunas diferencias, no sólo por el cambio de escenario y época, de la actualidad a la Edad Media europea. Estéticamente se abandona el cyberpunk que bebía de Matrix por un estilo que entronca con el gótico. A ver, con moderación. Sigue existiendo el gusto por el cuero, pero anticipa películas como Drácula Untold (2014). También sigue siendo continuista en cuanto a fotografía, con esos tonos azules y grises, pero añade un marcado claroscuro que antes no existía. El juego siempre ha sido que el rojo saturado de la sangre destaque con esa fotografía. Otro elemento que se suma a esta estética gótica es cierta teatralidad en las interpretaciones, a medio camino entre la mala actuación y la mala dirección.
Preparados para una nueva ola de calor
La dirección de Tatopoulos, que ya había participado en las anteriores entregas en el diseño de producción, es muy típica de la época: estilo videoclip. Muchos cortes, montaje sincronizado con la música, búsqueda de planos icónicos, narrativa puramente visual, banda sonora industrial/gótica, paleta monocromática desaturada... La historia de la película pretende contar el origen de la guerra entre los licántropos y los vampiros, recurriendo a situar la acción en la Edad Media. Quizás esos pequeños detalles antes mencionados la convierten en la entrega diferente de Underworld. No pretende renovar nada, pero sí hace las cosas lo suficientemente diferentes como para al menos apreciar ese intento.
Los años dos mil trajeron de vuelta, en este eterno retorno del pasado en el que vivimos, a los niños demoníacos. Está esta Hellion, el ángel caído (2007), pero también The Children (2008), El hijo del mal (2007), Ils (2006), Expediente 39 (2009), La huérfana (2009) y una no muy conocida sobre niños zombis mineros llamada simplemente Zombies (2006) en España. Del título en castellano de algunas de estas películas mejor hablar en otro momento, porque tela.
Whisper (2007) en su título original, fue dirigida por Stewart Hendler y protagonizada por Sarah Wayne Callies y Josh Holloway, que venían la una de estar petándolo muy fuerte en Prison Break y el otro en Perdidos —Sawyer como epítome de personaje canallita de la década—. También aparece por ahí un Michael Rooker como secundario antes de romperla con The Walking Dead —donde coincidiría con Sarah Wayne— y de incorporarse al universo Marvel.
Whisper narra la historia de Max Harper, personaje interpretado por Josh Holloway, que tras ver como los bancos se niegan a concederle un crédito para montar un pequeño negocio y sin más alternativas económicas, decide sumarse junto a su novia al plan de uno de sus amigos criminales para secuestrar al hijo de una familia rica. Lo que en un principio parece un trabajo fácil, un secuestro por el que se pide un rescate, se va complicando cuando el niño que han secuestrado demuestra ser otra cosa. Es uno de los grandes fallos de la película, que en ningún momento ofrece algún tipo de ambigüedad respecto a la amenaza demoníaca que supone el niño, ni tampoco el resto de personajes parecen ser conscientes de esta amenaza. Aunque lo intenta, es difícil ver aciertos en una trama que persigue crear el horror de algo aparentemente inocente como un niño y que nunca lo logra.
Así lucían los selfies en la época
Hendler, para sorpresa de nadie, viene del mundo de la publicidad y del videoclip, tremenda cantera de nuevos directores en esas décadas. Los recursos que utiliza son bastante sencillos, optando la mayoría de las veces por escenas que acaban con un jumpscare. Se supone que los susurros a los que alude el título original y que son más bien visiones que introduce el niño secuestrado en el resto de personajes son los que construyen la tensión de la escena, pero la realidad es que acaban las más de las veces en un subidón de la música que te hace pegar un bote en el sofá y que no tiene una justificación narrativa. Cortes rápidos donde aparece algo que te debería asustar acompañado del subidón de la música. De todas formas, se agradece el intento del director de hibridar un thriller sobre secuestros con el terror sobrenatural más clásico.
Dog Soldiers (2002) fue el debut comercial de su director, Neil Marshall, que en esos años dos mil encadenó esta película, The Descent (2005) y Doomsday (2008), tres películas que mezclaban el terror con la acción que tuvieron una buena acogida entre los fans del terror. Se la pegó con Centurión (2010) y con Hellboy (2019) en la década pasada, con un discreto resurgir en estos locos años veinte de la mano de la que fue su pareja, Charlotte Kirk, como protagonista de sus últimas cuatro películas. Mención especial para The Lair (2022), que recupera ese espíritu mamarracho que mostró Marshall en Dog Soldiers y Doomsday.
Con guion del propio Marshall, la película narra la historia de un encuentro entre soldados británicos de maniobras en las Highlands escocesas y una manada de hombres lobo. La película cuenta con un reparto de actores ingleses, escoceses e irlandenses que luego tuvieron un recorrido en el cine y la televisión comerciales, como Sean Pertwee, Kevin McKidd y Liam Cunningham, caras conocidas gracias a Gotham, Rome y Juego de Tronos. Cunningham, antes de su recordado papel como caballero de la cebolla en Juego de Tronos, fue protagonista de una olvidada serie de ciencia ficción de la BBC, Outcasts (2011), cancelada después de una primera temporada más que interesante y que merece un revisionado.
