Crímenes reales (2023) es una novela de terror escrita por Samantha Kolesnik. Otra vez más, gracias al buen ojo de las mujeres de La Biblioteca de Carfax, hemos podido disfrutar de esta obra en castellano. Es casi inevitable entrar en el salseo para hablar de Kalesnik. La autora, también guionista, directora y productora de cine, se ha retirado de la escritura después de que el que fuera su marido fuera condenado el año pasado por asesinar y desmembrar a su esposa anterior. Escribir lo que escribe y que te toque vivir una situación así tiene que ser complicado.
La novela narra en primera persona la historia de una adolescente, Suzy, víctima de abusos y violencia desde que era una niña por parte de su madre y otros adultos. Cuando un día asesina a su madre, huye junto a su hermano mayor Lim sembrando cadáveres a su paso.
La primera parte de la novela es una road movie, un poco a lo Truman Capote en A sangre fría. Suzy huye junto a Lim hasta que son atrapados por la policía. Él es acusado de todos los asesinatos que cometieron, mientras que ella es enviada a una familia de acogida. La segunda mitad de la novela es un reflexión sobre el mal: ¿un monstruo nace o se hace? ¿Tiene remedio una persona como Suzy después de todos los abusos que ha sufrido? Es una obviedad: ser víctima no te hace mejor persona. Kolesnik parte de esta perogrullada para planter(nos) el origen del mal. Como llega a decir un personaje de la novela, existen los constructores y los destructores.
Crímenes reales tiene un estilo directo, casi minimalista, que te golpea. Frases cortas para narrar una historia repleta de violencia, presentada de la manera más cruda posible. Se la ha comparado con Jack Ketchum y su La chica de al lado. Allí era un testigo el que narraba la violencia que se ejercía contra una adolescente. En Crímenes reales la violencia se narra en primera persona. En ese sentido y por su crudeza creo que se asemeja más a El fin de Alice de A. M. Homes. De manera más tangencial también se la puede relacionar con El elixir negro de Elizabeth Engstrom: una adolescente víctima de abusos que se convierte en victimario en un frenesí de violencia.
La creación de Gabriel Davenport es una novela de fantasía urbana escrita por la británica Beverley Lee. Si con Crímenes reales La Biblioteca de Carfax estuvo rápida, con la novela de Lee fue casi algo inmediato: publicada en inglés en 2016 y traducida al castellano en 2017. El libro forma parte de lo que hasta día de hoy es una trilogía, aunque las otras dos novelas todavía no han sido traducidas a nuestro idioma.
La novela narra la historia del protagonista, Gabriel Davenport, un adolescente de quince años que vive en una mansión bastante particular. Siendo bebé, sus padres Beth y Stu se mudan a una casita en mitad de la campiña inglesa. Allí un antiguo demonio matará a Stu y atacará a Beth para poder poseer a Gabriel, que es sólo un recién nacido. Gracias a la intervención de Noah, un sacerdote que pasaba por allí, Beth y Gabriel sobreviven. Desde entonces viven en una mansión cuyo dueño se dedica a rescatar menores con poderes paranormales del sistema. El demonio que les atacó hace quince años volverá a por Gabriel, que contará con la ayuda inesperada de unos vampiros.
El estilo de Lee es bastante sencillo, casi podría decirse que juvenil: abundan las descripciones innecesarias y los diálogos. Quizás ahí se genera una gran discrepancia entre expectativas y realidad: de fantasía oscura con toques de terror tiene poco. Casi funciona más como melodrama que como novela de fantasía. Además es bastante maniquea. Curioso cuando en la novela es la propia autora la que describe la vida de Gabriel como un verdadero drama, contraponiéndolo al universo Harry Potter, según ella más infantil. Y esto no hay por donde cogerlo. La novela es la típica en la que el protagonista es «el elegido» y todo se acaba reduciendo a una lucha entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal. Incluso el villano, el demonio, es bastante humano y poco aterrador.
La creación de Gabriel Davenport es un libro de lectura ágil —faltaría más— que te lo ventilas en dos tardes. Si has leído otros libros de La Biblioteca de Carfax y conoces su catálogo puede no ser lo que esperas. A mí es un libro que me ha cogido bastante desprevenido. Además, forma parte de una trilogía. Esto quiere decir que se toma su tiempo para colocar todas las piezas de la trama y que el cierre de la novela es más un principio que un fin. A lo mejor las secuelas son más interesantes, pero esta primera entrega sobre el origen del protagonista me ha parecido bastante del montón.
