'Audition' (1999) y 'Versus' (2000): manual de supervivencia

Audition (1999) es una película dirigida por Takashi Miike basada en la novela de Ryu Murakami. Además es junto a Ichi de Killer (2001) una de las películas más conocidas del autor. Quizá por esto Audition también es de las películas que tras Ringu (1998) más vemos metida en el saco del J-horror. Por aquí me explayo un poco más sobre el tema, pero no, Audition no es J-horror. Y no lo es porque el J-horror esté especialmente codificado, pero no cumple con algo tan básico como el de tener elementos sobrenaturales. 

La película, basada en la novela del Murakami bueno, narra la historia de un señoro japonés viudo que se quiere volver a casar. Para eso cuenta con otro señoro amigo suyo, cuya profesión como productor le permite organizar un casting de actrices, el cual es la excusa para seleccionar a su próxima mujer. El casting es su catálogo de mujeres. Ahí es donde conoce a Asami, su elección como futura esposa. Después de una breve relación, desaparece de su vida.


Al igual que en la novela, Audition consta de dos partes bien diferenciadas. Una realista, casi costumbrista, que describe la vida de este viudo, con su trabajo, su hijo adolescente, la empleada del hogar que se ocupa de las tareas de casa porque claro, él es un hombre, y su obsesión creciente por Asami. En la otra parte nos adentramos en el surrealismo y el gore, con la mente de Aoyama, el viudo, intentando escapar del dolor que le causan las torturas de Asami, que ha reaparecido en su vida. También, en ese viaje hasta el momento actual, descubre el pasado bastante oscuro de Asami.


Ábalos pensando en lo que viene después del café, la copa y el puro

Si en cuanto a tono la narración cambia completamente y podemos distinguir sus dos partes, lo mismo sucede con la realización. Miike pasa de esa cierta sobriedad costumbrista al dirigir, a introducir otro tipo de planos, poniendo la cámara en otros sitios y con otros ángulos, variando de una fotografía natural a otra más artística, y casi sin darnos cuenta, llegamos a ese final donde lo real se confunde con los recuerdos y los sueños. Del ritmo pausado pasamos a otro más frenético que acaba en el clímax de la tortura de Aoyama a manos de Asami. Muchas veces Miike usa el recurso de la cámara fija y mantener el plano. Aunque lo más destacado es cómo rompe con la lógica de la realidad, casi como si fuera una de las películas surrealistas de Buñuel. Porque lo frenético no está en la dirección, sino en la historia que cuenta, cuya resolución se precipita.

Cuando te hacen ghosting en Tinder pero no lo asumes

Se suele catalogar a Audition colgándole etiquetas como la de precursora del torture porn, haciendo pensar de ella cosas como que es muy bestia o muy bruta. La verdad es que no lo es. Entiendo que todo esto viene del mundo anglosajón, más concretamente de EEUU, y de ese puritanismo tontorrón que de todo se asusta. No he visto las más de cien películas que ha rodado Miike, pero sí unas pocas, y me atrevería a decir sin miedo a equivocarme que esta Audition es de las más accesibles. En cuanto a la parte más gore, la del final, mucha de esa violencia está fuera de plano. Miike te pone la cámara en un sitio y no la mueve, pero no te muestra. Lo incómodo es que te aguanta el plano, y aunque no veas nada, sí escuchas e intuyes lo que está haciendo Asami con Aoyama, cómo lo está torturando. O te aleja la cámara y ahí sí te muestra, pero desde más lejos. En cualquier caso, en cuanto a niveles de gore no se acerca a la primera Saw ni de lejos. O a una de zombis de Fulci, ya que nos ponemos —agujas en los ojos siempre es bien—.

Versus (2000) es una película de acción y zombis dirigida por Ryuhei Kitamura y coescrita por Kitamura y Yamaguchi. Versus es una de esas películas que nos llegaban a los que fuimos adolescentes a principios de los dos mil mezcladas con otras más conocidas, como Ringu (1998) o el caso de la anteriormente mencionada Audition (1999). Alguien te pasaba un cedé o pillabas zapeando en la tele películas como Versus (2000), Ichi the Killer (2001) o Battle Royale (2000) y literalmente flipabas. 