Guiri después de comer fabada a mediodía en un chiringuito de Benidorm a 38º a la sombra
La película, de estrenarse una década antes, bien podría pasar por un título de explotación de Depredador (1987). Cámbiese la selva por las Tierras Altas escocesas y el depredador por los licántropos y lo tenemos. Como en Depredador, también hay mucho de humor cafre y acción. También podría pasar por un Aliens (1986) británico, aunque a Cameron le falta la mala leche que sí existe en Depredador y en esta Dog Soldiers. La película también bebe del cine clásico de defender el fuerte, ya que gran parte del metraje transcurre en una vieja granja donde se refugian los soldados para hacer frente a los licántropos. En ese sentido es una película que podría haber dirigido John Carpenter. Dog Soldiers es una película de bajo presupuesto rodada en Luxemburgo para ahorrarse unas libras en impuestos, con un estilo documental de cámara en mano, planos cerrados, mucho movimiento y montaje frenético. También destaca por su uso de efectos prácticos. Cuesta imaginar esta película con CGI. El equilibrio que logra Marshall entre acción, terror, humor y ser un puto cafre también merece una mención. En un momento en el que prevalecían Whedon y su posmodernismo es de agradecer. Y que entre paletos ingleses y cayetanos me quedo con los primeros. Al menos te ríes.
Slither: La plaga (2006) es una película canadiense de terror y comedia dirigida y escrita por James Gunn. Protagonizada por Nathan Fillon, Elizabeth Banks y Michael Rooker, ya muestra ese humor tontorrón que tanto gusta a Gunn y que es heredero de Joss Whedon y su forma de escribir. En ese sentido es una comedia de terror muy meta, escrita como una forma de homenaje a las comedias de terror de los ochenta y con esa forma tan característica de los diálogos, donde parece que los protagonistas son conscientes de estar interpretando un papel dentro de una película. De esto habrá mucho en la carrera posterior de Gunn en Marvel. La sublimación de este tipo de cine llegaría en la década de los diez con La cabaña en el bosque (2011), aunque mi favorita es Zombies Party (2004) y el humor british de Edgar Wright.
La película cuenta la historia de una invasión alienígena que tiene lugar en un pequeño y tranquilo pueblo estadounidense. Los alienígenas son un organismo parásito que llegados del espacio convierten a los habitantes del pueblo es mutantes grotescos y zombis romerescos. Mientras la plaga se extiende por el pueblo, el sheriff Bill Pardy será el encargado de combatirla junto a un pequeño grupo de supervivientes.
Cuando sólo te dedicas a comer ganchitos, ver películas y jugar al Final Fantasy VII
Slither: La plaga en ese intento de homenaje al cine de terror de los ochenta utiliza muchos efectos prácticos. Lo que Gunn consigue es adelantarse unos años a las tendencias y lograr que su película luzca diferente. En un momento en el que los efectos digitales y una estética exageradamente digital eran la norma, los efectos prácticos de látex, la sangre falsa y las prótesis deliberadamente cutres le dan un aire retro unos años antes de que se convirtiese en moda. Ya estaban por ahí Rob Zombie y su grano setentero haciendo cosas, también crecían el número de remakes en cartelera, pero no dejaban de ser una corriente de fondo que todavía no había emergido a la superficie.
De comedia de terror a comedia de ciencia ficción. Nothing (2003) es una película canadiense dirigida por Vincenzo Natali. Protagonizada por David Hewlett y Andrew Miller, Nothing es una película no sólo pequeña en presupuesto sino menor en la filmografía de su director. Natali nunca volvería a repetir la genialidad lograda con su primera película, Cube (1997). Con la salvedad de Splice (2009) siempre se ha movido por el territorio del bajo presupuesto y el cine independiente.
Lo peor que se puede decir de la película es que parece una idea de corto alargada excesivamente y sin mucho sentido para convertirla en un largometraje. La trama gira sobre la historia de dos fracasados que comparten amistad y casa. Cuando van a ser desalojados de la casa en la que viven todo el mundo desaparece, quedando únicamente la casa, ellos y una nada blanca sin fin. Lejos de explorar caminos como el terror o la ciencia ficción, la película se convierte en una comedia chorras con algunos toques kafkianos. Los patéticos personajes que son los protagonistas desarrollan una serie de sketches que se van alargando sin demasiada gracia. Creo que Natali sí que pretende darle un tono más elevado a la película, como queriendo crear un tipo de comedia existencial de humor absurdo, pero acaba aterrizando en lo pueril y tonto.
Stan, la tortuga más famosa de Norteamérica
Natali combina fondos e inserciones con lo teatral del expresionismo usando la técnica de Terry Gilliam de crear collages animados. Estas animaciones y ese pretendido tono surrealista a lo Monty Python acentúan todavía más esa sensación de encontrarnos ante una sucesión de sketches. Al contrario de los sucedido en Cube, que se desarrollaba en un espacio claustrofóbico, en Nothing el espacio blanco es infinito. Hewlett y Miller tuvieron que actuar durante gran parte de la película sobre un fondo verde, lo que ya sabemos que da a las interpretaciones un aire como descontextualizado, que si en la mayoría de películas es un problema, en Nothing refuerza el tono absurdo de la comedia.