Kolasnik, Samantha (2023). Crímenes reales. La Biblioteca de Carfax. Lee, Beverley (2017). La creación de Gabriel Davenport. La Biblioteca de Carfax.
Gideon Falls es un cómic creado por Jeff Lemire y Andrea Sorrentino. Por temática, entra dentro del terror, aunque tiene tintes de thriller sobrenatural de los noventa. Lo del terror en el cómic, sobre todo occidental, es todo un tema. En el caso de Gideon Falls sí se puede decir que se ajusta a ese género.
La serie se publicó entre 2018 y 2020 a lo largo de veintisiete números a cargo de Image Comics. Astiberri ha sido la encargada de publicar la obra en castellano en seis tomos. Sorrentino, el dibujante, es uno de los culpables de esa tendencia en el cómic actual a romper con la cuadrícula tradicional de las viñetas. Para Sorrentino, la página es un todo en la que caben todo tipo de formas. Esto es importante si contemplas leer el cómic en tableta o libro electrónico. En lo narrativo, Lemire es bastante posmoderno. Gideon Falls consta al principio de varias narraciones en paralelo, con la analepsis como recurso para narrar el pasado de los protagonistas.
Gideon Falls comienza como un misterio sobrenatural con un toque costumbrista. Pensemos en el primer Stephen King y esas descripciones suyas de pequeñas localidades y pueblos que tan bien conocía. El pequeño pueblo de Gideon Falls es el epicentro de sucesos extraordinarios relacionados con la aparición de un misterioso granero. Crímenes, desapariciones y locura se desatan cuando aparece este granero. Esta primera parte del cómic es la más interesante, con esos toques Twin Peaks y la presentación de algunos habitantes de Gideon Falls. Por no destripar la trama, diré que luego la historia tiende más hacia el thriller de conspiraciones, la ciencia ficción y el horror cósmico. Un batiburrillo que no siempre es igual de interesante.
Paper Girls es un cómic de ciencia ficción creado y escrito por rian K. Vaughan. La serie consta de treinta números que fueron publicados por Image Comics entre 2015 y 2018. En España la publicación ha corrido a cargo de Planeta. También tuvo una adaptación en forma de serie de televisión de la mano de Amazon.
Stranger Things se estrenó en el verano de 2016, un año de Paper Girls. Digo esto porque la trama comienza en 1988. Como decía Mark Fisher cuando aludía a "la lenta cancelación del futuro", la incapacidad de imaginar un futuro nos lleva a reciclar modas pasadas, que se convierten en fantasmas que habitan nuestro presente de una manera cíclica. Incapaces de crear nuevas formas culturales, sólo queda la nostalgia por las formas pasadas. Paper Girls no pegó un pelotazo como la primera temporada de Stranger Things pero es el resultado de la nostalgia, que entonces ya era palbable y hoy es asfixiante.
Paper Girls es la historia de cuatro chicas de 12 años que trabajan como repartidoras de periódicos. Es el año 1988 y KJ, Tiffany, Mac y Erin se ven arrastradas a una guerra entre dos facciones de viajeros en el tiempo. No sólo hay paradojas temporales, sino también clones y un montón de viajes en el tiempo. Los temas que trata son la pérdida de la inocencia —ese hacerse mayor y entrar en la vida adulta—, el conflicto generacional, la idea de predestinación y libre albedrío, la identidad y la propia sexualidad. Y aunque no idealiza los ochenta como Stranger Things —se presentan como homófobos, racistas, machistas, peligrosos en general—, no deja de escogerlos como punto de partida. Los futuros que se imagina tampoco son mucho mejores, más allá de una distorsión del presente.
En Gideon Falls el tiempo es circular mientras que en Paper Girls el tiempo es lineal, pero en ambos es aterrador. No hay un mañana mejor, que es como decir que no existe el futuro. Lo único que ofrecen es resignación. Resignarse y resistir, desde lo individual, como en Gideon Falls, o desde lo colectivo, como en Paper Girls. Al final va a ser verdad eso del «nihilismo dulce» del que habla Emmanuel Rodríguez como característica de nuestra época. Decía Mariana Enriquez en una entrevista reciente que vivimos en una distopía habitable. Tiene razón.