Aunque Miike no le saca ni diez años a Kitamura —uno nació en 1960 y otro en 1969—, se nota que son de distintas generaciones y tienen diferente formación e intereses. Pueden compartir algunos referentes, como el manga y el anime, que son parte de la cultura popular japonesa, o el cine de acción y artes marciales, pero la manera de dirigir es completamente distinta. Miike se curtió en el mundo de los directos a vídeo mientras Kitamura estudiaba cine en Australia y tiene más vocación internacional. Es similar a lo que sucede entre los escritores Ruy Murakami y Haruki Murakami, que parece que vienen de mundos similares y comparten los mismos referentes pero no. En este sentido, Kitamura es como ese amigo del instituto que se había pasado Resident Evil siete veces y que después de ver Matrix se compró una chupa y unas gafas de sol como Neo. Vamos, un flipao.

Porque matar zombis no está reñido con el estilo

En Versus Kitamura mezcla zombis con yakuzas y katanas en una especie de rave espídica que no da tregua durante las más de dos horas que dura la película. En los primeros veinte segundos de peli unos carteles ya nos arrojan la información de que existen unos portales en la Tierra y que el número 444 está en el Bosque de la Resurreción, en Japón, que es donde transcurre Versus. Tenemos al prota, que es un prisionero fugado, a la chica, secuestrada por unos yakuzas que huye con el prota, y a los propios yakuzas. Cada personaje, como en los mangas y animes, está perfectamente caracterizado. Está el de las gafitas, el de la coleta y el chaleco raro, el pelopincho y barbita, el del traje flipao... Tanto los que huyen como los perseguidores son a su vez atacados por zombis, aunque nunca se nombre esta palabra, y cada vez que un personaje muere, vuelve a la vida como monstruo. La película da el giro y convierte todo esto es un ciclo sin fin, donde los personajes son a su vez reencarnaciones de otros personajes condenados a pelear por hacerse con el poder del portal 444. Y luego está el final. Madre mía el final.


Todo el mundo sabe que si sujetas la pistola de lao aumenta la puntería en +1000

El estilo y la realización de Kitamura es videoclipero total, moviendo la cámara todo el rato y sin dar descanso al espectador en ningún momento. El tío sube el volumen al once y se mantiene ahí durante toda la película. En menos de cinco minutos ya te ha hecho dos paneos de 360º a lo Michael Bay presentando personajes, varios POV, un zoom italiano, picados y contrapicados, grandes angulares... Y lo que hace lo hace bien, pero es que no para quieto. Y son más de dos horas de una película de guerrilla que tuvo un presupuesto ínfimo, que si te dicen que fue tres euros y un cacahuete te lo crees. Es lo que genera extrañeza en Versus, ese estilo tan de blockbuster en una peli de guerrilla.

Tanto Audition como Versus son una buena forma de recordar y/o adentrarse en esos comienzos de siglo en los que el cine japonés pegó fortísimo. Ya sean agujas o katanas, sobrevivir a los noventa en Japón tuvo que ser realmente duro. Miike y Kitamura ofrecen, cada uno a su manera, un manual de supervivencia que en la actualidad hoy está más vigente que nunca. No conviene refugiarse en el pasado y la nostalgia, pero huir de la molicie placentera del algoritmo revisitando el cine japonés sienta de puta madre, al menos mientras James Cameron no entregue las armas y pida perdón.




'Cure' (1997) y 'Black Angel' (1997): la década perdida en Japón

Cure (1997) es una película escrita y dirigida por Kiyoshi Kurosawa. Ya he hablado en alguna ocasión en este blog de nuestro pana Kiyoshi. Por no repetirme: de los directores de la nueva ola japonesa de los ochenta, es sin duda el que mejor sabe dirigir y componer planos, además de tener un discurso bastante interesante, aunque a veces como espectador este se te escape de entre los dedos.

Cure es un thriller, ¿recordáis los noventa?: Sev7n (1995), El silencio de los corderos (1991) y demás obras derivadas. Cuando en Japón tratan de copiar/adaptar una moda extranjera siempre les acaba saliendo algo raro, como que no acaban de comprender todos los códigos. A esa extrañeza como espectadores occidentales hay que añadirle, en el caso de Cure, la visión tan particular de Kurosawa.

