'Rituals' (1977): vacaciones en Ontario y alargamientos de pene

Rituals es una película canadiense de supervivencia y terror dirigida por Peter Carter y escrita por Ian Sutherland. Uno venía de la televisión y el otro se estrenaba como guionista, firman en esta Rituals la que es sin duda su mejor obra. Tampoco hay mucho donde rascar. En el reparto destacan algunas caras conocidas de la televisión de la época, especialmente Hal Holbrook, fallecido el año pasado y cuyo rostro podemos reconocer en multitud de producciones. Pero también está por ahí Lawrance Dane, menos reconocible que Holbrook pero que se ha prodigado mucho por series de televisión y la serie B.

A mediados de los sesenta comenzó el movimiento del nuevo Hollywood, un cine más visceral, violento, alejado muchas veces del realismo. Nacido de la contracultura de esa década, se libera de los tabúes del Hollywood clásico. Deliverance de 1972, o Defensa, como se tituló en España, es una película que exploraba estas nuevas fronteras y creaba/popularizaba un subgénero nuevo: el del terror rural. Sin ella, difícilmente habría habido La matanza de Texas dos años después y no hubiésemos podido disfrutar este año de esa joya de Ti West que es X. Toda esta parrafada para explicar que Rituals es un exploitation de Deliverance canadiense, que lo de copiar no sólo está reservado a los italianos o a los chinos.

Rituals es la historia de cinco amigos médicos que se reúnen cada año para hacer un viaje. En vez de irse a Las Vegas para apostar en el casino, acostarse con prostitutas y jugar al golf, deciden pasar unos días de acampada en el rincón más recóndito de Ontario. El bosque es un sitio aislado al que no ha llegado la civilización al que se accede en hidroavión. Como en Largo fin de semana (1978), la naturaleza, al principio idílica y bucólica, se convierte en un elemento amenazante y peligroso. Después del primer día de acampada, las botas desaparecen. Algo en apariencia sin importancia, la desaparición de unas botas, amenaza la supervivencia del grupo en este bosque. Y ese algo o alguien que ha hecho desaparecer sus botas comienza a acecharles.

Aunque la realización de la película tiene más de telefilme que de cine independiente, el valor de Rituals está más en el fondo que en la forma. Los personajes, en vez de colaborar por sobrevivir, empiezan a pelearse entre ellos y tienen que enfrentarse a difíciles decisiones morales. Están en territorio virgen, no existe más ley que la que ellos hagan. La película juega muy bien a despistar, porque no es hasta el final que aclara el carácter sobrenatural o no al que se enfrentan los personajes. Hay una escena en la que los personajes se despiertan para ver clavada en una pica la cabeza de un ciervo que me recuerda a la primera El proyecto de la bruja de Blair y que resulta muy inquietante. Convertir la naturaleza en algo amenazante es muy Algernon Blackwood y emparenta muy bien con el cine de género australiano de la década. También es un acierto ese pasado al que aluden los personajes y que parece que es lo que les persigue pero que sigue sin estar claro. Porque hasta el final no hay avistamientos del enemigo. Huyen de algo invisible a través de un medio hostil, sin el equipo adecuado y peleándose entre ellos. ¿Qué podría salir mal?

Que Rituals bebe de Deliverance es innegable, cosa que no me parece mala per se, como también es innegable que aporta una visión personal. Y a mí es esto último lo que me interesa. Rituals no es un slasher aunque al final tiene algo de eso. Como también tiene mucho de thriller y de cine de supervivencia. También, aunque a su manera, explota esa idea de que en determinadas condiciones una persona hará cualquier cosa para sobrevivir. Lo hemos visto convertido en tropo habitual en películas como Deliverance, Perros de paja o The Descent. Pero sobre todo hay dos cosas que me gustan mucho de la película: que sean médicos y fumen como carreteros y que al principio de la película estén discutiendo sobre montar una clínica de alargamiento de penes. Eso sí, sabed que después de ver Rituals te entran ganas de ver Bahía de sangre, Navidades negras, Pánico antes del amanecer Las colinas tienen ojos en un bucle de películas de grano gordo del que es difícil salir. 