La cantidad y calidad de literatura escrita en países latinoamericanos parece que no tiene fondo. En Uruguay podemos disfrutar de Fernanda Trías (1976) —por aquí hablé de Mugre rosay El monte de las furias—, que junto a Inés Bortagaray (1975) y Natalia Bardero (1975) forman parte de una nueva generación de escritores. Tamara Silva Bernaschina (2000) forma parte de la novísima generación que está surgiendo en Uruguay, y desde la publicación de Larvas (2025), publicado por Páginas de espuma, el interés por su obra se ha amplificado.
Larvas es un libro de relatos cuyo hilo temático gira alrededor de las relaciones familiares. Bernaschina opta por el fantástico y el terror, con una buena dosis de body horror y asco. Los personajes de los relatos viven en el rural uruguayo, en el interior del país —la propia autora es originaria de Minas—, en un entorno extraño que se manifiesta a través de la atmósfera (humedad) y/o una naturaleza hostil. Muchos personajes son niños y adolescentes que viven lo extraño con naturalidad, como una parte más de su realidad material.
En Larvas las relaciones familiares son un reflejo también de los animales, insectos y fenómenos naturales extraños que se manifiestan a lo largo de los relatos. Estas relaciones pueden ser parasitarias o simbióticas, teniendo muchas veces el cuerpo de los protagonistas como elemento de disputa: los hijos son propiedad de sus padres por lazos de sangre. Esos cuerpos también experimentan mutaciones y transformaciones, grotescas las más de las veces. Las relaciones también son un ser vivo más, que nace, se reproduce y muere.
La oscuridad es un lugar (2020) es un libro de relatos de fantasía oscura escrito por Ariadna Castellarnau. La temática de los relatos también se mueve en el mismo terreno que Larvas, la familia, pero las influencias que trabaja son otras. En los relatos de Castellarnau está presente la fantasía como una suerte de realismo sombrío, como en la obra de Angela Carter, Lisa Tuttle o Samantha Schweblin. Muchas veces lo fantástico es una pequeña deformación de esa realidad, que ya es lo suficientemente sombría sin este elemento.
Como en Larvas, los personajes de La oscuridad es un lugar también son niños y adolescentes, poniendo el foco en su vulnerabilidad. Está la niña que escapa al trágico destino de su familia huyendo al bosque con un desconocido que le alerta de este próximo fin. También está el adolescente explotado por su familia —vive en una familia-empresa—, encargado de cuidar a la atracción de feria que es su hermano, mitad hombre, mitad pez. Los lazos afectivos entre los miembros de las familias que aparecen en los relatos son asimétricos y obedecen a intereses egoístas. La única posibilidad de huir que tienen los protagonistas es un hecho disruptivo, una fisura en su realidad que rompa con ese vínculo tóxico. Otra característica en el estilo de Castellarnau es el de los finales abiertos. Muchas veces no sabemos qué pasa más allá de esa fisura en la realidad, qué es de esos personajes. Un poco como sucede en La juguetería mágica de Carter: algo se acaba y lo que viene a continuación también es aterrador.
Pocos países tan chiquitos han dado tanto y tan bueno a la humanidad, desde Mujica a Bendetti. Ojalá cambiar Almería por Uruguay. Hasta que eso suceda, podemos disfrutar de su literatura y de artistas y grupos de rock como Sordromo (gracias Paolo), No Te Va Gustar, Killer Burritos, Alberto Wolf, La Vela Puerca (gracias Ander) y El Cuarteto de Nos.
Silva Bernaschina, Tamara (2025). Larvas. Páginas de espuma.
Castellarnau, Ariadna (2020). La oscuridad es un lugar. Ediciones Destino.
La Biblioteca de Carfax, además de publicar señoras victorianas, también de vez en cuando rescata obras como esta de Sara Gran, publicada originalmente en 2003. Además cuenta con prólogo de Mariana Enriquez, que un poco como Stephen King varias décadas atrás, se ha convertido en prescriptora de terror, de manera directa o indirecta.
Los veinte años que ha tardado en publicarse la novela en castellano se notan en una cosa: no hay apenas referencias tecnológicas. Es algo que en la ficción se nota muchísimo, ya que existe un parteaguas clarísimo con ese tema. Hoy es imposible querer narrar una historia en la que no aparezcan personajes pegados a un teléfono y a las redes. Y aunque es un fenómeno bastante reciente, es una característica que ubica al mundo anterior en una época más pretérita de lo que realmente es. No ya sólo es que no seamos incapaces de imaginar un mundo donde no exista el capitalismo, es que no podemos pensar en volver a habitar un mundo como el de hace dos décadas.
