'Mortal Echoes: Encounters With the End': la muerte llama a tu puerta


La colección Tales of the Weird de la British Library no tiene editor jefe.
Desde mi punto de vista, dado el espíritu de la misma, de rescate de la literatura popular, me parece un acierto. Lo weird, lo extraño, es una categoría porosa, donde caben muchos géneros y subgéneros. Así como otras colecciones de la British Library están más acotadas, teniendo más sentido el papel de editor jefe, no sucede lo mismo con Tales of the Weird. Es lo que hace que sea tan variada temáticamente y que permita abordar cada libro como una colección única. También es el motivo de que sea una colección viva. Cada mes o casi cada mes se publica un libro nuevo. Algunos temáticamente llamarán más la atención que otros; también habrá selecciones más acertadas de relatos que otras. En cualquier caso, tras varios años y casi treinta libros publicados, parece que la fuente no se agota.


Mortal Echoes: Encounter With the End fue uno de los primeros libros de la colección. Editado por Greg Buzwell, está más centrado en dar a conocer las grandes joyas del género que en rescatar perlas olvidadas. La colección abre Le Fanu, sigue con Poe, Howthorne, Dickens, Bierce... Hay espacio para pequeñas joyas de May Sinclair y Marjorie Bowen, pero en general estamos ante un conjunto de relatos que apuestan sobre seguro. Y eso no es malo. Quizás el hecho de que fuera uno de los primeros libros de la colección, antes de que se definiera más así misma, es el motivo por el cual no sea una colección demasiado arriesgada.


El libro centra su tema en esos encuentros con la muerte, en los personajes afrontando su propio fin, resistiéndose a su destino. Una selección lo suficientemente ecléctica para no aburrir al lector que se acerque por primera vez a este tipo de literatura y que contiene alguna pequeña sorpresa para el lector ya curtido en estas lides. Where Their Fire is not Quenched de May Sinclair es probablemente, como dice Greg Buzwell en la nota introductoria, una visión del infierno bastante peculiar y terrorífica. O el casi creepy pasta Death by Scrabble de Charlie Fish que cierra el volumen.


En conjunto Mortal Echoes son quince relatos que van desde lo más clásico hasta lo más moderno, recorriendo tres siglos de autores y autoras, de estilos y formas diferentes. Es una de las mejores maneras de adentrarse en este mundo de vicio y perdición que supone Tales of the Weird. Por si acaso, haced caso a Ilegales: si la muerte os mira de frente, poneos de lao. No me seáis...



'The Platform Edge: Uncanny Tales of the Railways': ¡Pasajeros al tren!


Ya llegó el Talgo a tu ciudad

Igual que con el avistamiento de platillos volantes en los años cincuenta del siglo pasado o con las apariciones de barcos fantasma en la época de los descubrimientos, cuando se populariza un medio de transporte automáticamente surgen las historias de fantasmas y las maldiciones alrededor de este medio.
En este caso, el tren no podía ser menos. Dice Mike Ashley en la breve introducción de esta antología, que sólo en Inglaterra ocurrían cientos de accidentes al año con cientos de víctimas mortales. ¿El precio del progreso? En cualquier caso, no es de extrañar que debido a tanto accidente y tanta muerte empezaran a surgir, casi desde el comienzo, historias sobre trenes y estaciones encantadas.


Mike Ashley, el editor de esta colección, divide el libro en tres partes: Departures in the Light, que contiene los relatos más clásicos sobre el tema, Approaches inthe Dark, donde nos sumerge en el mundo del metro y los trenes subterráneos (Cortázar tiene algún relato terrorífico sobre el tema) y Return to the Light, que a través de los relatos de Scott Fitzgerald y Campbell nos devuelve a la luz del día para completar un viaje desde principios del siglo XIX hasta finales del siglo XX.


The Platform Edge destaca por la buena selección de los relatos hecha por Mike Ashley. Ashley, que no es nuevo en esto, pues ya ha colaborado con otras tres antologías a esta colección y además ha sido el editor jefe de otra maravillosa colección de la British Library, en este caso la de Classic Science Fiction, demuestra su conocimiento y su buen hacer. No sólo es que incluya un relato de un autor desconocido para el público que se editó hace más de cien años en un periódico de San Francisco, por poner un ejemplo, es que el relato merece la pena ser leído. No opta por lo más clásico o lo más conocido, que tampoco sería malo (aquí no encontrarás El guardavía de Dickens), sino que prefiere ofrecer relatos y autores menos conocidos.