 

'Nightmare Flower' de Elizabeth Engstrom: terror desde Oregón

Elizabeth Engstrom es una autora estadounidense de literatura de terror. De la misma generación que Lisa Tuttle y Tanith Lee, empezó a publicar más tarde que éstas, a mediados de los ochenta, y en una cantidad mucho mejor. Forma parte de ese hilo en la historia de la literatura que pasa por Joyce Carol Oates, Angela Carter, Shirley Jackson, Daphne du Maurier y hunde sus raíces hasta llegar a Mary Shelley. La obra de Engstrom, como la de las escritoras anteriormente mencionadas, gira alrededor del misterio, la ciencia ficción y sobre todo del terror.

Elizabeth Engstrom también es un caso curioso de autora que publica bajo pseudónimo y acaba adoptando legalmente como nombre el pseudónimo bajo el que publica. Y no publica mucho ni se prodiga demasiado, aunque tiene una cuenta de Twitter y blog. Sus primeros libros publicados a mediados de los ochenta en pleno boom de la literatura de terror siguen siendo los más conocidos y exitosos en términos comerciales de la autora. Gracias al Paperbacks from Hell de Grady Hendrix Valancourt Books ha publicado algunos de su primeros trabajos. A mediados de los dos mil, con más de cincuenta años, volvió a la universidad para acabar si grado en Literatura Inglesa. Sus libros más recientes van del ensayo al thriller de misterio, incluyendo alguna adaptación para cine, Candiland (2016), que han pasado con más pena que gloria.

Nightmare Flower es una recopilación de relatos publicados en revistas del género a mediados y finales de los ochenta que fue publicado por primera vez en 1992 y reeditado por Valancourt Books en 2020.  Esta antología incluye diecinueve relatos, tres de ellos muy breves, y una novela corta, Project Stone. Sus trescientas diez páginas se hacen un poco excesivas para un libro de relatos al que una poda que lo aligerara no le hubiese venido nada mal. Dicho esto, la mayoría de los relatos y la novela corta/relato largo son excelentes.

En The Old Woman Upstairs Egnstrom narra la historia de una hija y su madre. El terror no viene de un elemento sobrenatural, sino de la vida misma. La madre enferma se va a suicidar. Pide a su hija que le conceda esa muerte digna. La hija espera a que se haga de día para ver si su madre sigue viva o no. Mientras, rememora el pasado con su madre y las contradicciones que tiene como cuidadora. Fifty-five Days of Silence se adentra en la ciencia ficción para hablar de las relaciones de pareja. Engstrom explora qué sucede cuando las expectativas no se cumplen y aparece otra vez el mundo de los cuidados y la inversión de papeles. Para Will Lunch Be Ready on Time? Engstrom vuelve al terror de lo cotidiano con drama familiar lleno de abusos, canibalismo y violencia. Una cuasi adolescente ha de cuidar a sus hermanos y mantenerlos unidos tras la desaparición de su padre. En este caso, son los hijos los que devoran a Saturno. Probablemente Project Stone sea la narración más pulp del libro. Una historia de ciencia ficción sobre un padre divorciado que va a buscar a su hijo al pueblo donde vive su exmujer. Un pueblo demasiado idílico que oculta un proyecto gubernamental y donde el alcalde es más el líder de una secta que un político al uso. ¿Podrá el padre salvar al hijo del ritmo del universo y escapar de los hombres de negro? La historia da para capítulo de Expediente X o The Twilight Zone.

Elizabeth Engstrom es por derecho propio una de las grandes autoras de terror del siglo pasado con una voz y un estilo únicos. Desde la fábula de cuento de hadas hasta la ciencia ficción, pasando por el horror de lo cotidiano, Engstrom desarrolla su propia cosmovisión, donde las relaciones familiares y de pareja, el papel de la mujer y los cuidados, las adicciones y las ausencias están muy presentes. El año pasado descubrí a esta autora con Elixir negro, una novela de vampiros sui generis, y este año he vuleto a ella con este Nightmare Flower. No va a ser el último que lea de la autora. Ojalá La Biblioteca de Carfax se anime a publicar más libros de Engstrom. 