La protagonista de Acércate es Amanda, una treintañera que goza de lo que podemos calificar como vida perfecta: buen trabajo, marido atento y una vida social activa. Sin embargo, Amanda abrirá la puerta a un demonio, Naamah, que a lo largo de la breve novela, irá poseyéndola. Primero muy poco a poco, con episodios aislados, muy cortos, donde pierde la conciencia de lo que ha hecho. Luego, esa niebla se irá convirtiendo en su vida, hasta que los momentos de conciencia se sucedan cada vez más distanciados en el tiempo. No es la típica novela sobre posesiones demoníacas, su aproximación al tema y al género es diferente. Amanda, que cumple los sueños aspiracionales de la clase media, sigue siendo una persona vacía e insatisfecha, que encuentra la felicidad y su identidad en abandonarse a sus instintos. El terror está en contemplar como destroza esa vida idílica poseída por Naamah. La posesión no es un castigo, es una liberación. Grant parece plantear que la posesión está en lo otro, en esa supuesta vida perfecta de éxito profesional y sentimental, representándolo como una jaula que oprime a Amanda.
Grant utiliza un estilo directo, de frases cortas y capítulos breves, con una narración en primera persona que dota a la narración de un ritmo vertiginoso. La novela, no muy extensa, se lee en una tarde. Podríamos emparentarla con la obra de Paul Tremblay y Grady Hendrix en cuanto a estilo. También tiene un tono en el que está presente el desencanto, abordado desde el humor negro y cierto cinismo disfrazado de ironía. También se puede intuir que ese desencanto es algo generacional: el fin de la historia prometido no era lo esperado.
Otra novela breve de terror, aunque más actual, es La sed (2020) de Marina Yuszczuk. Yuszczuk (1978) es una escritora, periodista y editora que se dio a conocer con La sed, su segunda novela, aunque también publica poesía y cuento. Forma parte de ese filón que son las escritoras latinoamericanas. Da igual la generación, siempre aparece alguna nueva para publicar.
La sed es una novela breve pero más compleja en cuanto a forma que Acércate. La novela está dividida en dos, con un breve capítulo introductorio, y combina distintos tiempos y voces. La historia de La sed comienza con una mujer pasea con su hijo pequeño por un cementerio de Buenos Aires cuando ve a una misteriosa desconocida y se asusta. Entonces se inicia la narración de esta desconocida en primera persona, de la que desconocemos su nombre. Es una vampira que huyó de Europa en el siglo XIX y emigró a Buenos Aires. Hay sexo, violencia y un tono gótico que contrasta con la segunda parte, situada temporalmente en el Buenos Aires actual, y que tiene un tono más intimista. Una mujer, Alma, vive el duelo de su madre, que padece una enfermedad terminal degenerativa que le impide comunicarse con ella. Además, tiene que lidiar con la crianza de su hijo pequeño, su trabajo y su reciente separación. El cuidado de su madre enferma la llevará a descubrir un mausoleo propiedad de de su familia. En la parte final de la narración se unen las dos historias, la de la vampira sin nombre y la de la doliente Alma.
La novela explora la idea del ser autosuficiente, un ser humano como Alma, con el parasitismo del vampiro. El vampiro es un parásito siempre necesitado de alimentarse. Para la vampira de La sed es un continuo volver a empezar donde solo existe la necesidad humillante de alimentarse de otros. También explora la relación con la muerte y el dolor de nuestras sociedades laicas, la falta unos ritos que nos preparen para aceptar la propia idea de la muerte. Si en Acércate había un tono desencantado, sarcástico, La sed opta por la melancolía y el lirismo. El cuerpo, nuestro cuerpo que un día se descompondrá, es el centro de la narración. Lidiar con la experiencia material de poseer un cuerpo es tratar el deseo, el hambre y el dolor, para lo que no siempre estamos preparados.
Ambas novelas son muy recomendables y me recuerdan a las fantásticas Cuando la soledad nos ama (1985) y El elixir negro (1988) de Elizabeth Engstrom. Cuerpos, algunos monstruosos, otros que se transforman, pero cuyas necesidades biológicas y finitud escondemos con vergüenza, asco y dolor.
Grant, Sara (2003). Acércate. La Biblioteca de Carfax. Yuszczuk, Marina (2020). La sed. Blatt & Ríos.
Stigmata (1999) es una película dirigida por el británico Rupert Wainwright y protagonizada por Gabriel Byrne y Patricia Arquette. Aprovechando el fin del milenio en el mundo cristiano occidental, surgieron muchas películas con este tipo de argumento mileniarista de fin del mundo, satanás y chorradas varias. Stigmata, junto a El fin de los días,es una de las más destacadas. Como curiosidad, Byrne aparece en las dos, aquí como protagonista, en la otra como secundario.