Todavía me sigue maravillando que una institución como la British Library se dedique a rescatar y dar a conocer joyas de la literatura popular de los últimos dos siglos. Lo hace con su colección de Ciencia Ficción, con la de Crímenes, con la de Mujeres escritoras y lo hace con esta de weird fiction. Y me maravilla que existan editores como Mike Ashley, que demuestran con libros como este su cariño y su profundo conocimiento sobre el tema en cuestión. ¿Veremos algo así en España? ¿Alguien se dedicará a recuperar esas joyas ocultas del pulp? Siempre nos quedará Valdemar.

'Nostalgia de otro mundo': Ottessa Moshfegh contra la humanidad

La primera edición de Penguin tenía esta portada

A veces un libro te lleva a otro libro, o a otra película, o a un disco, saltas de autor en autor, de género en género y  al final es fácil perder el hilo, saber la causa, el motor primero que dirían los tomistas, del porqué has acabado con ese libro en tus manos.
Es lo que me pasa Nostalgia de otro mundoHomesick for Another World en su título original. No tengo ni idea de dónde oí hablar de la autora, Ottessa Moshfegh, sólo sé que acabé con su libro en mi biblioteca.


Nostalgia de otro mundo es el primer y hasta ahora último libro de relatos de Ottessa Moshfegh. Dentro de la gran tradición estadounidense, aunque a veces la han comparado con Raymond Carver, se acerca más a la prosa de John Cheever, no tanto por el estilo sino por la temática. Carver retrata a la clase trabajadora, Cheever a la clase media de los suburbios. Los personajes de Ottessa Moshfegh, hombres y mujeres, suelen pertenecer a esta clase media estadounidense venida a menos. Una visión nada halagüeña y amable. La característica de su obra, tiene que ver con su biografía: Moshfegh es hija de inmigrantes. Además de una mezcla poco común: su padre es un judío iraní y su madre croata. Ambos músicos. En alguna entrevista comenta lo difícil que fue para sus padres y para ella vivir y crecer en esos suburbios americanos. Clase media, sí, pero inmigrantes.


Los protagonistas de Nostalgia por otro mundo son seres dañados cuya característica principal es la falta de empatía, la incapacidad de ponerse en el lugar del otro. No es que sean egoístas, sino que padecen de algún tipo de psicopatía que les hace imposible empatizar con su entorno más cercano. Son mentirosos, están solos, son drogadictos... También son  o suelen ser personajes dañados físicamente, con los dientes podridos, o mal olor corporal, o acné, o padecen transtornos alimenticios de algún tipo... La propia autora sufrió una enfermedad de la piel que la obligó a encerrarse en la casa familiar hasta curarse. Este tipo de monstruos, cuya característica principal es la incapacidad de sentir como sienten los demás, no son más que el espejo deformado de la realidad, el reflejo de nosotros mismos.



La otra característica de esta colección de relatos son los finales, donde no hay ninguna epifanía, ninguna revelación. Como la vida misma, no hay final, sólo un seguir frustrante o un desvancerse. Lo único que hace digerible tanta miseria es el humor negro, muy cercano a la crueldad de Roald Dahl, que nos recuerda la humanidad perdida de los personajes. Y es que reír, por mucho que le joda a Jorge de Burgos, nos hace humanos.

'Los elementales': para hacer bien el amor hay que viajar al Sur con Michael McDowell

 


Michael McDowell fue un escritor y guionista estadounidense.
Unos años más joven que Stephen King, empieza a publicar a finales de los setenta, desarrollando la mayor parte de su carrera como escritor en la siguiente década. Sin llegar al nivel del espídico King de los ochenta que no dejaba de darle a la tecla, McDowell publica al ritmo de uno o varios libros al año durante esa década, además de compaginar su faceta de escritor con la de guionista. Trabaja con Tom Holland, el director de Fright Night -Noche de miedo en España- en un capítulo de Historias de la cripta, con el que repetiría para dos adaptaciones de King, The Langoliers y Thinner. Aunque su trabajo más conocido es el guión de Beetlejuice. 

La característica fundamental de la obra literaria de McDowell tiene que ver con su procedencia: Alabama. Pertenece a la escuela de Faulkner (¡en este pueblo hay verdadera devoción por Faulkner!), Carson McCullers, Flannery O'Connor y un largo etcétera de autores y autoras que conforman, cada uno a su manera, eso que se ha venido a llamar Gótico sureño, cajón de sastre donde caben Anne Rice y Tenesse Williams y donde McDowell ocupa un lugar destacado. O debería, porque si apenas hay traducciones en español, hasta que Valancourt Books no comenzó a reeditar su obra en inglés la pasada década, había caído en el olvido. 