La película narra unos misteriosos asesinatos que son investigados por el detective Takabe. Las víctimas tienen una equis marcada, aunque los asesinatos hayan sido cometidos por diferentes personas sin relación entre sí. Takabe sospecha que puede haber alguien detrás utilizando el poder de la hipnosis para obligar a personas inocentes a cometer crueles asesinatos. La sinopsis, así de primeras, suena a serie procedimental de Netflix. Pero es que hay mucha más chicha. Mamiya, el desconocido que va por ahí hipnotizando personas y haciendo que cometan asesinatos es una especie de receptáculo del mal. Un mal que está emparentado con la literatura de, entre otros, Algernon Blackwood. El mal es una fuerza de la naturaleza, como un tornado o una tormenta, y como tal no existe una intencionalidad detrás salvo la de ser. El villano no es un psicópata que disfruta de lo que hace, simplemente es el recipiente de este mal. Una idea, la de recipiente del mal, importante y con implicaciones, ya que el mal es viral, se contagia, se transmite. Es esta idea, la de viralidad, un tropo común en la época, como sucede con Ringu (1998), Ju-on (2000) y Kairo (2001), donde otra vez Kurosawa vuelve a esta idea de mal como virus. Otra idea importante detrás de Cure es la de la identidad. ¿Quiénes somos en realidad? Mamiya siempre pregunta a sus víctimas quiénes son. Es el hilo del que tira para llegar a lo hondo del ser, trasladando el mensaje de que todos somos capaces de todo, sin excepción.

Oportunidad para invertir vista en Tecnocasa

En el apartado técnico Kurosawa demuestra ser un director sobresaliente. Cure tiene una fotografía de colores desaturados, gris, que acompaña a los paisajes decadentes y posindustriales tan característicos de otras obras de Kurosawa. Como también característico es el sonido —por dios, la puta lavadora—, donde lejos de usar música, no dejamos de oír ruidos, zumbidos eléctricos o el goteo del agua. Luego está el uso de planos generales y planos secuencia, con los que Kurosawa se saca la chorra. Esa cosa tan del director de presentar a los personajes a quince metros, sin acercarse, rodeándolos de un espacio vacío, muchas veces sucio y decadente. Contribuye a esa sensación de vacío, al ver a los personajes solos, aislados en esos escenarios tan grises y deprimentes. A la vez también son planos llenos de dinamismo en muchas ocasiones, donde los personajes se mueven y la cámara les sigue de manera natural, ocurriendo muchas cosas a la vez.

Black Angel (1997) es una película escrita y dirigida por Takashi Ishii. Ishii es algo más mayor que Kurosawa, aunque también se curtió en el mundillo de los directos a vídeo de los ochenta. Ha dirigido, como no podía ser de otra manera, muchos pinku eiga y algún que otro thriller, como esta Black Angel. Además de guionista y director también es mangaka, condición que influirá en su dirección.

La película cuenta la historia de venganza de Ikko, que cuando tiene seis años ve asesinar a sus padres. Su padre, por cierto, es un jefe de la yakuza. Ikko es puesta a salvo por uno de los subordinados de su padre, que antes de morir la entrega en custodia a Black Angel, una asesina a sueldo de su padre, que a su vez la manda a EEUU para alejarla de los asesinos que la persiguen. Catorce años después, cuando Ikko tiene veinte años, regresa a Japón para vengarse del asesinato de sus padres adoptando el nombre de su salvadora, Black Angel.

Black Angel es un thriller de acción de bajo presupuesto. Si con respecto a Cure decía que a veces los japoneses intentan adaptar obras occidentales y el resultado final es raro, Black Angel es buena muestra de ello. Ya existía desde los sesenta toda una corriente dentro del cine de acción japonés con mujeres como protagonistas, muchas veces persiguiendo una venganza. Sin embargo, Ishii más que beber de ese subgénero de su país está influenciado por Luc Besson y su Nikita (1990). Es en ese sentido en el que Black Angel consigue generar cierta sensación de extrañeza en el espectador occidental.

