Vampiros en el Caribe: 'Altasangre' y 'Malasangre'
Altasangre (2025) es la primera novela de la escritora colombiana Claudia Amador (1998). Habitual de la ciencia ficción y la ficción extraña con relatos publicados en diversas antologías de la colombiana Ediciones Vestigio —por ahí también aparecen publicados nombres destacados del new weird colombiano como Luis Carlos Barragán y Karen Andrea Reyes—, Altasangre es la primera incursión de la autora en el terror; o en la ficción extraña con toques de terror. La etiqueta elegida por la editorial es «gótico tropical», supongo que para darles algo más de variedad a los lectores anglosajones. No todo va a ser «realismo mágico».
Claudia Amador nació en Barranquilla, ciudad del Caribe colombiano, aunque ahora trabaja como librera en Bogotá. Este dato es importante, porque la historia de Altasangre transcurre en una región a la que se alude en la novela como «la Costa», en una ciudad sin nombre trasunto de la Barranquilla natal de la autora, momentos previos a la celebración del carnaval. La novela narra la historia de la casta vampírica de los Vanterroso, que rige los destinos de la Costa. Julia es la gran matriarca y la abuela de la protagonista, Julieta. En el universo creado por Amador existen los vampiros, también llamados «purasangre», una suerte de aristocracia parasitaria de rancio abolengo que detentan el poder político y económico. Luego están los «mixtos», vampiros que conservan atributos humanos y que son el poder silencioso, la verdadera clase dirigente. Por último están los humanos, la plebe que es desangrada para alimentar a la casta vampírica. La sangre es un negocio más en este universo.
Altasangre narra la relación que existe entre Julia Vanterroso, la todopoderosa matriarca vampírica, y su nieta Julieta. Para Julia, su nieta es sólo una pieza de ajedrez que está dispuesta a sacrificar para eternizarse en el poder. Para eso, tiene que disciplinarla, someterla. Julia tiene la experiencia pero le falta el hambre, mientras que Julieta es el hambre violento sin experiencia. Julieta tratará de desbaratar los planes de su abuela, aunque para eso necesite la ayuda de las mixtas que la criaron, que también son poderosas brujas.
Uno de los valores de la novela es que no cae en ese vicio tan común hoy en día de sobreexplicar las cosas. Altasangre no es un libro extenso, pero sí es rico en presentar un universo donde hay varias dimensiones o planos de la realidad, existen los dioses, los fantasmas y los espíritus, los vampiros gobiernan y la magia es algo bastante común. También hay que poner en valor algo, de nuevo, poco común: Claudia Amador describe y muestra dinámicas de poder, las ejercidas por esa casta vampírica, pero no hace juicios de valor. Trata más de describir una situación y de utilizar el vampirismo como una metáfora, pero mucho más elaborada, sin arrojarte a la cara unas ideas u otras. En Altasangre los vampiros gobiernan y ejercen la violencia con total impunidad, pero el pueblo también participa y consiente a cambio de otras cosas, como la celebración del carnaval. Los hombres están ausentes, se dedican a sus cosas, como ser senadores o empresarios mientras las mujeres se dedican a los asuntos domésticos. Sin embargo, la Costa es un no-lugar donde gobiernan las mujeres, es una casa gigantesca donde los hombres no pintan absolutamente nada. También existen fábricas donde los humanos proporcionan, una vez diluida, su sangre a los vampiros, pero lo hacen consintiendo. Todo en Altasangre tiene matices y grises.
Claudia Amador utiliza elementos performativos como la música, presente en todo momento en la novela. Existe una carnavalización de la narrativa. Julieta accede al éxtasis a través de la música en una bacanal. El carnaval es el orden natural para todos, gobernantes y gobernados. Perder una reina, alterar ese poder, es ir contra el orden natural. El hambre y la rabia de Julieta que su abuela intentan domesticar también son la furia y la rebeldía contra ese orden natural que quiere disciplinarla. Existe cierto paralelismo con Mónica Ojeda en cuanto a estilo: sobrevuela un lirismo sobre la prosa, mucho más florida y sensorial. Amador traslada el castillo del vampiro europeo a un Caribe bullicioso, húmedo y abrasador. Eso también la acerca a la cubana Elaine Vilar Madruga y su prosa sensorial, aunque un poco menos pegajosa. Y comparte con estas dos autoras una fascinación por la violencia y el cuerpo como fuente de terror.
Malasangre está ambientada en la Venezuela de los años veinte del pasado siglo, un momento histórico en la transformación del país. Por un lado se descubrió el petróleo y se empezó a explotarlo, y por otro los militares desplazaron a la vieja aristocracia criolla. La Venezuela actual tiene su origen en aquellos años de transformaciones. La protagonista de la novela es Diana, una joven vampira que vive sometida a los caprichos de sus padres. Su padre, un prestamista, es el origen de su vampirismo, ya que se lo contagió una prostituta con la que vivió. Su madre es una beata meapilas e hipócrita que la desprecia. Diana, que vive reprimiendo sus ansias de sangre, sólo es para sus padres una moneda de cambio: la pueden casar con un futuro socio comercial de su padre o puede ser enviada al convento para que desaparezca y no moleste como quiere su madre. En cualquier caso, esposa o monja, no es decisión suya.
Roche Rodríguez utiliza el vampirismo como metáfora de ese momento histórico: la plutocracia militar, producto de la economía rentista y del capital internacional, chupa del petróleo del país. Como el padre de Diana, están todos a hacer un «negocito», a pegar el palo. Además del cristianismo y el castellano, los españoles también llevamos el rentismo a América. El vampirismo también es usado como metáfora por la autora al describir la situación de Diana, vampirizada por sus padres. En una sociedad donde la mujer no tiene derecho a nada, para ser libre sólo le queda la opción de huir de casa y prostituirse.
Malasangre es la voz narradora de Diana la que articula la novela. No es ni «gótico» ni «tropical». Tampoco terror. Se parece más a La juguetería mágica de Angela Carter, con una protagonista que comienza narrando su primera menstruación, que es violada y que «escapa» de ese mundo opresor convirtiéndose en adulta/mujer. Malasangre es un coming of age, un paso a la vida adulta, una historia de iniciación hacia la madurez. El problema es que esta narración está dentro de otra narración, que es la parte de novela histórica y social. Están unidas por esa metáfora del vampirismo que a mí no me termina de funcionar. Si quieres leer una novela feminista y que critica al chavismo desde la izquierda, Malasangre es tu libro, pero no busques gótico o terror porque no lo hay.
Malasangre es la voz narradora de Diana la que articula la novela. No es ni «gótico» ni «tropical». Tampoco terror. Se parece más a La juguetería mágica de Angela Carter, con una protagonista que comienza narrando su primera menstruación, que es violada y que «escapa» de ese mundo opresor convirtiéndose en adulta/mujer. Malasangre es un coming of age, un paso a la vida adulta, una historia de iniciación hacia la madurez. El problema es que esta narración está dentro de otra narración, que es la parte de novela histórica y social. Están unidas por esa metáfora del vampirismo que a mí no me termina de funcionar. Si quieres leer una novela feminista y que critica al chavismo desde la izquierda, Malasangre es tu libro, pero no busques gótico o terror porque no lo hay.
Amador, Claudia (2025). Altasangre. Alianza Editorial.
Roche Rodríguez, Michelle (2020). Malasangre. Anagrama.
Oh vem, oh vem ver de perto
É um mundo, um mundo incerto
Oh vem ver de perto
É um mundo, um mundo certo