Aquí hablé de Vidas ajenas (2004) y la alargada sombra de Sev7n (1995) en un género como el thriller. Una evolución de esa estética y esos temas fue Saw (2004), en la que James Wan pasaba Sev7n por el tamiz del J-horror y el gore. Convertida en éxito absoluto, desde el inicio comenzaron a surgir clones, homenajes e inspiraciones varios. Rastro oculto bebe de Saw en algunas de sus escenas. Dirigida por Gregory Hoblit y protagonizada por Diane Lane, Colin Hanks, Billy Burke y Josheph Cross, Rastro oculto es un thriller sobre asesinos en serie de estética Y2K.
Jennifer Marsh, el personaje interpretado por Diane Lane, es una agente del FBI especializada en delitos informáticos. En la red aparece una página que retransmite asesinatos y torturas en vivo. Cuantas más personas se conecten a la página, más rápido morirá la víctima. Desde un hombre atado y con diversos cortes en su cuerpo conectado a un gotero que le inyecta anticoagulante, hasta uno de los personajes secundados sumergido en una cubeta de agua que aumenta su acidez a ritmo de viewers, las torturas que se muestran beben de Saw y sus juegos sádicos. La única diferencia es que aquí las víctimas no tienen posibilidad de escapar con vida, están expuestas a la audiencia de internet. Es muy gracioso el mumbo jumbo informático, que como en esas películas cyberpunk de los ochenta y noventa, sólo es palabrería sin sentido y lenguaje confuso. Todo esto en un momento, 2008, en el que los llamados smartphones estaban por sustituir a nuestros teléfonos móviles. Es raro ver una ficción ambientada en la actualidad donde no se haga uso de internet y diversos dispositivos electrónicos, pero más raro es ver ficciones ambientadas en un pasado cercano que parece mucho más lejano por culpa de una tecnología obsoleta. Si los móviles con teclado y el Windows vista nos inspiran ternura y nostalgia, también lo hace la crítica social y poco sutil de la película: el asesino explota el gusto por el morbo de la gente para matar. Sus víctimas mueren literalmente por viralizarse. Cuantos más usuarios se conecten al directo, más rápido muere la víctima. En tiempos acelerados donde se denuncia el algoritmo y se reclama soberanía cognitiva, resulta inquietante ver el mundo que dibuja Rastro oculto.
Estética Y2K cuando era lo que había y no otra moda retro más
La película busca imprimir a la historia un tono realista, desde cómo se desarrolla la investigación hasta la vida personal de la protagonista. La película tiene esa fotografía gris y plomiza típica de los thrillers de la época, en la que sólo le falta escenas con lluvia para cumplir con todos los clichés. Hay mucho plano cerrado, mucha insistencia en mostrar pantallas, algo de cámara en mano y montajes en paralelo. También hay un exceso de drama muy de escuela de guion, colocándole a la protagonista una madre y una hija pequeña. Cuando a EEUU lleguen la sanidad pública y las políticas de conciliación se van a quedar sin temas de los que hablar.
Like a sly fake smile at the moment when it becomes real
Sweet baby, break the tie once the clock makes the day stand still
El bosque maldito (2006) es una película dirigida por Lucky McKee, con guion de David Ross y protagonizada por Agnes Bruckner. Aparecen en el reparto rostros conocidos como los de Bruce Campbell, Patricia Clarkson y Rachel Nichols. Sobre todo, hay mucha actriz joven que empezó a dejarse ver en series y películas a partir de los dos mil, como los casos de Bruckner y Nichols.
La película está ambientada en 1965 y narra la historia de Heather, una joven y problemática adolescente, que es enviada a un remoto internado femenino de Nueva Inglaterra. Allí, en ese internado rodeado por un bosque, comenzará a adentrarse en los secretos que ocultan la desaparición de varias de sus compañeras y su relación con la directora y el resto de profesoras.
La dirección de McKee es propia del estilo videoclipero de la época: cortes rápidos al compás de la música, uso de cámara lenta y una fotografía que se aleja bastante del realismo. Incluso en los planos generales que incluyen varias alumnas del internado parece que éstas están interpretando y repitiendo los gestos y movimientos de una coreografía. Junto con los rostros artificialmente iluminados, ciertos acabados brillantes y ese montaje rítmico, parece que estamos ante un videoclip de HIM o The 69 Eyes de la época. McKee también usa contrapicados para hacer parecer más grandes magnificar a algunos personajes en relación a la protagonista, siempre de apariencia pequeña y frágil.