'Haunted Houses: Two Novels' de Charlotte Riddell: el fantasma de Iberdrola

Charlotte Riddell (1832-1906) fue una escritora británica nacida en Irlanda. Nacida en una familia venida a menos, tras la muerte de su padre encontró en la escritura profesional una forma de ganarse el sustento para ella y su familia. En 1855, después de la muerte de su padre, se mudó a Londres con su madre; tras la muerte de ésta un año después se casó con un personaje algo turbio al que tuvo que mantener. 


La literatura y el periodismo fueron casi la única salida profesional para las mujeres de clase media en el Reino Unido del siglo XIX. Riddell, nacida en una rica familia angloirlandesa caída en la pobreza, escribió más de treinta novelas y un gran número de relatos. También participó del creciente mercado de las revistas, principio de lo que luego sería la cultura de masas del siglo XX. Así que entre novelas, relatos y artículos periodísticos encontró el sostén para mantenerse a flote en una época, no lo olvidemos, de profundos cambios y crisis económicas.  Es precisamente este contexto en el que desarrolla Riddell uno de los rasgos característicos de su obra: el humor ligado a la economía. Cómo conseguir dinero y las maneras de perderlo. De hecho parte de su obra literaria, además de una aproximación dickensiana a los problemas sociales, también crea un nuevo género dedicado a las finanzas. Algo que puede sonar extraño a día de hoy pero que le reportó sus primeros éxitos.

Haunted Houses: Two Novels reúne, como el propio título indica, dos novelas de Riddell que comparten aparentemente temática: las casas encantadas. La primera es Fairy Water, cuyo protagonista es un modesto rentista y leguleyo que se dedica a comer fuera siempre que puede y a asistir a actos de la sociedad. Este diletante, que busca que sus rentas crezcan, medio engaña a su primo rico para que le alquile una casa con tierras, Crow Hall. Como el protagonista de Nut Bush Farm, nuestro diletante primero va a explorar el terreno y a hacer sus cábalas antes de comprometerse a la adquisición de Crow Hall. Como no podía ser menos, la casa tiene su propia historia familiar, con fantasmas y tesoros escondidos incluidos. Pero lo que desencadena la acción es un protagonista que quiere aumentar sus rentas vía compra o alquiler de tierras. La segunda novela se titula An Unhabited House, donde Riddell narra las penurias económicas de Miss Blake, una señora irlandesa venida a menos, que no consigue sacarle partido a la propiedad de River Hall. Será uno de los empleados de su contable, enamorado de sus sobrina y sin medios para casarse con ella, el que vaya a la casa para tratar de solventar el misterio. La narración es toda una oda a la cultura materialista que se estaba desarrollando e incluye algunas advertencias en contra de la codicia y la avaricia. También es buen ejemplo de la movilidad social y de las crisis sistémicas de la época que luego desembocarían en un siglo lleno de horrores.

Publicado en 2019 por la British Library en su colección Tales of the WeirdHaunted Houses: Two Novels ha sido un libro hasta cierto punto incomprendido. Como siempre las expectativas pueden jugar una mala pasada. Tanto la colección donde está publicado como el título del libro parecen apuntar en una dirección, el género de terror, que aparece muy tangencialmente en estas novelas. Hasta cierto punto es una reformulación de los códigos de ese género incluyendo las preocupaciones contemporáneas de las clases medias y populares de la época. Son un buen reflejo de una sociedad cambiante y de las ansias y frustraciones aspiracionales de sus individuos. Si ya estás preocupado por deberle dinero al banco, te tienes que preocupar también por el puto fantasma que no te deja llegar a final de mes.  Imagino que un terror moderno es el del fantasma que te enciende las luces por el día para que pagues más a Iberdrola.