Azul que te quiero azul

Con Cure y Kurosawa teníamos la de cal, Black Angel e Ishii es la de arena. Si Kurosawa es de planos generales, Ishii opta por planos medios y primeros planos. Los mismo ocurre con la fotografía, que en la película de Ishii es muy contrastada, casi parece un manga, muy saturada y que en muchas ocasiones vira hacia el azul. Compone planos como quien dibuja una viñeta, con unos negros profundos muy chulos. Entre eso y el uso de la lluvia, Ishii le da un toque de cine negro a la película. Si encima tenemos en cuenta el Tokyo que nos presenta, casi estaríamos ante una película cyberpunk con sus callejones sucios, hoteles baratos, discotecas y luces de neón. Y aunque cualquiera palidece ante el talento de Kurosawa, e Ishii ni se le acerca, también tiene sus recursos. De mis planos favoritos de la peli está el de un personaje sentado en la parte trasera de un coche, en primer plano y hablando por el móvil, mientras desde la ventanilla abierta del coche y fuera de foco ocurre la escena de una ejecución. 

Cuando recibes una llamada de spam en mitad de la siesta

Adentrarse en el cine japonés es como caer dentro de la madriguera del conejo en Alicia en el País de las Maravillas: un viaje a otro mundo. Tanto Cure como Black Angel son buenas candidatas para iniciar ese viaje si es que todavía no conoces este otro lado, pero como siempre, ten cuidado, porque es fácil entrar pero lo de salir ya es otro cantar. Si el cine italiano ya es un pozo sin fondo, sobre todo el de los setenta, el cine japonés tampoco se queda atrás. Cure y Black Angel son, cada una a su manera, una visión de esa década perdida en Japón que en occidente empezamos a comprender mejor después de la crisis de 2008. La búsqueda del mal y la búsqueda de venganza tienen lugar en los mismos escenarios deprimidos, unos vacíos y otros llenos de gente, pero en ambos se ve reflejada la soledad y el aislamiento.

Heroiz jantzitako iruzurgileen
atzetik doaz sinetsita
Baina aspaldi ito zen halleluja ederren
abestu zuen eztarria

Hegaka galduta
erabat nahastuta

'Starfish' (2018): pasar el duelo cuando se acaba el mundo

Starfish es una película escrita y dirigida por el británico A. T. White y protagonizada por Virginia Gardner. Se trata del primer y hasta ahora único largometraje de White, además de tratarse de un proyecto de autor que trata un tema bastante personal: el duelo por la muerte de una amigo. Gardner sí es un rostro algo más conocido, ya que se ha dejado ver en unos cuantos proyectos de género, generalmente como secundaria.

El gancho de la película es el subtítulo que usó para promocionarse: una chica, una cinta y el fin del mundo. Es muy de escuela de escritor/guionista, pero funciona. También lleva a engaño, veremos por qué. Starfish narra la historia de Aubrey, el personaje interpretado por Gardner, que acude al funeral de su mejor amiga, Grace. Después del funeral se cuela en su apartamento, donde se queda dormida, para descubrir al día siguiente que ha caído una nevada de tres pares y que el mundo ha llegado a su fin. Además, el fin del mundo tiene tintes lovecraftianos: Existen unas frecuencias en las ondas de radio que son las responsables de abrir unos portales a otra dimensión donde de donde salen unas especie de monstruos similares a los de Strange Things que se cargan a todo bicho viviente. Grace, su amiga, lo sabía, y a través de distintos escenarios Aubrey tendrá que recuperar y escuchar las cintas que le ha dejado si quiere salvar el mundo.

Cinta con los éxitos de Mecano

Las primeras cosas que llaman la atención en Starfish son lo visual y el uso de una tecnología analógica como las cintas de casete. Por un lado, White escoge un look dreamy, introduciendo grano/ruido digital, que en este caso, no queda mal. Creo que funciona porque no trata de darte gato por liebre copiando un determinado look, sino que la apariencia es parte del mensaje. Luego está lo de los casetes. La película sucede en un no-tiempo. Como en It Follows, donde convivían tecnologías de distintas épocas, en Starfish el usa de las cintas de casete refuerza la parte audiovisual. Son un recurso narrativo que sirve para hacer avanzar la trama, Aubrey tiene que desplazarse y buscarlas, pero también son parte importante de cómo luce y cómo suena la película. Lo visual, con ese grano digital, y el recurso narrativo de las cintas de casete, que también introducen otro ruido, el hiseo característico al reproducirlas, son parte de este viaje emocional que propone White en Starfish.