Cuando la tutora te decía que quería hablar con tus padres
El bosque maldito puede recordar, en cuanto a la trama y la intención, a una reimaginación de la Suspiria de Argento. El internado femenino y un personal docente que usan la brujería para someter a las alumnas conforman esa especie de cuento de hadas moderno en el que McKee actualiza el lenguaje visual de Argento. Los primeros planos, la iluminación artificial, la banda sonora, partes de la fotografía, evocan al clásico de Argento. Pese al homenaje, lo de McKee se queda en intento, incapaz de superar la obra icónica de Argento.
La cosecha (2007) es una película dirigida por Stephen Hopkins y protagonizada por Hilary Swank. Como en el caso de El bosque maldito, en el reparto aparecen rostros conocidos de la época, como Idris Elba, Stephen Rea y la jovencísima AnnaSophia Robb. Esta película es buen ejemplo de la irregular trayectoria de Hilary Swank, que lejos de consolidarse tras ganar dos Oscar, acabó protagonizando proyectos menores. También sirve para constatar lo difícil que lo tienen las actrices para encontrar papeles donde sobresalir más allá de cierta edad. La carrera de Idris Elba también es una muestra de talento desperdiciado, aunque en este caso por otras razones. El éxito en The Wire le llevó al cine de Hollywood y a protagonizar su propia serie en la BBC, Luther, que a su vez le llevaron a desperdiciar su talento en el megacine comercial en la pasada década. Una pena.
La historia que narra La cosecha es propia de película de sobremesa de Antena 3 en los noventa, pero con más presupuesto. Swank interpreta el personaje de Katherine, una exmisionera cristiana que tras el asesinato de su marido e hija a manos de fanáticos religiosos en Sudán, ahora se dedica a desacreditar supuestos milagros alrededor del mundo encontrándoles una explicación científica. Así llegará a Heaven, un pequeño pueblo de Luisiana, para investigar lo que parecen ser las diez plagas bíblicas. Más allá de lo maniqueo y de la nula profundidad de la historia, La cosecha recupera el thriller sobrenatural y el terror religioso de finales de siglo. Pensemos en Stigmata (1999), El fin de los días (1999), La novena puerta (1999), La bendición (2000), Escalofrío (2001), El devorador de pecados (2003) o El exorcismo de Emily Rose (2005) que tan bien mezclaban elementos temáticos de El Exorcista (1973) y La semilla del diablo (1968) con el nuevo lenguaje visual que inauguró, en parte, Sev7n (1995).
¿Videoclip o película de cine? El ¿culo o codo? de los dos mil
Como en El bosque maldito, Hopkins dirige La cosecha con el estilo en boga de la época: mucho corte, montaje rítmico, fotografía de colores poco naturales, muchos flares, planos ultranítidos, la superposición de imágenes en la transición de escenas... Katherine está en el laboratorio analizando unas muestras y la escena parece un videoclip musical; o luces altas quemadas y color saturadísimo. Da igual el momento de la película que escojas, todo te lleva a lo mismo.
Cara de un joven almeriense al pasar más de tres horas delante de la pantalla del móvil viendo tiktoks
La película, que no funcionó mal en taquilla, recibió críticas atroces. En general, con bastante razón: reparto con un talento inmenso totalmente desaprovechado, abuso de un CGI que ha envejecido regular y un final que busca el impacto, muy a lo Shyamalan, pero que resulta en una chorrada absurda. Porque más allá del estilo visual y unos efectos digitales muy de esos años, la película naufraga por un guion disparatado que nunca termina de funcionar. Todo se queda a un nivel muy superficial, el debate entre religión y ciencia, el supuesto trauma de la protagonista y su camino en la recuperación de la fe perdida...
Vidas ajenas (2004) es una película dirigida por D.J. Caruso y protagonizada por Angelina Jolie e Ethan Hawke. La película, basada en una novela de Michael Pye, es un thriller como El coleccionista de huesos (1999), también protagonizado por Jolie. Desde mediados de los noventa hasta bien entrada la década de los dos mil hubo un intento de repetir el éxito de Fincher con Sev7n.
Illeana Scott, personaje interpretado por Jolie, es una agente del FBI que se desplaza a Montreal para ayudar a la policía del lugar a capturar a un peligroso asesino en serie. La particularidad de este asesino es que se dedica a robar la vida de sus víctimas, generalmente personas solitarias y con poco contacto social, al asumir su identidad durante un tiempo. Hasta que vuelve a matar.
En Vidas ajenas no existe un estilo visual tan marcado como en las otras dos películas. El montaje y la cantidad de cortes delatan a la película como un producto de su época, pero no hay demasiada personalidad en la dirección. Está presente esa estética industrial, fría y limpia, tan característica de la época. La mano de Caruso se nota en algunos primeros planos y en el desenfoque selectivo que usa en algunas escenas. Por lo demás, Vidas ajenas es el thriller genérico de la época.
Aunque estés pasando una mala racha, no te folles a un facha
De la película se puede destacar la banda sonora de Philip Glass. Entre medias, como era habitual desde los noventa, se cuelan canciones de bandas como U2, The Clash y Massive Attack. El giro final destinado a impactar en el espectador —hola Sev7n— no pasa ocurrencia chorras. Casi más destacado y de dejarte con la boca abierta es descubrir que la peli iba a ser dirigida por Tony Scott y protagonizada por Jennifer Lopez, que venía de intentarlo fuerte con películas como Anaconda (1997) y La celda (2000), pequeñas joyas del jórror. Desde luego, si me tengo que quedar con un thriller de la época escojo La celda, película a la que EM¿OQ? dedicó un episodio de su podcast hace unos meses.