Wainwright, para sorpresa de nadie, viene del mundo del videoclip. Eso se nota y mucho en su manera de dirigir, con mucho corte y una velocidad espídica. Pero también tiene cosas chulas, que si no de autor, sí sorprenden un poco, como un plano desde dentro de un microondas. A veces se saca unas composiciones de plano muy originales, como el de Patricia Arquette en la bañera o esta del microondas que he comentado antes. Gran parte de la trama se desarrolla en Nueva York, que comparte con Sev7n (1995) el gusto por la lluvia, confiriéndole a la película un toque industrial y decadente, con una fotografía virada al azul. El problema de Wainwright es un guion que no acompaña.
El típico baño de una peluquera en Nueva York que es más grande que tu casa de Albacete
La trama gira alrededor de posesiones, conspiraciones vaticanas y el conflicto entre fe y razón. Hasta cierto punto, anticipa lo que sería El código Da Vinci y obras similares. Byrne interpreta el papel de un sacerdote católico con formación científica encargado de investigar supuestos milagros alrededor del mundo. Así conocerá al personaje interpretado por Arquette, una joven atea de Nueva York que sufre los estigmas de Cristo. El guion es muy torpe, con mucho diálogo explicativo —tan común en nuestros días— que rompe el ritmo de la película. Con una duración de poco más de 100 minutos, la película se hace larga. La interpretación de Arquette demuestra lo buen director que era David Lynch, capaz de sacar lo mejor de repartos mediocres. Aquí su interpretación está flojita.
El fin de los días (1999), dirigida por Peter Hyams y protagonizada por Schwarzenegger, fue uno de los blockbusters de su año. Con casi cien millones de presupuesto, triplicando el de Stigmata. El fin de los días es una buena muestra del cine comercial estadounidense de finales del siglo: no han pasado quince minutos y ya tienes explosiones, tiroteos y una persecución en helicóptero que acaba en los túneles de metro de Nueva York.
Hyams, que ya se ha pasado reciéntemente por el blog con Capricornio Uno (1978), se acerca también a Sev7n: no llueve en la película, pero sí tiene unos grises humedos en una ciudad sucia llena de humo y vapores. También comparte con la película de Fincher una fotografía contrastada, de negros profundos, aunque mucho más subexpuesta. Es curioso que pese a tratarse de un thriller de acción sobrenatural, con sus persecuciones y explosiones varias, la realización sea más sobria, casi clásica, comparada con el estilo videoclipero de Wainwright en Stigmata. El problema de Hyams, como el de Wainwright, es el de tener un guion que es una chorrada.
Luz, fuego, destrucción...
Schwarzenegger interpreta el papel de un expolicía, Jericho Cane, que después de perder a su mujer y a su hija, trabaja en el sector de la seguridad privada. En este trabajo se cruzará con el demonio, personaje interpretado por Byrne, que busca a una mujer para engendrar el anticristo y desatar el apocalipsis. A partir de ahí, Cane se verá envuelto en una trama sobrenatural en la que su objetivo será proteger a esa mujer del demonio y del Vaticano y detener el apocalipsis. Aquí la parte de la conspiración es más secundaria que en Stigmata, centrándose la trama en la acción.
El mejor fin de siglo en la gran pantalla sigue siendo el de Días extraños. Al menos ahí el milenarismo —va a llegaaaar— se lo ahorraron, dejándonos sólo con el cyberpunk. Mención de honor a The Omega Code (1999), dirigida por Robert Macarelli y protagonizada por Casper Van Dien. La película también se adentraba en este mundillo de las conspiraciones, misterios y pánico al cambio de milenio, pero lo hacía desde la propaganda evangélica —no hubo estudio detrás, sólo un grupo de televisión evangélico—. Tremenda bizarrada. Aunque con todo lo que vino después, ya no parece tan risible ese miedo al cambio de milenio, ¿no? Otra que se queda fuera es Resurrección (1999), dirigida por Mulcahy —sólo puede quedar uno— y protagonizada por Christopher Lambert, que era más copia de Sev7n que otra cosa, un poco como Fallen (1998) y El coleccionista de huesos (1999), protagonizadas por Denzel Washington.