Tu serie de animación sobre el fin del mundo

Decía que el gancho con se promocionó la película puede llevar a engaño: sí, empieza como una película —otra más— sobre el fin del mundo, pero es otra cosa. A través de la búsqueda de las siete cintas escondidas por Grace, reconstruiremos la relación de Aubrey con ella, así como partes del pasado reciente de Aubrey. Cada parte funciona como un segmento, en algunos casos la inmersión en la señal que contiene la cinta por parte de Aubrey nos llevará a partes animadas. Desde el principio, pero muy poco a poco, nos vamos alejando de esa idea de cinta apocalíptica para acercarnos más a lo que realmente es Starfish, una película sobre el duelo. Además, es una película sobre el duelo bastante peculiar, ya que trata el tema desde las sensaciones, intentando crear un estado de ánimo en el espectador. No se trata de una película con una narrativa coherente, de las de tres actos con su planteamiento, nudo y desenlace. Claro que está esa narrativa presente en la película, pero lo sensorial es más importante, el sentir el duelo y sus fases con la protagonista. Por ello creo que existe tanta confusión en cuanto a expectativas y se ha convertido en una película que genera bastante rechazo. Simplemente esperas ver una cosa muy diferente a lo que realmente propone White con Starfish

Que si quiero o que si tengo

El fin del mundo es la metáfora que se utiliza en Starfish para hablar del fin de la vida de un ser querido y su duelo. La culpa, la pena, la rabia, son partes del viaje que propone White en esta particular y peculiar película sobre el duelo. Todo esto reforzado y envuelto en una parte audiovisual y sonora que nos invita a sumergirnos en este viaje de sensaciones. Es como ver Melancholia de von Trier pero sin gente rica en una mansión. Y menos turras. Por eso y porque es realmente bonita, Starfish merece el viaje.
 




'El unicornio' (1965) y 'El escarabajo' (1982) de Mujica Láinez: el triunfo de la belleza

Manuel Mujica Láinez (1910-84) fue un escritor argentino hijo de familia aristocrática. Para los que gustamos del fantástico, Mujica Láinez escribió unas cuantas novelas en las que mezcla Historia y fantasía. El unicornio (1965) es una de esas novelas. Ambientada en el siglo XII, narra la historia de la hada Melusina y de su amor por uno de sus descendientes, el joven Aoil. Melusina de Lusignan, hada enamoradiza, es la protagonista absoluta de esta novela que tiene como telón de fondo la Francia medieval y las cruzadas.

Mujica Láinez utiliza un lenguaje cuasi modernista, al que se puede tildar de manierista. Una cadena de oraciones subordinadas sin fin, una prosa florida y rica en adjetivos, un estilo deliberadamente arcaico... No es fácil entrar de primeras en la novela, la prosa de Mujica Láinez te pasa por encima. Las frases culebrean por el laberinto que es la novela, abrumando y fascinando a partes iguales.

Mujica Láinez demuestra un conocimiento alto en historia y literatura medievales. No en vano se educó entre Argentina, Reino Unido y Francia. Cita unas cuantas veces a lo largo de la novela las obras de Chrétien de Troyes, Marie de France y Béroul. Entre cómo se enseña la literatura en el sistema educativo español y lo poco atractiva que es en ese periodo, solemos desdeñar la Edad Media pensando que todo son poemas épicos. La literatura medieval tiene obras muy interesantes de leer, no sólo como curiosidad histórica, sino por la capacidad de entretener que todavía suscitan. El unicornio recrea no la Edad Media, sino la idea de Edad Media que emana de la obra de los anteriormente citados Chrétien de Troyes, Marie de France y Béroul.

El escarabajo (1982) es, quizá, la obra más redonda y conocida de su autor, publicada unos años antes de morir este. Se trata de otra novela histórica, como El unicornio, pero alejada de los clichés del género. Narra la historia de un escarabajo de lapislázuli, regalo de Ramsés II a su esposa favorita, Nefertari, que dotado de vida y conciencia gracias a un hechizo del hermano pequeño del monarca, pasa de dueño en dueño a través de los milenios. Primero engarzado en un brazalete, luego decorando un anillo, es testigo de distintas épocas y acontecimientos históricos, aunque el escarabajo también sufre vicisitudes como un naufragio, que lo arrojan al fondo del mar, o varios enterramientos en los que acompaña a su dueño a la tumba. 