¿Has pensado hacia dónde dar el primer paso
en caso de que huir fuera imprescindible?
¿Has calculado cuánto hay de pérdida en cada elección?
¿Te acuerdas alguna vez de la noticia que hizo que cambiaras de rumbo?
¿Alguna vez te has preguntado a dónde irá a parar todo ese tiempo que
se ha perdido para siempre?
El mismo fuego que te abrasó
fue el que te iluminó el camino a seguir
la básica ley del caminar, caer y volverse a levantar
la lucha del aprender o esa misma lucha como lección
La llegada de Ringu (1998) agitó y removió los cimientos de un género, el de terror, que andaba de capa caída en EEUU desde finales de los ochenta.Scream en 1996 y Ringu dos años después sacudieron el mercado y crearon tendencia: llegaron los slashers de adolescentes idiotas —otra vez— y el jhorror. Fue este último el que popularizó el cine japonés sacándolo del nicho en el que se encontraba. Battle Royale no es jhorror, pero si consecuencia directa de su influencia.
Battle Royale estuvo dirigida por uno de los más grandes, Kinji Fukusaku, famoso por sus películas de la yakuza. Además es director de otra película, esta sí de culo, Virus (1980). Battle Royale está basada en una serie de novelas escritas por Koushun Takami. Además contaría con la participación de Takeshi Kitano, famoso por estas tierras gracias a Humor Amarillo.
¿Y de qué va la vaina? Pues en un Japón distópico —más todavía, quicir—, con el paro descontrolado y una juventud rebelde y problemática, el gobierno decide que cada año una clase de instituto al azar se enfrente a la ley Battle Royale. Los jóvenes son secuestrados y trasladados a una isla deshabitada controlada por los militares. Allí se les proporciona una mochila con agua, comida, un mapa y un arma al azar, que pueden ser unos prismáticos o una metralleta. Lo del mapa es importante, porque la isla está dividida en zonas que activan el collar explosivo que les han colocado, de tal manera que si se encuentran en una zona roja, se detona la bomba del collar. El objetivo, como en Los inmortales, es que sólo puede quedar uno. Para ello tienen tres días de plazo para aniquilarse entre ellos; si al final del plazo de tres días queda más de uno, los collares explosivos acaban con todos los supervivientes. Vamos, que están más que motivados para jugar a Battle Royale.
Antes de comprarse un castillo, Takeshi empezó doblando camisetas en Battle Royale
Soltar a unos adolescentes en una isla desierta con armas y el objetivo de aniquilarse entre ellos, lleva a situaciones curiosas. Si os acordáis de vuestro viaje de fin de curso, es igual pero en versión japonesa. Está la pareja de enamorados que abrumados por la situación decide suicidarse; también la bully que se dedica a masacrar a sus compañeras; el grupo de colegas que permanece unido y trata de buscar una salida; por supuesto, no podría faltar la pareja protagonista. La película, que se va a las casi dos horas de metraje, no se corta en desarrollar estas situaciones al máximo posible. Y toca muchos temas, quizá demasiados. Está el obvio, el del autoritarismo y el conflicto generacional. También se puede entrever una lectura crítica con el sistema social japonés, de competir a muerte por un puesto de trabajo. En el caso de la película, es una lucha a muerte para poder formar parte de esa sociedad. Y aunque brevemente, porque no se desarrolla demasiado, está el cómo responden los jóvenes a la presión: unos se vuelven locos, otros competitivos, algunos cooperan para sobrevivir...
Si nos vamos a matar, al menos que nos lo explique una chica japonesa en un vídeo
Si en cuanto a temas Battle Royale toca varios palos, también lo hace en cuanto a forma. Se nota la mano de Fukusaku, casi de realismo sucio, con ese estilo documental de cámara en mano. Este realismo contrasta con la representación de la violencia, totalmente exagerada. Cosas como que a uno le corten el brazo y empiece a soltar chorrazos de sangre en plan aspersor. Es una manera contraintuitiva de rebajar la violencia: exagerándola hasta el extremo. El resultado es un slasher bastante sui generis, ambientado en un universo distópico del que tampoco se dan demasiadas explicaciones, y con un tono que se mueve entre el realismo y la sátira. Claro, cuando luego piensas que del otro lado del Atlántico nos llegaban cosas como Sé lo que hicisteis el último verano, se entiende que Battle Royale volara muchas cabezas.
El cambio de milenio trajo consigo el auge de las películas paródicas, como Scary Movie (2000) y de las comedias chorras. Películas como American Pie (1999), El diablo metió la mano (1999), Ali G anda suelto (2002) y esta Shaolin Soccer (2001), tienen en común el haber sido vistas en un piso de estudiantes mientras se beben y fuman cosas. O en la habitación de tu colega, en esa pantalla minúscula de tubo en la que se congregaba un pequeño corro que reía las chorradas de la peli turno.