Los elementales es su obra literaria más conocida. Dos familias sureñas, los Savage y los McCray, después del funeral de la matriarca de los Savage, se van a pasar el verano a Beldame, una playa aislada donde se levantan tres casas: una habitada por los Savage, otra por los McCray y la tercera permanece abandonada, siendo invadida por la arena de la playa, que forman dunas que parecen no detenerse. Dentro de otra tradición o subgénero, el de las casas encantadas (Casa infernal de Matheson, La maldición de Hill House de Jackson...), McDowell introduce la idea de herencia, una herencia que pesa como un destino inexorable, al estilo de los personajes trágicos de los mitos griegos.


El título de la novela alude a los espíritus malignos que habitan la casa abandonada y que son llamados elementales. Elementales porque son como una fuerza de la naturaleza. Como en la obra de Algernon Blackwood o William Hope Hodgson, esta manifestación sobrenatural es tratada como una tormenta o un terremoto, como un poder superior que considera insignificante a los seres humanos y que trae una destrucción que parece no tener propósito alguno más allá de la destrucción en sí misma. No se puede razonar con los elementos de la naturaleza, ni tampoco con los elementales.


La novela, dividida en tres partes, va construyendo una tensión narrativa a través de pequeños detalles: una habitación vacía en la casa abandonada con un vaso de agua y una jarra sobre una mesa. Pequeñas apariciones o accidentes que se van multiplicando, mientras vamos conociendo más acerca de estas dos familias. Porque McDowell, como King, es un escritor costumbrista, enmarca su horror, su terror, en lo cotidiano. Y también, como King, adolece del mismo problema: finales abruptos, acelerados, que sin dar al traste con la novela, pueden dejar un sabor agridulce. Lo que ha construido con esmero y sutileza durante tantas páginas, parece irse al traste. Aún así, Los elementales es una novela de casas encantadas que trata sobre la culpa, la herencia, los secretos familiares y las complicadas relaciones entre sus miembros; es una novela sobre el Sur de Estados Unidos. 





'The Imago Sequence and Other Stories': el porqué todos amamos a Laird Barron

 


The Imago Sequence and Other Stories es el primer libro de Laird Barron ese señor con parche.
Aunque ya llevaba unos cuantos años publicando historias en revistas y antologías diversas, este es su debut como escritor profesional. Nueve historias que lo descubrían como uno de los mejores narradores de su generación y que aunque se mueven por distintos terrenos, tienen en común lo que se ha venido a llamar horror cósmico. Algunas tienen toques de hardboiled, otras de ciencia ficción, pero el denominador común de todas es el elemento fantástico, siempre terrorífico, que hace acto de presencia.


Como los viejos escritores pulp de principios de siglo, una fuente importante de los ingresos de Laird Barron son sus relatos, la mayoría escritos por encargo. Ocho de los nueve relatos que forman el libro fueron publicados antes en revistas y antologías. Lo que es algo llamativo, no por el hecho en sí, sino porque la sensación que uno tiene al leer el libro es la de unidad, la de un todo. The Imago Sequence and Other Stories son distintas variantes de un mismo tema. Es algo que repetiría en sus siguientes dos colecciones de relatos.


Ground Control to Major Tom


Desde Old Virginia, el primer relato, hasta The Imago Sequence, el último, los protagonistas de Barron no buscan lo oculto, simplemente se encuentran con ello. Este elemento disruptivo es el que utiliza Barron para generar una tensión narrativa que nos tiene en vilo y en el mayor de los casos nos pone los pelos de punta. Como en los relatos de Julio Cortázar, la otredad, esa otra realidad que hace acto de presencia y que amenaza nuestra realidad, es la que acaba devorando a los personajes.  


Barron siempre en mi equipo

Pese a ser un señor con parche que podría cultivar el misterio a lo Thomas Ligotti, Laird Barron se prodiga bastante en entrevistas y podcast. Si alguna vez os asomáis a esa otra vertiente suya, descubriréis a un tipo inquieto, curioso y amable, que no tiene problema en compartir un rato de su tiempo para disertar sobre cine y literatura. Y si sólo te interesa su obra, pues está bien también.  Puede gustar más o menos lo que escribe, pueden gustar más o menos sus opiniones, pero es difícil no querer a Laird Barron, excepto que seas el imbécil de T. S. Joshi, el señor del parche.