La originalidad de la obra es la de crear este narrador no-humano, el escarabajo de lapislázuli. Esa voz narrativa, que en cierta medida crece, se desarrolla y se hace adulta a lo largo de la obra, es la que observa, reflexiona y transmite sus pensamientos y experiencias al lector. Su historia transcurre desde el Egipto de los faraones, la Atenas clásica y la Roma de Julio César hasta Roncesvalles, la mítica Avalón, la Venecia de los Polo, la Roma renacentista y la actualidad contemporánea, entre otros, en un viaje que podemos describir como circular. Es el propio Mujica Láinez, último dueño del escarabajo, el encargado de poner por escrito su accidentada vida.

La prosa de Mujica Láinez en El escarabajo es similar a la que usó en El unicornio, a pesar de las casi dos décadas que separan la publicación de los dos libros. Un lenguaje rico, prolijo, casi tan detallista como abrumador, que culebrea como un ouroboros por todo el libro, con una fina ironía que talla una sonrisa en el lector. Sin embargo, no es sólo el estilo, la manera de narrar lo que une estas dos obras, es también el vitalismo y el optimismo, las ganas de vivir que transmite Mujica Láinez. Un autor que como el escarabajo de lapislázuli vive, y lo hace porque como este, pasa de mano en mano, de un lector a otro, trasladando un mensaje cada vez más necesario: el del triunfo de la belleza sobre el caos y lo efímero de la vida. Como en este aforismo de los antiguos navegantes portugueses reformulado por Pessoa, «vivir no es necesario, lo que es necesario es crear».

Mujica Láinez, Manuel (1965). El unicornio. Seix Barral.
Mujica Láinez, Manuel (1982). El escarabajo. Plaza y Janés.





TERROR EN AUSTRALIA vol. 1: 'Peligro: reacción en cadena ' (1980) y Crosstalk (1982)

Peligro: reacción en cadena (1980) es un thriller conspirativo australiano escrita y dirigida por Ian Barry. Los italianos no eran los únicos que cogían ideas de fuera y las reciclaban dándoles un sabor local, y aunque Peligro: reacción en cadena parece El síndrome de China (1979) versión australiana sin Jack Lemon ni Jane Fonda, no es el caso. Se la suele catalogar de copia y explotación de esa película, aunque la producción del film empezó antes. También se la relaciona con Mad Max (1979), a veces queriendo dar a entender que es una copia de ésta, cuando lo que sucede es que comparten reparto —Mel Gibson aparece haciendo un cameo— y George Miller, director de Mad Max, figura como productor asociado. El cine de explotación australiano es una cosa completamente diferente y Peligro: reacción en cadena es un thriller con todo el sabor de los setenta.

Peligro: reacción en cadena es la historia sobre un accidente nuclear en una remota región de Australia —¿no lo son todas?— que la empresa y el gobierno quieren ocultar. Un empleado quiere dar a conocer la verdad pero es perseguido y cae enfermo debido a la radiación. Por si eso fuera poco, sufre de amnesia. Será atendido, cuidado y ocultado por una pareja, que ignora quién es ese hombre y lo que pretende. En la película hay escenas de acción, con alguna persecución en coche bastante divertida y que debió de llevarse una parte importante del presupuesto. Tiene un ritmo buenísimo, un poco más lento cuando está presentando las piezas de la trama, y más acelerado hacia el final cuando resuelve. Que el personaje que quiere denunciar el accidente nuclear sufra de amnesia es todo un acierto que funciona muy bien de cara a la trama. Generalmente lo de que el espectador sepa más que los personajes suele dar problemas, pero aquí queda perfecto, aumentando la tensión narrativa hasta que todo explota.

Si te gustaron los thrillers setenteros sobre conspiraciones como La amenaza de Andrómeda (1971), El síndrome de China (1979), The Parallax View (1974) y The Crazies (1973) te gustará Peligro: reacción en cadena

Crosstalk (1982) es un techno-thriller dirigido por Mark Egerton y regusto a cyberpunk. Escrita por el propio Egerton junto a Linda Lane y Denid Whitburn, el guion es un batiburrillo de cosas que la asemeja a esos gialli italianos de los setenta, donde nada tiene mucho sentido. Esto fue debido a la caótica producción de la película. De hecho, el propio Egerton entró en la película sustituyendo a Keith Salvat con el rodaje avanzado.