Shaolin Soccer está dirigida por Stephen Chow, convertida en improbable éxito del cine de Hong Kong gracias a internet. Una mezcla de artes marciales con fútbol que da como resultado una comedia bastante disfrutable. Para ello fue muy importante el doblaje. Aunque criticado, la localización de los doblajes realizados en España lograron que películas bastante infumables, especialmente comedias, tuviesen gracia.
Sing es un joven obsesionado con divulgar y popularizar el kung fu en la sociedad moderna. Para ello se aliará con Fung, un entrenador y antiguo futbolista fracasado, para crear un equipo de fútbol que use las técnicas del kung fu para ganar partidos. La película tiene un tono y un mensaje más blanco que el de Battle Royale, pero tampoco es la chorrada que muchos piensan. Trata temas como la amistad y la familia frente a una sociedad moderna que sólo busca productividad y eficiencia. El kung fu es una vuelta a unos valores tradicionales de vida más pausados y menos competitivos.
La postura del loto gentrificado
Shaolin Soccer fue ver un capítulo de Oliver y Benji con actores reales. Si la serie de anime consiguió hacer atractivo para una generación un deporte tan aburrido como el fútbol, la mezcla de artes marciales, acción y comedia hizo de Shaolin Soccer la mejor película sobre ese deporte. Para ello contó con unos efectos digitales, que aunque han envejecido tirando a regular, en nuestras pantallas de tubo de catorce pulgadas daban el pego. Fue, como declaró Chow, una película con voluntad de llegar a los mercados internacionales.
Voy a comprar al Carrefour de Hong Kong
La tarrina de los cedés no pretende ser un ejercicio de nostalgia, aunque recuerde ver Battle Royale entre chupitos en una emisión nocturna de La 2 o Shaolin Soccer con la cuadrilla en un verano ya lejano. Más bien trato de recuperar películas vistas hace un par de décadas y darles un contexto, pero sin pretender revivir o idealizar el pasado. Cuando acumulas años, la mirada cambia, y es interesante mirar con esos ojos nuevos lo que en un momento dado pudo emocionarnos y hacernos reír. Battle Royale y Shaolin Soccer llegaron con aquel primer internet de finales de los noventa y principios de los dos mil. En Salamanca fue Retecal, que además de empresa de telefonía, también fue televisión por cable. Mira, puestos a añorar algo, añoro el tiempo en el que existían las cajas de ahorro y las empresas públicas de internet y televisión, donde lo público tenía cabida y los responsables eran eso, responsables.
Existen películas que son un parteaguas, hay un antes y un después de ellas. Pasó con Parque Jurásico (1993) y la revolución sobre los efectos digitales que desató. Uno de esos hijos de Parque Jurásico, la trilogía de El señor de los anillos (2001-03), volvió a desatar otra revolución similar. Una de esas películas que se quedó a medio camino fue Gladiador (2000); no llegó a aprovechar todo el potencial de los efectos digitales pero fue suficiente para marcar toda una época, devolviendo la popularidad a un género muerto y enterrado como el de espada y sandalia. Con esa película Ridley Scott puso de moda otra vez el peplum, así como suena. Combinado con la llegada de El señor de los anillos (2000) y el uso del CGI, pronto películas como Braveheart (1995) envejecieron décadas. Así llegaron a los cines El rey Arturo (2004), Troya (2004) y Alejandro Magno (2004). Y con ellas otra multitud de copias como La legión del águila (2011), Centurión (2010) o La última legión (2007), aunque en este caso bajo el influjo de otra película, la 300 (2006) de Zack Snyder.
Había que huir de la fantasía e intentar vender una película histórica, al menos en apariencia. El rey Arturo (2007) fue dirigida por Antoine Fuqua, escrita por David Franzoni —que venía de coescribir Gladiador— y estaba protagonizada por Clive Owen y la por entonces joven estrella, Keira Knightley.
La película, pese a contar con un presupuesto de 120 millones de dólares, se ve mucho más barata que Troya y Alejandro Magno, todas del mismo año. La primera contó con 185 millones de presupuesto, la segunda con 155. Son cantidades mayores, pero tampoco tan significativas para justificar lo pobre que se ve El rey Arturo. El diseño de producción no es muy allá, la fotografía tampoco luce bien, salvo, inexplicablemente, algunos primeros planos que parecen de otra película. Y tampoco hay un CGI exagerado. El rey Arturo parece una película rodada cuatro años antes, sin la influencia de El señor de los anillos. También sufrió de censura por parte de los directivos, que obligaron al director a eliminar la sangre y las escenas más violentas de la película para hacerla adecuada a una calificación PG-13. Chorradas como que la flecha que aparece clavada en la cabeza de un actor aparezca ahora clavada en el pecho. En eso se fue parte del presupuesto, no en mejorar lo que había sino en rehacerlo para que fuera apto para un público adolescente. Vas sumando cosas, y lo que debería de haber sido una película de aventuras sin más pretensiones, acabó recibiendo tan malas críticas que no acabó de funcionar muy bien en taquilla.
