Stigmata (1999) es una película dirigida por el británico Rupert Wainwright y protagonizada por Gabriel Byrne y Patricia Arquette. Aprovechando el fin del milenio en el mundo cristiano occidental, surgieron muchas películas con este tipo de argumento mileniarista de fin del mundo, satanás y chorradas varias. Stigmata, junto a El fin de los días, es una de las más destacadas. Como curiosidad, Byrne aparece en las dos, aquí como protagonista, en la otra como secundario.


Wainwright, para sorpresa de nadie, viene del mundo del videoclip. Eso se nota y mucho en su manera de dirigir, con mucho corte y una velocidad espídica. Pero también tiene cosas chulas, que si no de autor, sí sorprenden un poco, como un plano desde dentro de un microondas. A veces se saca unas composiciones de plano muy originales, como el de Patricia Arquette en la bañera o esta del microondas que he comentado antes. Gran parte de la trama se desarrolla en Nueva York, que comparte con Sev7n (1995) el gusto por la lluvia, confiriéndole a la película un toque industrial y decadente, con una fotografía virada al azul. El problema de Wainwright es un guion que no acompaña.


El típico baño de una peluquera en Nueva York que es más grande que tu casa de Albacete

La trama gira alrededor de posesiones, conspiraciones vaticanas y el conflicto entre fe y razón. Hasta cierto punto, anticipa lo que sería El código Da Vinci y obras similares. Byrne interpreta el papel de un sacerdote católico con formación científica encargado de investigar supuestos milagros alrededor del mundo. Así conocerá al personaje interpretado por Arquette, una joven atea de Nueva York que sufre los estigmas de Cristo. El guion es muy torpe, con mucho diálogo explicativo —tan común en nuestros días— que rompe el ritmo de la película. Con una duración de poco más de 100 minutos, la película se hace larga. La interpretación de Arquette demuestra lo buen director que era David Lynch, capaz de sacar lo mejor de repartos mediocres. Aquí su interpretación está flojita.


El fin de los días (1999), dirigida por Peter Hyams y protagonizada por Schwarzenegger, fue uno de los blockbusters de su año. Con casi cien millones de presupuesto, triplicando el de Stigmata. El fin de los días es una buena muestra del cine comercial estadounidense de finales del siglo: no han pasado quince minutos y ya tienes explosiones, tiroteos y una persecución en helicóptero que acaba en los túneles de metro de Nueva York.

Hyams, que ya se ha pasado reciéntemente por el blog con Capricornio Uno (1978), se acerca también a Sev7n: no llueve en la película, pero sí tiene unos grises humedos en una ciudad sucia llena de humo y vapores. También comparte con la película de Fincher una fotografía contrastada, de negros profundos, aunque mucho más subexpuesta. Es curioso que pese a tratarse de un thriller de acción sobrenatural, con sus persecuciones y explosiones varias, la realización sea más sobria, casi clásica, comparada con el estilo videoclipero de Wainwright  en Stigmata. El problema de Hyams, como el de Wainwright, es el de tener un guion que es una chorrada. 


Luz, fuego, destrucción...

Schwarzenegger interpreta el papel de un expolicía, Jericho Cane, que después de perder a su mujer y a su hija, trabaja en el sector de la seguridad privada. En este trabajo se cruzará con el demonio, personaje interpretado por Byrne, que busca a una mujer para engendrar el anticristo y desatar el apocalipsis. A partir de ahí, Cane se verá envuelto en una trama sobrenatural en la que su objetivo será proteger a esa mujer del demonio y del Vaticano y detener el apocalipsis. Aquí la parte de la conspiración es más secundaria que en Stigmata, centrándose la trama en la acción. 


El mejor fin de siglo en la gran pantalla sigue siendo el de Días extraños. Al menos ahí el milenarismo —va a llegaaaar— se lo ahorraron, dejándonos sólo con el cyberpunk. Mención de honor a The Omega Code (1999), dirigida por Robert Macarelli y protagonizada por Casper Van Dien. La película también se adentraba en este mundillo de las conspiraciones, misterios y pánico al cambio de milenio, pero lo hacía desde la propaganda evangélica —no hubo estudio detrás, sólo un grupo de televisión evangélico—. Tremenda bizarrada. Aunque con todo lo que vino después, ya no parece tan risible ese miedo al cambio de milenio, ¿no? Otra que se queda fuera es Resurrección (1999), dirigida por Mulcahy —sólo puede quedar uno— y protagonizada por Christopher Lambert, que era más copia de Sev7n que otra cosa, un poco como Fallen (1998) y El coleccionista de huesos (1999), protagonizadas por Denzel Washington.


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