Nueva Ficción Extraña Latinoamericana IV: 'La tercera aberración' y 'El buen mal' [ARGENTINA]
La tercera aberración es una novela de la argentina Flor Canosa. Después de Pulpa y La segunda lengua materna, en las que se adentraba en esa región del raro habitada por Juan Mattio, Ricardo Romero, Robi Chuit o Michel Nieva, con La tercera aberración se aproxima al neogótico practicado por Mariana Enriquez y Samanta Schweblin. La novela fue publicada en 2025 por Fondo de Cultura Económica Argentina, una editorial subsidiaria del grupo editorial dependiente del Estado Mexicano, fundado hace casi cien años. Que los estados financien editoriales sin ánimo de lucro para crear y difundir obras culturales parece cosa de otro mundo.
Circula la tesis de que ante un trauma colectivo, la primera manera de trabajar ese material es a través de lo testimonial, de la crónica documental, que luego pasa a elaborarse desde la ficción por medio del realismo, para finalmente, pasado el tiempo, formularse desde los géneros no miméticos de la literatura. Este recorrido es el que parece seguir la literatura argentina en los textos sobre la última dictadura: desde Nuestra parte de noche y Para hechizar a un cazador, pasando por Materiales para una pesadilla y Nación vacuna, reelaboran ese trauma desde el terror y la ciencia ficción. La tercera aberración de Flor Canosa se suma a lo que ya podríamos denominar como tradición. Lo más cercano en España es Carcoma de Layla Martínez, pero no deja de ser un texto aislado rodeado por corpus literario realista que, como mucho, admite ciertos toques de eso que el mundo editorial llama «realismo mágico». En 2026 la manera de leer y escribir en España sigue siendo la de hace cincuenta años.
En La tercera aberración Flor Canosa narra la historia de una familia que vive en una casa de geografía no euclidiana: cada quince años su interior sufre una transformación. Ambientada en 1978, en plena dictadura argentina, la casa no sólo es el hogar de la familia protagonista, también es su medio de sustento. Convertida en hotel, la familia ya ha vivido dos transformaciones de la casa, que han dejado traumas como la desaparición de una de sus hijas, Afrodita, devorada por la casa. El hotel está regentado por el matrimonio formado por Nuria y Víctor. Junto a ellos, sus hijos —Diana, Minerva y Apolo— y el misterioso gato negro Cronos componen esta extraña familia. Cada uno de los miembros de la familia tiene una característica que los hace especiales: desde la prosopagnosia de y capacidad olfativa de Diana hasta la conexión física de Minerva con la casa. Dentro de la tradición gótica de casas encantadas se puede distinguir entre dos formas de abordar esta ficción: la casa como protagonista o los personajes. La tercera aberración pertenece a esta segunda clase, donde lo importante son los personajes. La casa funciona como símbolo: los cambios que se producen en su interior, la reubicación de esos espacios, son una alegoría de las crisis que viene sufriendo la Argentina desde la última dictadura militar. Las mutaciones y transformaciones de la casa nunca tienen explicación, no se sabe por qué suceden y es imposible darles un sentido, sólo adaptarse a ellas lo mejor posible. La dictadura aparece representada de una manera literal en la casa vecina, que se utiliza como centro de tortura, en Juan, el novio desaparecido de Minerva, y en Sergio, un joven homosexual de buena familia que llega al hotel huyendo de su padre. En un nivel simbólico es la propia casa, algo que debería ser acogedor, la que hace la función de representación de la dictadura. Una casa habitada por una familia que, como el país, vive atravesada por silencios y traumas, condenada a repetir la historia de manera cíclica, sin capacidad de romper ese loop.