Daryl cazando zombis en The Walking Dead
Luego la película también tuvo sus fallos propios, no todo es culpa de unos malvados directivos y de un público analfabeto que no sabe lo que quiere. Sí, hay planos aéreos y mucha grúa al principio de la peli, que se nota que hay pasta, pero también hay un guion ridículo que intenta soplar y sorber a la vez. Quieren alejarse de la leyenda y acercarse a un supuesto personaje histórico real, pero Merlín es una especie de Saruman/Gandalf y Ginebra es representada como una Legolas femenina con arco. ¿En qué quedamos? Luego está esa problemática ideología británica: la invasión romana. Sucede lo mismo en España, que los fenicios vinieron a la península, luego los griegos, los romanos, los visigodos... pero lo de los musulmanes fue una invasión. En ese intento de hacer del rey Arturo un personaje histórico real lo acaban convirtiendo en un britón defensor de la libertad. Arturo es britón, ni invasor romano ni sajón. Le faltó hacer balconing en Mallorca.
Profesional, muy profesional
La película también ha tenido una vida posterior: no se ha convertido en un clásico de culto, ni mucho menos, pero ha dejado unos cuantos titulares. Keira Kightley denunció cómo se usó Photoshop para aumentarle los pechos en el póster oficial de la película. Cosas que sucedían hace poco más de dos décadas y que hoy nos parecen aberrantes. También está el bromance entre Hugh Dancy y Mads Mikkelsen que se anticipaba a Hannibal (2013), serie de la que serían protagonistas una década después. Y luego está el propio personaje que interpreta Mads Mikkelsen, Tristan, una suerte de Aragorn, del que no tengo pruebas pero tampoco dudas, que influyó en la creación del personaje de Daryl Dixon en The Walking Dead (2010). No hay que olvidar que Daryl no aparecía en los cómics. Tristan es un personaje así con pelo largo grasiento, mal afeitado, experto rastreador y en el tiro con arco... ¿nos suena de algo?
Troya (2004) está dirigida por Wolfgang Petersen, escrita por Daniel Benioff y protagonizada por Brad Pitt, acompañado de un reparto que incluyó grandes nombres como Eric Bana, Legolas Orlando Bloom y Brian Cox. Además, Sean Bean no muere en la película.
La película es como ver un accidente a cámara lenta. Accidente del que todo el mundo se desentiende y culpa a Petersen. Troya fue un proyecto que ruló por los estudios y fue ofrecido a varios directores, entre ellos Terry Gilliam y Christopher Nolan, hasta que aceptó el encargo Petersen. Algo bastante común, por otra parte. La película contó con unos 185 millones de presupuesto y recaudó casi 500, convirtiéndose en un éxito de taquilla, pero obtuvo tan malas críticas que Petersen salió escaldado. Un Petersen que venía de dirigir Air Force One (1997) con Harrison Ford y La tormenta perfecta (2000) con George Clooney, ambas éxitos de taquilla.
¿Qué lastró Troya? Porque la película tenía pasta y además luce de lujo. Así como El rey Arturo se ve barata, vacía, con decorados de cartón piedra y un diseño de producción algo pobre, Troya es todo lo contrario: mucho plano aéreo, batallas de grandes multitudes, escenarios realistas, peleas bien coreografiadas... La película falla en ser la nada más insulsa. Aquí los directivos volvieron a meter mano eliminando todo rastro de violencia y sexo, además de convertir a Aquiles en un personaje de videojuego y obviar su relación con Patroclo, porque cómo va a ser gay si lo interpreta Brad Pitt. Los palos de la crítica que se llevó la peli no gustaron a algunos miembros del reparto, como Brad Pitt, que la tachó de comercial, o Peter O'Toole, que se queja de salir poco, culpando a Petersen. Luego está Orlando Bloom, que es tonto y debería de dar gracias, con lo malísimo actor que es.
Brad Pitt imitando a Enrique Bunbury en el gesto de morderse los carrillos para parecer intenso
La película cae del lado de la épica de El señor de los anillos, con héroes peleando en grandes batallas. Y la verdad es que Petersen consigue algo bien difícil, como que luzcan bien esos héroes y esas batallas a plena luz del día. Hay un trabajo importante en fotografía para recrear esa luz mediterránea. También anda por ahí metido Nigel Phelps en diseño de producción. Phelps, nombre no muy conocido, es el responsable del diseño de la Gotham de Tim Burton, por ejemplo. Las armaduras y las armas, cómo brillan y cómo lucen, son responsabilidad suya. El diseño de vestuario es cosa de Bob Ringwood, también responsable del vestuario en la Batman de Burton, además de participar en Excalibur (1981) y Dune (1984). Por eso la película se ve tan bien.