The Odessa File (1974) es una película británica dirigida por Ronald Neame y protagonizada por Jon Voight, con Maximilian Schell como secundario de lujo. La historia narrada está basada en una novela de Frederick Forsyth. Tanto Forsyth como Neame venían de triunfar con sus anteriores trabajos, uno al ver adaptada con éxito Chacal (1973) y el otro tras dirigir una de las películas más taquilleras de la historia en esos años, La aventura del Poseidón (1972). Ya se encargaría el nuevo cine de Hollywood, con Lucas y Spielberg a la cabeza, de destronar a Neame de ese trono en los siguientes años.
La trama se sitúa en 1963 con el personaje interpretado por Voight, Peter Miller, como protagonista. El mismo día que Kennedy es asesinado en Dallas un anciano judío se suicida en Hamburgo. Por casualidad, Miller, que es periodista, cubre la noticia del suicidio. Un amigo policía le hará llegar un manuscrito hallado en el piso donde vivía el viejo judío, en el que relata los hechos que vivieron su mujer y él en un campo de concentración en Riga. Este manuscrito despierta el interés de Miller, que va a la caza del oficial responsable del campo de concentración y de la organización secreta que ampara a antiguos miembros de las SS, Odessa.
Las dos terceras partes de la trama se desarrollan a un buen ritmo, centradas en la investigación periodística de Miller. El tercio final es un poco más atropellado. La narración aporta muchos datos, metiéndonos de lleno en el reportaje de Miller. También se contextualizan estos datos, muchos de los cuales son reales, como algunos personajes que aparecen en la película, mención especial al cazanazis Simon Wieshental. Porque si algo hay que destacar de Odessa es que los nazis que aparecen en la película no son como los de Indiana Jones, más cercanos al pulp, sino que son bastante reales. La trama, a través de la investigación de Miller, narra el fallido proceso de desnazificación llevado a cabo en Alemania Occidental y la existencia de una organización nazi infiltrada en la administración y el sector económico.
Si viste como un nazi, dice cosas nazis y se comporta y hace cosas nazis, igual es que es un nazi
El estilo de Neame en la dirección es bastante realista, alejado de la acción de otros thrillers de la época y de cierto estilo documental en boga. Muestra una Alemania Occidental todavía en estado de reconstrucción. La cámara sigue a los personajes con paneos y travelings, casi no hay cámara en mano —lo contrario que Friedkin y The French Connection— y con una fotografía que refuerza la suciedad de esa Alemania parcialmente en ruinas. Además, la película sirvió para que se capturara al carnicero de Riga, visibilizando el hecho de que muchos nazis seguían ocupando puestos importantes en la administración alemana y austríaca después de la guerra. Por el lado negativo se puede mencionar algunas interpretaciones, como la de Voight, demasiado intenso y pasado de rosca. Claro, luego piensas en Christopher Walken y Nicholas Cage y se te pasa.
Capricornio Uno (1978) es una película escrita y dirigida por Peter Hyams. Está protagonizada por James Brolin —siempre será ese señor con barba y camisa de leñador en Amytiville— y cuenta con secundarios tan molones como O. J. Simpson, el padre de Ross y Monica Elliott Gould y Hal Holbrook. Aquí no hay nazis como en Odessa, pero sí tiene el mismo tono de desencanto tan común en los thrillers estadounidenses de los setenta, con la desconfianza en el gobierno como punto central. A finales de esa década ya se estaba ensayando lo que luego sería el cine de evasión de los ochenta, con Spielberg a la cabeza.
Tras la pérdida de interés por parte del público en la carrera espacial después de la llegada de la humanidad a la Luna, la nueva frontera —otra vez Kennedy— es Marte. Mandar astronautas al planeta rojo parece la única forma de salvar a la NASA de los recortes gubernamentales. Científicos de la NASA y un grupúsculo dentro del gobierno montan toda una conspiración para hacer creer a la opinión pública que EEUU ha llegado a Marte. Para ello secuestran a la tripulación el día del despegue y les amenazan con asesinar a sus familias si no cooperan. La NASA lanza el cohete hacia Marte pero va vacío. Un técnico de la NASA descubre que las ondas de radio de los astronautas no provienen de Marte, sino de la Tierra. Se lo comenta a uno de sus amigos periodistas antes de desaparecer. Como en Odessa, comienza la investigación periodística para exponer a los conspiradores dentro de la administración. Todo se complica cuando la cápsula de reentrada en la Tierra explota antes de aterrizar. Ahora los conspiradores, para tapar lo que han hecho, tendrán que asesinar a la tripulación que tienen secuestrada.