En La tercera aberración Flor Canosa narra la historia de una familia que vive en una casa de geografía no euclidiana: cada quince años su interior sufre una transformación. Ambientada en 1978, en plena dictadura argentina, la casa no sólo es el hogar de la familia protagonista, también es su medio de sustento. Convertida en hotel, la familia ya ha vivido dos transformaciones de la casa, que han dejado traumas como la desaparición de una de sus hijas, Afrodita, devorada por la casa. El hotel está regentado por el matrimonio formado por Nuria y Víctor. Junto a ellos, sus hijos —Diana, Minerva y Apolo— y el misterioso gato negro Cronos componen esta extraña familia. Cada uno de los miembros de la familia tiene una característica que los hace especiales: desde la prosopagnosia de y capacidad olfativa de Diana hasta la conexión física de Minerva con la casa. Dentro de la tradición gótica de casas encantadas se puede distinguir entre dos formas de abordar esta ficción: la casa como protagonista o los personajes. La tercera aberración pertenece a esta segunda clase, donde lo importante son los personajes. La casa funciona como símbolo: los cambios que se producen en su interior, la reubicación de esos espacios, son una alegoría de las crisis que viene sufriendo la Argentina desde la última dictadura militar. Las mutaciones y transformaciones de la casa nunca tienen explicación, no se sabe por qué suceden y es imposible darles un sentido, sólo adaptarse a ellas lo mejor posible. La dictadura aparece representada de una manera literal en la casa vecina, que se utiliza como centro de tortura, en Juan, el novio desaparecido de Minerva, y en Sergio, un joven homosexual de buena familia que llega al hotel huyendo de su padre. En un nivel simbólico es la propia casa, algo que debería ser acogedor, la que hace la función de representación de la dictadura. Una casa habitada por una familia que, como el país, vive atravesada por silencios y traumas, condenada a repetir la historia de manera cíclica, sin capacidad de romper ese loop.
A nivel formal destaca la labor de montaje, casi cinematográfico, llevado a cabo por Flor Canosa. La realidad está fragmentada por distintos puntos de vista y su ensamblaje dentro de la narración está lleno de cortes, saltos y elipsis. También existe un adentro y un afuera: tenemos las voces de los miembros de la familia y algunos huéspedes, pero también está la de un recién llegado a la casa como Sergio. Esta polifonía sirve tanto para fragmentar la realidad como para relativizar una idea de verdad y de memoria. La casa reubicando su espacio interior y cambiando las reglas de juego impide construir un relato lineal y que dé sentido, al igual que las sucesivas crisis argentinas imposibilitan armar cualquier idea de memoria histórica colectiva.
La tercera aberración es una novela abierta a interpretaciones, que funciona tanto como novela de terror como novela de dictadura. Será el lector el que decida qué lectura hacer, si una, otra o las dos; u otra completamente diferente.
El buen mal es un libro de relatos publicado por Samanta Schweblin. Publicado en 2025, se trata del cuarto libro de relatos de la autora. Si la comparamos con la otra cara —exitosa— de la moneda, Mariana Enriquez, estos cuatro libros de relatos y dos novelas se hacen material escaso para una carrera que empezó en el ya lejano 2002. La obra de Schweblin habita, quizás por su éxito temprano, en los terrenos de un gótico y una ciencia ficción menos extraños, más reconocibles en cuanto a la forma. Esto no es ni bueno ni malo, simplemente habría que tenerlo en cuenta si queremos armar un mapa literario.
Bioy Casares decía, hacie el final de su vida, que un escritor trata un abanico reducido de temas y obsesiones. Algo así se puede observar en El buen mal, donde Schweblin vuelve sobre esa idea de la familia como el espacio donde se generan y heredan muchos de los traumas que padecemos. Las relaciones y los vínculos familiares son, aunque muchas veces de manera involuntaria, siempre esconden alguna forma de violencia. El libro, que consta de seis relatos, abre con Bienvenida a la comunidad, que narra la historia de una suicida que fracasa en su intento y tiene que volver a casa a cuidar de su marido y sus hijas. El ojo en la garganta es, sino el mejor, sí uno de los mejores relatos que ha escrito Schweblin en su carrera. En él narra la historia de un accidente doméstico donde el protagonista, entonces un niño de dos años, se traga una pila cuyo contenido quema sus cuerdas vocales y le deja sin habla. La culpa, el silencio y el constante recordatorio del accidente que es la traqueotomía a la que es sometido, acaba con la relación de pareja de sus padres y con los vínculos filiales y paternales. Es su propio cuerpo, dañado después del accidente, un recordatorio de los errores de los adultos. Esta vuelta a los traumas de la infancia también se puede observar en Un animal fabuloso y La mujer de Atlántida.