El desembarco de Normandía
Me parece injusto que cuando las críticas son malas se atice al director, como Brad Pitt diciendo «Bueno, yo sólo pasaba por aquí». Pero eso tampoco significa que Petersen, el director, no tenga responsabilidad en esas críticas. La decisión de condensar diez años de guerra en unos días es cosa suya, porque poner un cartelito que diga al espectador «2 años después en Troya» consideraba que le iba a despistar. Así que si la película es un cascarón vacío, tampoco es culpa sólo de unos directivos imbéciles.
Como película forma parte de una época, la inaugurada por la caída de las Torres Gemelas en 2001. El rey Arturo hablaba de invasiones y libertad. Troya va por el sentido contrario: una denuncia de la guerra, con el rey Agamenón representado como un rey déspota y con Aquiles como guerrero egoísta casi hasta el final. Por boca de Petersen, el presidente Bush es Agamenón y Troya el horror de la guerra de Irak. El problema es que lo visual, ese atractivo diseño de producción, se come el mensaje. El imperialismo, el sufrimiento, el horror, el uso de la fuerza para resolver conflictos... todo está en la película, pero te acabas fijando más en cómo brillan las armaduras.
Alejandro Magno (2004) está escrita y dirigida por Oliver Stone, en colaboración con Christopher Kyle y Laeta Kalogridis, y cuenta con un reparto de grandes nombres encabezado por Colin Farrell, Val Kilmer, Angelina Jolie, Anthony Hopkins y Jared Leto. Si El rey Arturo y Troya son un aprovechar la moda del momento por parte de los estudios de Hollywood, Alejandro Magno es una obra de autor. La visión personal de Oliver Stone, tan fascinado desde siempre por el poder y los grandes nombres.
En Troya Petersen no quería que el espectador se perdiera o se distrajera, por eso condensó la acción de la guerra de Troya en unos días. Oliver Stone es más de «sujétame ese cubata». La película es un constante ir y venir a través de la biografía de Alejandro: ahora te cuenta un episodio de la infancia, luego la batalla de Gaugamela, luego vuelve a la adolescencia, y así toda la película. Y funciona. Ni te acabas perdiendo ni te distraes; o igual sí te pierdes un poco, porque la película fue un fracaso de taquilla, siendo uno de los filmes de Stone en los que el estudio acabó perdiendo dinero. Las críticas se merendaron la película a cuenta de la narrativa fragmentada y de los monólogos grandilocuentes que salpican toda la película. Como El rey Arturo y Troya ha tenido distintas versiones y montajes, pero la diferencia es que en Alejandro Magno no hubo imposiciones del estudio en cuanto a sexo y violencia. Hay violencia, sexo y Alejandro es retratado tanto con hombres como con mujeres. Los distintos montajes se deben a esa visión autoral de Stone, en busca de una mayor fluidez en la narración. Así que minipunto para Stone en este apartado.
La película trata de ser rigurosa históricamente, y aunque cuenta con un apartado visual apabullante, este pasa a un segundo plano con Stone centrándose más en el desarrollo psicológico de los personajes. Porque aquí los personajes son más que un NPC, una cáscara vacía; los personajes tienen vida propia. Alejandro está caracterizado como líder ambicioso, egoísta muchas veces, mesiánico y manipulador en su relación con sus compañeros. Quizás es en lo que falla la película, en combinar estos dos elementos, la épica de lo narrado y la psicología de los personajes. Porque Oliver Stone es un puto loco. Vista en versión original, la parte del reparto que interpreta personajes macedonios usa un acento entre irlandés y raruno, en contraste con los personajes griegos, con acento británico estándar. Se supone que quería recrear a los macedonios como pueblo semibárbaro. Luego está Angelina Jolie, que dice que intentaba imitar el acento albanés. Claro que sí, cariño.
Alejandro Magno también tiene algo que decir de su época. Alejandro dirige sus ejércitos hacia Asia para conquistar Persia, como EEUU lo hace para invadir Irak y Afganistán. Alejandro lleva el helenismo a Asia, EEUU la democracia. A diferencia del 300 de Zack Snyder, el otro no aparece retratado como monstruo. Aunque en descargo de Snyder hay que decir que esa visión del oriental como inhumano ya estaba en el cómic de Frank Miller. No deja de ser curiosa la perspectiva que te da el tiempo para analizar el pasado.
En unos años vais a hacer burpees, a daros duchas frías y a tradear con criptomonedas
A pesar de llamar a esta entrada «La tarrina de los cedés» y de tener copia piratilla de las tres películas, llegué a ver Troya y Alejandro Magno en el cine. De esa época en la que ibas al cine sin saber qué ver y lo decidías momentos antes de comprar las entradas. El cine de Antoine Fuquanunca me ha interesado, siendo como es el director de confianza de Denzel Washington, señor que me da bastante pereza —aunque camine mejor que nadie, como bien señala Joaquín Reyes—. Por contra, el cine de Wolfgang Petersen sí me ha interesado más: ha dirigido una de mis pelis de culto favoritas de los ochenta, Enemigo mío (1985). Y luego está Oliver Stone, responsable de The Doors (1991), película para adolescentes flipaos que tocan en una banda de rock. Sí, llegué a saberme todos los diálogos de la película de memoria.
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