Se comete el error de meter a Crosstalk en el saco del cine de explotación australiano, diciendo que es un cruce entre La ventana indiscreta (1954) de Hitchock y 2001: Una odisea en el espacio (1968) de Kubrick. Y a ver, algo de eso hay, pero la película es bastante más que eso, además de ser muy peculiar. La trama mezcla bastantes temas y no acaba de hilvanarlos completamente. Crosstalk narra la historia de Ed, un genio informático que trabaja en un nuevo ordenador. Cuando este intenta matarlo, acaba confinado en una silla de ruedas y la compañía para la que trabaja lo traslada junto al ordenador a un apartamento, para que siga desarrollando ese proyecto. Hasta aquí, pues bueno, más o menos la película se sigue bien, pero aquí se introduce otro elemento narrativo: la compañía para la que trabaja en el desarrollo de ese ordenador, no está muy interesada en pagarle la patente del invento y trata de asesinarlo. Por si eso fuera poco, Ed sospecha que uno de sus vecinos ha asesinado a su mujer y que el ordenador intenta comunicarse con él. Son tres líneas, la de la inteligencia artificial que intenta cargarse a su creador, la del thriller corporativo que busca asesinar al genio informático y quedarse con su invento, y la del misterioso asesinato en el edificio de apartamentos en el que vive Ed. Ya, para colmo, este último asesino parece que está relacionado con una organización que tiene algo que ver con la compañía para la que trabaja Ed.

Cuando enciendes la lámpara led del Ikea

Más allá del lío narrativo de Crosstalk y su extraño ritmo, también es una película bastante particular en otros aspectos. Es una película muy bien dirigida, lo que la aleja del cine de explotación. Tiene unos planos muy artísticos, en los que se nota que Egerton se gusta. Y también tiene una foto muy peculiar, más de gialli italiano. Es como si la película la hubiera dirigida Argento. Incluso hay algún amago de música electrónica. Crosstalk intenta transmitir esa idea de ciencia ficción que se adentra veinte minutos en el futuro, con esa casa completamente domotizada gracias al ordenador en el que trabaja Ed. Pero no sólo es el argumento, es el diseño de producción y cosas tan peregrinas como los títulos de crédito, para los que se usó la Data 70, un tipo de fuente muy reconocible, hoy retro-futurista pero en aquellos años futurista a secas.

Set-up gamer de los ochenta

Crosstalk no deja de ser una curiosidad nada conocida y poco valorada dentro del cine cyberpunk. Sorprende que con los problemas que tuvo y la reescritura de guion de Egerton y Whitburn, eliminando exteriores y otras escenas para reducir costes, la película llegara a terminar de rodarse. Eso explica el ritmo trastabillado y a veces lento de la película, que alarga escenas por rellenar minutos. También así se entiende un final hasta cierto punto anticlimático, pero también con un tono onírico que le sienta bastante bien a la película. En fin, Crosstalk es una peli raruna, más una curiosidad que otra cosa, por ver un thriller retro-futurista en el que una inteligencia artificial intenta comunicarse con su creador para alertarle de un crimen cometido en el edificio donde vive. Todo con una banda sonora que incluye unos sintes muy setenteros. Nadie pudo imaginar entonces la distopía tan cutre que nos está tocando vivir.





'El país de los sueños' y 'Bosque Mitago': fantasía a la puerta de casa

El país de los sueños es una novela de fantasía urbana juvenil escrita por el canadiense Charles de Lint. Publicada en 1990, forma parte de la larga serie de libros, más de una veintena, que toma el nombre de Newford, ciudad imaginaria norteamericana donde transcurren las historias. Newford es algo así como la Derry de Stephen King. En España Timun Mas publicó este libro en 1992.


Charles de Lint es un autor de fantasía poco conocido y con escasa obras traducidas al castellano. Los libros de su serie  Newford se pueden leer de manera independiente. El hilo conductor que los une es el escenario donde transcurren las historias, la ciudad de Newford, y las tramas fantásticas que incluyen folclore nativo americano y europeo. Si algo aprendí en tercero de carrera en Literatura Canadiense fue a apreciar una literatura, generalmente escrita por los descendientes de los colonos europeos, que incorpora elementos del folclore de las tribus nativas.