 

'Ella dijo destruye' de Nadia Bulkin: terror periférico

Ella dijo destruye es el título de una colección de relatos escritos por Nadia Bulkin, indonesia afincada en EEUU. También es su primer libro. Como lleva siendo norma dentro del género casi desde sus inicios, o al menos desde su popularización y comercialización  a través de revistas en el siglo XIX, la mejor manera de publicar y darse a conocer para escritores no profesionales es mediante el relato. Es lo que sucede con Nadia Bulkin, ganadora de tres presios Shirley Jackson a mejor relato. Ella dijo destruye incluye esos tres relatos y otros diez más, todos ellos a excepción de uno, exclusivo de esta antología, publicados anteriormente en revistas y antologías del género.


Algo también a tener en cuenta es el origen de la autora, pues muchos de sus relatos están ambientados en la Indonesia dictatorial que conoció durante su infancia. Sus relatos también incorporan parte de un folclore popular relativamente desconocido para los lectores occidentales. Digo relativamente desconocido porque en los últimos diez o quince años si hemos podido asomarnos a ese mundo a través del cine de género indonesio que ha llegado a Occidente. 

Junto a la forma elegida de este primer libro, el relato, y al origen geográfico de la autora, indonesia, otra parte importante de la ficción de Nadia Bulkin tiene que ver con su formación académica: graduada en Ciencias Políticas. Zona de convergencia intertropical, el relato que abre el libro, es buen ejemplo de esto. Pero como sucede con los relatos de Mariana Enríquez, también aparecen en Ella dijo destruye ideas y reflexiones sobre la aporofobia, el machismo, la relaciones familiares y de pareja, el cuerpo o el uso de mitos y leyendas locales. No creo demasiado en las etiquetas, pero las comparaciones a veces sirven de guía. Nadia Bulkin no escribe como Mariana Enríquez, pero hay elementos en el fondo, no en la forma, que sí comparten. Si te das una vuelta por la cuenta de Twitter (antes de que Elon Musk lo cierre) de Bulkin, es fácil reconocer el papel que ejerce el cine, especialmente el de género, en su escritura. Autoras pop, o como diría Umberto Eco, integradas, que beben de la cultura popular para crear sus ficciones, en este caso literarias,

Como siempre destacar el papel de la editorial, La Biblioteca de Carfax. Son unos cuantos años lo que llevan y ya se puede decir: ¡vaya catálogo! La edición de Ella dijo destruye es probablemente la mejor, desde luego le da mil vueltas a la publicada en inglés. Y un poco al hilo de lo de Umberto Eco y de ediciones: si Ella dijo destruye lo publica Anagrama, la percepción de la autora y su obra cambiaría completamente. Y digo Anagrama como podría decir Alfaguara, que publica en España a otra autora de diferente género pero mismo espíritu como Ottessa Moshfegh. Se han derribado muchas barreras y han caído muchos prejuicios, pero el género fantástico sigue siendo visto como algo menor. 

Si te gustó el pueblo gallego lovecraftiano de Emboca y sientes curiosidad por cual será su pueblo hermanado en Indonesia, Ella dijo destruye es tu libro. A mí me ha dejado fascinado y se ha convertido en una de las mejores lecturas del año. El primer libro de un autor que recoge sus relatos publicados en antologías y revistas suele ser bastante irregular, el de Nadia Bulkin es sobresaliente. La única pega: el color azul oscuro de la fuente sobre fondo negro en la portada, contraportada y solapas. Por lo demás, yo nunca he sido del centro, siempre de la periferia.






Nantes: los cruasanes de Honoré y las líneas de sombra

Nemo, Julio Verne y sus movidas
Después de Gales le tocó el turno a Nantes. Y como en Gales, tuvimos bastante suerte con el tiempo. Es a lo que uno se arriesga cuando le da por viajar en otoño, al mal tiempo. Así que aunque fuimos preparados, no hubo necesidad de echar mano ni del paraguas ni del abrigo gordo. Incluso un poco de crema solar no habría venido mal. 