Nos inyectan «chís» con las vacunas
Capricornio Uno se toma muy en serio a sí misma, lo cual no es malo, a la hora de plantear una conspiración en la sombra. Todo empieza como un pequeño grupo secreto, plausible, dentro de la NASA y el gobierno. El problema, como suele pasar con todas estas teorías de la conspiración, es que exigen, para que tengan una pátina mínima de veracidad, de una conspiración gigantesca. El técnico de la NASA que denuncia que algo raro está ocurriendo con el viaje a Marte no sólo desaparece, es que pintan y redecoran su apartamento, ponen a otra persona a vivir en él y falsifican el correo para hacer creer al periodista que investiga la trama que nunca ha existido tal persona viviendo allí.
Al igual que en Odessa el estilo en la dirección es bastante sobrio, optando por un enfoque más realista y natural. Eso sí, le gusta lo del zoom lento lo que no está escrito. También sucede que en el tercio final la película se vuelve un poco loca. En Capricornio Uno Hyams rueda una persecución con helicópteros y una avioneta, rompiendo con el ritmo más pausado de la investigación periodística en curso. También puede ser el motivo del final tan abrupto y anticlimático: no había dinero para rodar todo lo que había que rodar, así que optaron por una imagen congelada del protagonista como final. En cualquier caso, está muy en la línea de los thrillers setenteros rodados después del escándalo del Watergate: desconfianza en las instituciones y desencanto.
Los setenta, además de tetas y desnudos, también trajeron una nueva manera de narrar y de contar las cosas, a destacar el cine italiano de esa década, las coproducciones europeas y los thrillers sobre conspiraciones de Hollywood. De la misma manera, son el germen de lo que vivimos hoy en día: la respuesta a la quiebra del sistema surgido tras 1945 en forma de contrarrevolución conservadora ahora nos tiene en vilo. También resulta revelador que los protagonistas de Odessa y Capricornio Uno sean periodistas. A lo mejor el cine que dentro de cincuenta años explique lo que nos pasa ahora lo hace una IA con Tom Cruise de protagonista. Todo vuelve, como el postpunk.
Lo que no se ve (2025) es la antología de cuentos más reciente de la española Cristina Fernández Cubas. Libro que sumado a la anterior recopilación, La habitación de Nona (2015), deja bastante desfasado el Todos los cuentos (2008) que publicó Tusquets hace dos décadas. A ver si en algún momento a la editorial le da por actualizar ese libro y dejar de engañar a la gente.
En un momento histórico en el que todo tipo de narrativas —da igual el medio— tienden a sobreexplicar, es de agradecer que Fernández Cubas opte por sugerir más que contar y por dejar sacar sus propias conclusiones a los lectores. El misterio es todavía más misterio gracias a la ambigüedad de lo no dicho. La autora es también una especialista —la jefa— en introducir los elementos que alteran y transforman la realidad. Esa otredad, ese otro mundo de diferentes reglas, es algo que se manifiesta muy gradualmente hasta invadir la totalidad de la realidad en la que habitan sus personajes. Como en la obra de otro grande, Julio Cortázar, la otredad en Fernández Cubas contribuye a fortalecer el extrañamiento de lo fantástico respecto de la realidad en la que aparece. Penetra de una manera sutil y difumina la frontera entre fantasía y realidad. Además lo hace partiendo de lo cotidiano, lo que todavía convierte sus narraciones en algo más perturbador. A ese respecto, podemos considerar a Fernández Cubas como la gran tapada de la literatura de terror en castellano. Su obra está a la altura de las grandes obras de la literatura universal. Si te gusta el fantástico y el terror, si disfrutaste leyendo a Julio Cortázar y Lisa Tuttle, si la gozas con la literatura de las señoras latinoamericanas, Cristina Fernández Cubas y Lo que no se ve te va a encantar.
Y de autora de culto a autor de culto. El Asilo y otros relatos de lo extraño (2022) es una recopilación de relatos de Robert Aickman, seleccionados por S. T. Joshi y con prólogo de Mariana Enriquez, publicada por la mexicana Perla Ediciones.Hay gente agitando los puñitos muy fuerte por culpa de la traducción, que consideran mala, cuando lo que sucede es que los traductores, Ana Inés Fernández y Hugo Labravo, no han utilizado el español peninsular estándar. Vaya problema, ¿eh? Como si no hubiéramos leído libros de Stephen King así y visto dibujos animados en nuestra infancia con doblaje latino.
