Manuel Mujica Láinez (1910-84) fue un escritor argentino hijo de familia aristocrática. Para los que gustamos del fantástico, Mujica Láinez escribió unas cuantas novelas en las que mezcla Historia y fantasía. El unicornio (1965) es una de esas novelas. Ambientada en el siglo XII, narra la historia de la hada Melusina y de su amor por uno de sus descendientes, el joven Aoil. Melusina de Lusignan, hada enamoradiza, es la protagonista absoluta de esta novela que tiene como telón de fondo la Francia medieval y las cruzadas.

Mujica Láinez utiliza un lenguaje cuasi modernista, al que se puede tildar de manierista. Una cadena de oraciones subordinadas sin fin, una prosa florida y rica en adjetivos, un estilo deliberadamente arcaico... No es fácil entrar de primeras en la novela, la prosa de Mujica Láinez te pasa por encima. Las frases culebrean por el laberinto que es la novela, abrumando y fascinando a partes iguales.

Mujica Láinez demuestra un conocimiento alto en historia y literatura medievales. No en vano se educó entre Argentina, Reino Unido y Francia. Cita unas cuantas veces a lo largo de la novela las obras de Chrétien de Troyes, Marie de France y Béroul. Entre cómo se enseña la literatura en el sistema educativo español y lo poco atractiva que es en ese periodo, solemos desdeñar la Edad Media pensando que todo son poemas épicos. La literatura medieval tiene obras muy interesantes de leer, no sólo como curiosidad histórica, sino por la capacidad de entretener que todavía suscitan. El unicornio recrea no la Edad Media, sino la idea de Edad Media que emana de la obra de los anteriormente citados Chrétien de Troyes, Marie de France y Béroul.

El escarabajo (1982) es, quizá, la obra más redonda y conocida de su autor, publicada unos años antes de morir este. Se trata de otra novela histórica, como El unicornio, pero alejada de los clichés del género. Narra la historia de un escarabajo de lapislázuli, regalo de Ramsés II a su esposa favorita, Nefertari, que dotado de vida y conciencia gracias a un hechizo del hermano pequeño del monarca, pasa de dueño en dueño a través de los milenios. Primero engarzado en un brazalete, luego decorando un anillo, es testigo de distintas épocas y acontecimientos históricos, aunque el escarabajo también sufre vicisitudes como un naufragio, que lo arrojan al fondo del mar, o varios enterramientos en los que acompaña a su dueño a la tumba. 

La originalidad de la obra es la de crear este narrador no-humano, el escarabajo de lapislázuli. Esa voz narrativa, que en cierta medida crece, se desarrolla y se hace adulta a lo largo de la obra, es la que observa, reflexiona y transmite sus pensamientos y experiencias al lector. Su historia transcurre desde el Egipto de los faraones, la Atenas clásica y la Roma de Julio César hasta Roncesvalles, la mítica Avalón, la Venecia de los Polo, la Roma renacentista y la actualidad contemporánea, entre otros, en un viaje que podemos describir como circular. Es el propio Mujica Láinez, último dueño del escarabajo, el encargado de poner por escrito su accidentada vida.

La prosa de Mujica Láinez en El escarabajo es similar a la que usó en El unicornio, a pesar de las casi dos décadas que separan la publicación de los dos libros. Un lenguaje rico, prolijo, casi tan detallista como abrumador, que culebrea como un ouroboros por todo el libro, con una fina ironía que talla una sonrisa en el lector. Sin embargo, no es sólo el estilo, la manera de narrar lo que une estas dos obras, es también el vitalismo y el optimismo, las ganas de vivir que transmite Mujica Láinez. Un autor que como el escarabajo de lapislázuli vive, y lo hace porque como este, pasa de mano en mano, de un lector a otro, trasladando un mensaje cada vez más necesario: el del triunfo de la belleza sobre el caos y lo efímero de la vida. Como en este aforismo de los antiguos navegantes portugueses reformulado por Pessoa, «vivir no es necesario, lo que es necesario es crear».

Mujica Láinez, Manuel (1965). El unicornio. Seix Barral.
Mujica Láinez, Manuel (1982). El escarabajo. Plaza y Janés.