Nantes bien puede ser el reverso luminoso de una ciudad en otro tiempo industrial. Si como decían en La Guerra de las Galaxias la fuerza existe en equilibrio, Nantes se halla del lado bueno de ésta. Nantes es una ciudad que hasta el siglo pasado fue la capital de Bretaña,  y que para evitar rivalidades con la vecina del norte, Rennes, se convirtió en capital de Pays de la Loire. Decisión salomónica que dejó a todos contentos y que no cortó la conexión de Nantes con sus orígenes bretones. Que una cosa son los mapas y otra distinta la gente. Como en casi todo Occidente, especialmente en Europa, la ciudad sufrió una reconversión industrial a partir de los años setenta y ochenta, que la dejó convertida en un erial. Y es a partir de este siglo cuando empieza a levantar cabeza. Como en el caso de Valencia y Bilbao en España, Nantes entra en la posmodernidad como ciudad turística y de servicios. Buen ejemplo de esto es Las máquinas de la isla, atracción turística construida en la Isla de Nantes, antaño hogar de los astilleros de la ciudad. Inaugurada en 2007, Las máquinas de la isla reconvierte un espacio industrial abandonado y deprimido en uno de interés turístico. Lo interesante para los aficionados al fantástico es que las atracciones tienen una estética steampunk, combinando a Julio Verne con Leonardo da Vinci. Me hubiese gustado ver a ese concejal de urbanismo proponiendo esta idea en el pleno municipal.


Efectivamente, a mí de Bretaña sólo me interesan las galettes y la sidra

El centro histórico de Nantes es el típico de las ciudades francesas tipo Montpellier, Toulouse, Bourdeaux o Lyon: catedral, grandes avenidas, edificios de estilo dieciochesco y tranvía. Merece mucho la pena visitar el castillo de los duques de Bretaña, cuyo interior es el Museo de Historia de Nantes. Pese a que cuenta con muchos y distintos museos e instalaciones culturales, como el de Julio Verne o el planetario, el Museo de Historia de Nantes es el más interesante de todos ellos, junto al Museo de Bellas Artes. Bien construido y equipado, recorreremos la historia de la ciudad a través de varios capítulos, divididos a su vez en varias salas de exposición. Existe un pase que se puede comprar en la oficina de turismo, válido por 24, 48 o 72 horas, para acceder a museos, atracciones culturales y transporte público, pero descubrimos que realmente no es muy necesario. Vas a ir a todos los sitios andando, y salvo que visites todos los museos, no acaba compensando.


Señor@s mayores en Pornic esperando la muerte

También dio tiempo a un par de excursiones: Trentemoult y Pornic. Trentemoult es un pueblecito cerca de Nantes al que se accede en navibus. El encanto, entre comillas, es que las casas están pintadas de distintos colores y tienen distintos murales en las paredes. Merece la pena por el viaje en barco. Pornic ya es otra cosa, una pequeña ciudad de la costa atlántica, a una hora en tren de Nantes, destino turístico de las clases medias francesas. Eso sí, elegimos malas fechas para visitarlo. El día antes fue fiesta nacional, y entre eso y los veinte grados de temperatura, hicieron que ese sábado estuviera abarrotado. Aún así encontramos sitio para comer, dimos una vuelta, nos tostamos un poco en la playa y visitamos uno de los túmulos megalíticos que se encuentran cerca del pueblo. Que igual he leído mucho terror, pero no encontrarme a una secta pagana realizando rituales de sacrificio al dios sol me decepcionó un poco. ¿Dónde están los druidas cuando uno los necesita? Con tiempo y coche, hay varias rutas que discurren por la costa. Pero eso tendrá que ser en otro momento. 