La celebración del centenario de su nacimiento en 2014 trajo aparejada la reedición de su obra en castellano, dándolo a conocer a nuevas generaciones de lectores. La industria editorial en castellano no es tan rica en términos económicos como su contraparte anglosajona, pero sí es rica en talento y grandes profesionales, siempre muy atentos. Así ha sido como desde México, Argentina y España se han publicado diferentes antologías y reediciones de la obra de Aickman.
Los relatos de Aickman son narraciones extensas, acercándose al terreno de la novela corta. Pero una de las características fundamentales, y esta es una gran diferencia respecto a Cristina Fernández Cubas, es su concepto de lo extraño. Los personajes de sus cuentos no ven invadida su realidad por un elemento extraño, sino que se sumergen de lleno en otro universo donde lo extraño es la norma. Aquí entra en juego otra de los rasgos distintivos de su narrativa: el movimiento. Sus personajes viajan, generalmente por motivos laborales, pero también por ocio. No es que su cotidianeidad se vea alterada por un elemento fantástico, es que su viaje les lleva a otro mundo. Las amigas viajando por vacaciones, el cartero haciendo la ronda, el comercial perdido por la noche, la visita a una feria en una ciudad desconocida... todos los personajes realizan un viaje en el que abandonan la realidad de nuestro mundo y se sumergen en otro. Como los protagonistas de El proceso y El castillo, la mayoría de los personajes de Aickman aceptan la nueva realidad y sus nuevas reglas con pasividad, sin luchar. Y ahí, en ese abandono, es donde se manifiesta el terror. Existe la resolución en las historias de Aickman, pero no la catarsis. Es ese abandono antes mencionado, la pasividad del dejarse llevar, lo que resuelve la narración. Como lectores no entendemos las reglas de ese universo fantástico en el que se sumergen los personajes, pero porque ni ellos mismos las entienden. Nos vemos arrastrados a una realidad extraña.
Averno es un poemario de la estadounidense Louise Glück (1943-2023). Podemos disfrutar de la obra de Glück en castellano gracias a Pre-Textos y a Visor, siendo estos últimos los que tras el Nobel de 2020 se dedican a publicar su obra. Publicado por primera vez en 2006, Pre-Textos tradujo al castellano Averno en 2011.
El título que da nombre al libro es el usado por la mitología clásica para referirse a la entrada al inframundo: Averno. Glück revisita el mito de Perséfone, hija de Zeus y Deméter. Su rapto por Hades y el posterior pacto, pasando Perséfone a dividir su tiempo entre su captor Hades —otoño e invierno— y su madre Deméter —primavera, verano—, es el origen de las estaciones. Glück utiliza el mito griego para hablar de la relación con su madre, con los hombres y con su propia maternidad, dando voz propia y fundiéndose con ella a Perséfone, que en la mitología clásica sólo ha sido objeto y nunca sujeto. La autora reflexiona sobre el control materno, que sólo termina cuando se somete a otro control, el del marido. Y la única posibilidad de ejercer algún tipo de control es sobre los hijos, nunca sobre una misma. Glück, a través de Perséfone, se rebela contra esto, adentrándose en el Averno con la esperanza de resurgir de él con su propia identidad, con la capacidad de trascender sus propias circunstancias. Perséfone quiere ser ella misma, no ser la que sus relaciones con los demás —madre, marido, hijos— quieren que sea —hija, esposa, madre—.
En el libro, Glück propone una estructura circular: el descenso al inframundo y el posterior ascenso, en lo que parece ser un ciclo sin fin de repeticiones. A través de preguntas a las que no da respuesta, o al menos una respuesta que consideremos satisfactoria, y con la mezcla de tiempo real y tiempo mitológico, Glück crea una atmósfera de fatalismo, de tierra baldía en la que habitamos y de la que no hay salida. Lo eterno y lo cotidiano van de la mano en Averno. Su estilo es directo, sin adornos, en versos libres que se encabalgan unos detrás de otros, a veces de manera abrupta, en esta estructura circular sin fin. El mundo que nos presenta es un mundo lleno de dualismo: luz/oscuridad, memoria/olvido, cuerpo/alma... Como sucede en las obras de Fernández Cubas y Aickman, lo importante en Glück muchas veces es lo que no se dice, lo que sólo se siguiere.
Fernández Cubas, Cristina (2025). Lo que no se ve. Tusquets. Aickman, Robert (2022). El Asilo y otros relatos de los extraños.Perla Ediciones.
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