Los relatos de El buen mal están narrados en primera persona en un estilo directo y con pocos adornos. Este minimalismo carveriano lleno de elipsis sustenta la tensión entre lo no dicho y esa región de lo extraño que tanto le gusta a Schweblin. Lo raro, tomando a Fisher, es esa presencia que no debería de existir. En Bienvenida al agua, la protagonista y narradora huele a carne putrefacta y mar, tal como debería de oler su cuerpo de no haber fallado en su intento de suicidio. El ojo en la garganta es otro caso de narrador sometido a extrañamiento, ya que careciendo de voz es el que narra la historia. Además lo hace como observador, ya que el conflicto dramático del relato está en el distanciamiento emocional del padre después del accidente del hijo.
Aunque El buen mal no sea el mejor libro de Samanta Schweblin, demuestra que sigue sabiendo cómo generar atmósferas turbias. Ya sea por el extrañamiento de los vínculos familiares, del entorno o de elementos que no deberían de estar ahí pero que sin embargo están presentes, Schweblin rompe el orden simbólico de la realidad. Como en el caso de Lisa Tuttle, lo cotidiano es donde habitan las pesadillas.
Canosa, Flor (2025). La tercera aberración. Fondo de Cultura Económica Argentina.
Schweblin, Samanta (2025). El buen mal. Seix Barral.
Canosa, Flor (2025). La tercera aberración. Fondo de Cultura Económica Argentina.
Schweblin, Samanta (2025). El buen mal. Seix Barral.






28 de mayo de 2026 a las 13:22
Conozco a los gatos lo suficiente como para sospechar que Cronos sabe algo de esa casa, y que, o bien no se molesta en comunicarlo a sus habitantes, o bien le importa un pepino mientras él tenga sus croquetas XD.
En la ficción argentina había ido notando como las aproximaciones a la historia reciente ya habían variado, pasando del realismo a una aproximación que lo era menos, o directamente, reinterpretada desde el fantástico. Algo que en España parece que nunca hemos conseguido alcanzar salvo aproximaciones esporádicas como Malnazidos o muy de nicho (como un libro, que leí hace porrón de años, y era una historia de almas en pena ambientada en el 37). La norma parece ser que tenemos que seguir narrando desde el realismo y quizá esa perdida de la capacidad de enfocarlo desde lo fantástico....una norma no escrita que parece convertir nuestro trasfondo histórico en algo fijo y derivativo.
La presencia del trauma familiar y las relaciones disfuncionales también están muy presentes tanto en Enriquez como en Schweblin..no sé si es algo propio de su temática, o que, por mucho que digan, la generación X no salió tampoco muy bien parada, no XD.
28 de mayo de 2026 a las 15:11
Por cómo describe al gato Flor Canosa, cero dudas de que ese gato sabe algo y de que Flor es la compañera humana de uno o varios michinos.
Contar con Cortázar y sobre todo Borges ayuda a elaborar una tradición literaria desde el fantástico. En España no existen referentes así. El fantástico que vende y que se lee es el de 50 sombras de Grey con vampiros, hombres lobo y elfos. La verdad es que es una pena que lo más que se acerque la literatura española al fantástico sea a través de un realismo mágico descafeinado, como hace el tonto la boina de Uclés. Hay cosas esporádicas, como dices, y poco más. A mí de últimas y comparable a lo que se escribe en latinoamérica sólo se me ocurre 'carcoma' de Layla Martínez.
Para ser argentinas, la Enriquez y Schweblin poco han ido al psicoanalista a que les curen los traumas familiares xD