Yo cuando se acaban las vacaciones
Nantes es una ciudad tranquila y homologable a otras ciudades europeas occidentales. Me sigue recordando a Valencia y Bilbao, pero con un urbanismo mucho más estudiado y organizado. Supongo que habrá habido menos pelotazos. Desde luego nada que ver con la fealdad, el desorden y la sordidez británicas, que parece que no hay casco histórico sin su centro comercial. Algo de lo que escapan Edimburgo y un par de ciudades más. Lo que está claro es que han sabido jugar sus cartas y de momento les ha salido bastante bien. Desde luego como escapada de fin de semana para comer galettes, beber sidra y dar paseos, está muy bien. Si estiras la estancia unos días más como nosotros da para pequeñas excursiones como Pornic y Trentemoult. Galette, paseo, museo, sidra, paseo, galette. Y así un día tras otro.

Cuando paseas por la ciudad está bien levantar un poco la vista y comprobar el nombre de las calles. Copérnico, Voltaire, Russeau... Filósofos, científicos, personajes históricos de la región y hasta acontecimientos históricos más recientes, como víctimas del nazismo y la batalla de Stalingrado, tienen su espacio en el callejero de la ciudad. Mientras unos inauguran esculturas dedicadas a la legión, otros pasean tranquilamente por el boulevard de Stalingrad. 


Francia es ese país donde la gente habla raro, es amable y se come bien. ¡Si hasta hacen cola por la mañana para comprar el pan y algún dulce! Hubiese preferido vivir en Francia en vez de en Reino Unido, pero la vida te lleva por caminos raros y acabé en la Bretaña mala. Francia sigue siendo para mí un lugar por descubrir y al que volver de vez en cuando. De momento, hacer cumbre en Gredos y organizar unas rutas por La Mancha en busca de los primigenios (o de Joaquín Reyes disfrazado de primigenio) están en primer lugar. Después, puede que le llegue el turno a Bretaña: ir en busca de Astérix y Obélix. Mientras tanto, recordaremos haber bebido sidra bretona en tazas de porcelana. ¡Vive la France manque pierda!







Gales: colinas, castillos, playas y pueblos fantasma

¡Por la derecha no, por la izquierda!
 

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y descartando otras opciones como las Shetland y Córcega, este año tocó Gales. Y será por el cambio climático, por potra o por ambas cosas, pero como el año pasado en Escocia, disfrutamos de cielos despejados y bastante sol; tanto sol que casi me quemo. Y al igual que no nos encontramos con bandas de forajidos y zombis en Escocia el año pasado, tampoco tuvimos la suerte este año en Gales de dar con la dama del lago y los caballeros del rey Arturo. ¿Dónde se habrán metido? Porque una de las cosas más chulas de este país, Reino Unido, es el folclore popular. Están las tres hermanas que desafiaron la prohibición religiosa de trabajar el domingo y por esta transgresión se convirtieron en piedra. Tres rocas en lo alto de una colina que bajan todos los años al valle y que si tienes la desgracia de verlas moverse vendrán a por ti. Una leyenda que encontré reformulada hace poco en uno de los relatos que componen You'll Know When You Get There, el libro de la estadounidense Linda E. Rucker. También hay ecos de Lisa Tuttle y Ramsey Campbell.


¿Os acordáis de Flipper?
Gales, como Escocia e Inglaterra, es una sucesión de franquicias y centros comerciales. Algo que en España comenzó a suceder no hace muchos años y que aquí lleva décadas, que es la sustitución del comercio local y de proximidad por grandes franquicias. Un poco por eso evitamos las grandes ciudades. Sí, pasamos por la capital, Cardiff, pero no por Newport y Swansea. Como en Escocia y el norte de Inglaterra, son ciudades con un pasado industrial que buscan reinventarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Así pudimos ver pueblos dedicados al turismo estival completamente desiertos en octubre. Como decían en este artículo de The Guardian, los pueblos de la costa se están convirtiendo en parques temáticos para ricos.