'Heavy Weather: Tempestuous Tales of Stranger Climes': cuando la naturaleza no perdona

 

Son casi ya una treintena de libros los que ha publicado la British Library en esta serie de Tales of the Weird. En este Heavy Weather: Tempestuous Tales of Stranger Climes, como el título indica, va sobre eventos climáticos extraordinarios. Fue publicado a principios de este 2021, en plena pandemia, lo que hace todavía más inquietante su lectura. Los tiempos que vivimos impregnan la selección de los relatos y nuestra aproximación a ellos. 


Aunque pueda resultar extraño, el libro comienza con un extracto de History of a Six Weeks Tour, de Mary y Percy Shelly. Un libro de viajes que recoge las consecuencias climáticas de la erupción del volcán Tambora en 1815, un evento de dimensiones cataclísmicas: un acontecimiento imprevisible en Indonesia afecta al mundo entero. Le siguen relatos de Melville y Poe, también aparecen en el libro Benson, Blackwood... y Hodgson. Through the Vortex of a Cyclone es un relato que sólo podría haber escrito Hodgson. No hay nada extraño o fantástico, sólo la naturaleza, indiferente, manifestándose con todo su poder destructor. Hodgson, que como marinero tuvo la ocasión de navegar bajo un ciclón, describe de una manera totalmente evocadora esta experiencia extrema. Los sonidos del mar bajo la tormenta, la naturaleza desatada e indiferente... Uno de los mejores relatos de la colección.


En A Mild Attack of Locusts Doris Lessing transforma a las langostas en una nueva plaga bíblica. Como la lluvia o el viento, las nubes de langostas devoran cosechas. En Monsoons of Death, de Gerald Vance, ambientado en una futura colonia marciana, los personajes viven asediados por un enemigo que, como en La cosa de Carpenter, hacen frente a un enemigo que busca su destrución y con el cual no es posible comunicarse ni razonar. The Great Snow es una mezcla de El día de mañana y La carretera. que junto a The Birds, el relato de Maurier que cierra el libro y en el que se basó Hitchcock para su película, aportan su parte de distopía a la colección.


La selección de Kevan Manwaring es variopinta, heterogénea, pero también acertada. Muchas veces las antologías, especialmente si son sobre temas muy concretos, acaban convertidas en cajones de sastre. Existe espacio para un libro de viajes, para extractos de una novela como The Purple Cloud, para los clásicos del horror cósmico, para el macabro, para la ciencia ficción...  En este libro hay un hilo que une los distintos relatos, un discurso ecologista, apenas sugerido, que sirve de pegamento. Arde el Amazonas y una ola de calor golpea Canadá mientras la pandemia sigue su curso. La naturaleza no perdona.

'Páradais' de Fernanda Melchor: miseria, violencia y machismo

 

Fernanda Melchor consiguió en su anterior novela, Temporada de huracanes, crear la metáfora, el símbolo perfecto, que explicara la violencia. No la violencia en su país, México, sino la violencia en general. Hablaba de México, sí, y desde otros países, especialmente europeos, se veía esa violencia mexicana como algo lejano y exótico, pero también tenía algo que enganchaba y era precisamente el servir de modelo para enteder cómo se produce la violencia y cómo se reproduce, al igual que la miseria. Como en un nuevo Macondo, esta vez mexicano, analizaba las causas materiales que llevaban a la violencia, no justificándola, pero sí tratando de entenderla, sabiendo que en la mayor parte de los casos, no tiene sentido, y lo hacía partiendo de un crimen.


En Páradais Fernanda Melchor sigue el mismo esquema que en su novela anterior para analizar esta vez el machismo. Un machismo que atraviesa la sociedad y que no entiende de clases sociales. Lo asesinatos machistas, llamados femicidios en Latinoamérica, suelen relacionarse con personas de estrato humilde. Así se explica el machismo por la miseria y la falta de cultura, ligando miseria y violencia. Fernanda Melchor impugna ese discurso reconstruyendo un femicidio desde cero.


Aunque de pasada, Melchor analiza las frustraciones del hombre blanco cishetero, algo en lo que el francés Michel Houellebeq es un experto. Si estamos inmersos en la economía del deseo, si nuestras pertenencias definen nuestra identidad (como aquel eslogan de Viceroy: no es lo que tengo, es lo que soy), el deseo, frustrado en este caso, conduce a la insatisfacción y en última instancia a la violencia.

Houellebeq anuncia que se une a los heavies de Gran Vía


También hay otro tema, presente en otros autores latinoamericanos: el deseo de escapar. Desde Mariana Enríquez hasta Mónica Ojeda, existe una pulsión escapista en sus personajes. El deseo de dejar de ser, el deseo de ser otros, la necesidad de escapar para conseguirlo. Este escapismo no sólo tiene que ver con un cambio de lugar unido a una mejora de condiciones, también tiene que ver en Páradais con escapar de la culpa. El protagonista no quiere hacerse responsable del crimen que ha cometido. La culpa siempre la tiene el otro.


Después de Aquí no es Miami y Temporada de huracanes, Fernanda Melchor demuestra con Páradais que es una de las mejores narradoras de su generación, ya que vuelve a demostrar una vez más una de las caraterísticas más importantes de su obra: su dominio del registro oral. Creo que pocos escritores, del pasado o del presente, brillan a la misma altura a la que lo hace Fernanda Melchor.

'Kentukis': Samanta Schweblin y el desierto de lo real

 


Habiendo nacido en el 85 formo parte de una generación que ha conocido el mundo analógico pero que rápidamente se adaptó a los cambios que trajo la Revolución Digital. Creo que era Slavoj Zizek, filósofo y provocador esloveno, el que decía que era más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo, refiriéndose a las obras de ficción actuales. Afirmación a la que habría que habría que darle una vuelta de tuerca más: para mucha gente es más fácil pensar en el fin del mundo que en retroceder y volver a vivir como se vivía hace dos o tres décadas.


La Revolución Digital, esa que Lassalle, uno de los pocos liberales españoles, definía en su ensayo como Ciberleviatán que todo lo arrasa, tiene una magnitud igual o superior a la anterior revolución, la industrial. Ya existe una generación que sólo ha conocido este mundo digital, y para las anteriores, una vuelta al pasado resulta casi impensable. El primer móvil, la primera conexión a internet, el nacimiento de las redes sociales, todo esto, fueron pequeños cambios que introdujimos en nuestras vidas, cambios que avanzaban en una dirección y que ahora forman parte de lo que somos.


Samanta Schweblin en su novela Kentukis pone la vista en uno de esos cambios, en un nuevo paso adelante de esta Revolución Digital en la que vivimos inmersos. Los kentukis son pequeñas mascotas con forma animal y con una webcam incorporada. Estos kentukis son controlados por personas anónimas. Así se divide a las personas entre amos de kentukis y kentakis. Entre gente que se exhibe y gente que observa. No hoy manera legal de elegir amo, sino que se establece la conexión de manera automática, y este vínculo termina cuando el kentaki es dañado o su batería se descarga.


Estaré loca pero por lo menos estoy actualizada, pensó. Tenía dos vidas y eso era mucho mejor que tener apenas media y cojear en picada. Y al final, qué importaba hacer el ridículo en Erfurt, nadie la estaba mirando y bien valía el cariño que obtenía a cambio.


Kentukis es un recorrido por esta nueva novedad tecnológica y los efectos que produce en los distintos personajes. Algunos de sus capítulos, individualmente, podrían fácilmente ser adaptados para una serie como Black Mirror. Lo que separa a ambas obras es que en la novela de Schweblin no hay o no se intuye ningún discurso tecnófobo detrás, o alguna suerte de moraleja. Sólo imagina como sería un mundo con kentukis: la persona que vive a través de su avatar, el espía, el pedófilo... Distintos usos y también distintas consecuencias que estos kentukis producen en nuestras vidas, que no dejan de ser un remedo de todo lo existente. No necesita armar un discurso para alertar de los peligros de las nuevas tecnologías, sólo describir cómo sería su incorporación a nuestras vidas.


¿Por qué las historias eran tan pequeñas, tan minuciosamente íntimas, mezquinas y previsibles? Tan desesperadamente humanas.


Schweblin tampoco está interesada en la empresa que vende los kentukis, en toda la parte más macro, sino en cómo esta tecnología nos afecta como individuos. Las posibilidades que ofrece y las que finalmente se usan. Kentakis es el espejo donde mirarnos y que muy bien podría acabar con la siguiente frase: bienvenidos al desierto de lo real.


¿Dos citas de Zizek en una entrada? Bien, chaval.