De Cardiff al Snowdon, pasando por Hay-on-Wye y Merthyr Tydfil, atravesamos Gales de sur a norte subiendo por la costa. A pesar de esa homogeneidad imperante y cada vez más preocupante, Gales tiene muchas cosas que ofrecer al viajero. Sus parques nacionales es una: el parque nacional de Brecon Beacons con Hay-on-Wye, el pueblo con más librerías por habitante del mundo, está muy bien para perderse haciendo una ruta por la montaña y acabar el día en una casa de té tradicional de cualquier pequeño pueblo. O el parque nacional de Pembrokeshire, también al sur, de Tenby hasta Saint David's, uno de los pueblos más preciosos del país, con su catedral y su palacio episcopal de postal de ensueño. Ya en el norte tenemos el parque nacional de Snowdonia y la isla de Anglesey, que como Finisterre en Galicia dispone del pequeño pueblo de Holyhead, el fin del mundo galés. La isla dentro de la isla dentro de la isla. ¿Cómo te quedas, Christopher Nolan? Otra de las cosas que ofrece Gales en esta época del año es paz y sosiego para disfrutar de sus paisajes de colinas sin árboles.


¿Que qué nos han dado los normandos?

Como en Escocia el año pasado y como en Mánchester en el día a día, en Gales siguen insistiendo en hablar un idioma ligeramente parecido al inglés, motivo de equívocos de divertidas consecuencias, como ir a pedir dos cervezas de marcas locales y acabar bebiendo cerveza elaborada en EEUU. Este año hubo pocas interacciones con autóctonos, más reservados y menos amables que en Escocia. También pudimos observar que el turismo en Gales, en general, es turismo interno: ingleses, sobre todo en esa época del año, parejas de jubilados y familias con pasta. Si en Escocia han podido mantener sus tradiciones vivas frente al vecino del sur, en Gales todo queda más impostado: como el Madrid que todo lo engulle, Gales se ha vaciado y ha quedado como decorado turístico para los ingleses.


Encrucijada donde Robert Johnson vendió su alma al diablo


Gales es un buen destino de vacaciones si te gusta caminar por el monte y las actividades al aire libre, también resulta muy interesante sumergirse en su historia y estudiar sus leyendas y mitos, que como sucede por estas tierras, están muy bien aprovechados. Hay rutas para ir en bici, puedes hacer rafting en sus ríos y lagos, también disponen de un montón de actividades para familias con niños pequeños y en definitiva, es un buen lugar para perderse y disfrutar de sus cielos encapotados o, si tienes la suerte que tuvimos, de ese toldo azul al que llaman cielo, que diría Wilde. Y sin ser muy aficionado a El señor de los anillos o a la obra de Tolkien en general, resulta muy difícil no pensar en La comarca y los hobbits.

Como la meseta leonesa y castellana pero con mar


Para mí, que llevo ya casi cuatro años en esta isla y que he desarrollado una relación de amor-odio con mi país de acogida, Gales me ayuda a reconciliarme con esta tierra y con un país cada vez más cerrado en sí mismo y lleno de prejuicios al diferente. Me encantan su literatura y algunas de sus manifestaciones culturales, sobre todo musicales, y quizás si no fuera por el hecho de vivir en el país, no me hubiese planteado visitar Gales, pero no me arrepiento del viaje. Y bebimos cerveza a £1,49 la pinta. ¡A £1,49! Eso sí, casi imposible encontrar marcas locales. Para eso ya está el hermano mayor, Inglaterra. 

Nada mejor para bajar el fish & chips de la cena que un paseo por el cementerio


Durante las casi 1400 millas (o casi tres millones de varas castellanas, aquí a tope con las tradiciones) de coche nos acompañaron Suede, Leia Destruye, Wolf Alice, Hurray For the Riff Raff, Franco Battiato, Delaporte y un largo etcétera, una lista de reproducción que amenizó los paisajes galeses. ¿Qué me llevo de Gales? Pues un par de kilos, unas cuantas cervezas trasegadas, un libro de Úrsula K. Le Guin y muy buenos recuerdos. El año que viene toca disfrutar del Goth Weekend de Whitby celebrado en octubre; o de Cuenca.