El país de los sueños es una novela bastante breve y de escasa complejidad. Narra la historia de dos adolescentes, Ashley y Nina. Ashley, tras la muerte de su madre y el rechazo de su padre a hacerse cargo de ella, se traslada a vivir junto a sus tíos hippies y su prima Nina, adolescente como ella. Allí transcurre su vida odiando a todos y a todo y convertida en el cliché de adolescente noventera nihilista y enfadada: pelo largo, chupa de cuero y camisetas de grupos de rock. Su prima Nina es todo lo contrario, empollona y siempre bien maquillada aunque poco popular en el instituto. El sentido de la maravilla y la empatía van de la mano en esta historia de maduración y aprendizaje.


La novela tiene dos voces narrativas, las de Nina y Ashley, y cada capítulo va saltando de una a otra, comenzando por Nina: más o menos una vez a la semana tiene una pesadilla en la que se encuentra dentro del cuerpo de un animal. Nina culpa a su prima Ashley, que vive obsesionada leyendo libros sobre brujería. Poco a poco descubriremos que además de nuestro mundo real existe el mundo de los espíritus, y que uno de ellos quiere hacerse con Nina. Ashley deberá madurar para superar su cabreo adolescente y ayudar a su odiada prima, incluso si eso significa ocupar su lugar y sacrificarse por ella. El país de los sueños es una novela dirigida a un público adolescente con un mensaje bastante claro: espabila. La novedad es el uso del folclore nativo americano. Tampoco nada excesivamente complejo, no se adentra en ese mundo más allá de dar dos pinceladas, pero no deja de ser algo diferente a lo que estamos habituados a leer en este tipo de libros. Otro punto que llama la atención es la facilidad con la que los personajes aceptan lo sobrenatural en sus vidas, algo más propio de otras latitudes como Japón. Aunque poco sutil y con un desarrollo de los personajes escaso y predecible, El país de los sueños no deja de ser una novela atractiva y entretenida gracias a su mezcla de brevedad y folclore.


Bosque Mitago (1984) de Robert Holdstock es una novela de fantasía. Como en el caso de Vencer al dragón (1985), nos encontramos con una novela y un autor que rompen con la influencia de El señor de los anillos. Existe una épica en el libro de Holdstock, pero es individual y a pequeña escala. Quizás tenga que ver con esto el hecho de que la narración primero nació como relato, con el que Holdstock ganó varios premios, y luego expandió el universo contenido en el relato en forma de novela.

Holdstock nos cuenta la historia de dos hermanos, Steve y Christian Huxley, y una vida marcada por la obsesión de su padre con el bosque Ryhope, adyacente a la casa de campo en la que viven. Una obsesión que llevará a la muerte a su madre y que acabará matando a su padre. Ambientada en la Inglaterra de posguerra de 1947, Steve regresa al hogar tras una temporada en Francia, desde donde recibía noticias de su hermano mayor Christian, sólo para encontrarlo envejecido y obsesionado con el bosque, como su padre. La trama se va construyendo alrededor del triángulo establecido entre estos dos hermanos y una mujer que viene del bosque, que desvela poco a poco las investigaciones de su padre sobre los mitagos. Porque, ¿qué es un mitago? Ahí está lo original de la novela. Un mitago es la imagen de la forma idealizada de una criatura mítica. Los bosques antiguos, como el de Ryhope, junto al que viven los Huxley, son campos de energía creativa que interactúa con el inconsciente colectivo donde se encuentran los premitagos. Casi nada, ¿eh? Carl Jung estaría orgulloso. Luego introduce conceptos como el de urscumug, una arquetipo de mitago del que surgen todas las formas posteriores, un héroe de los primeros hombres que forma parte de una memoria oculta. Pero aterrizando esto, la idea de mitago quiere decir que cada pueblo crea sus leyendas y les da, literalmente, vida. Guiwenneth es el mitago del que se enamoran los hermanos, una mujer que encarna una leyenda ya olvidada. Es la mujer con la que se obsesiona su padre, luego Christian, que la pierde cuando otros mitagos salen del bosque y los atacan, y Steve, que ve como Christian se la arrebata y se adentra con ella en el bosque dándole por muerto. El viaje de Steve a través del bosque en busca de la mujer que ama y de su hermano es un recorrido por los héroes y leyendas que han surgido Inglaterra desde el fin de la última glaciación. También es un viaje sobre la creación de un mito, el de Steve, Christian y Guiwenneth, y sobre la posibilidad de que los mitos, o algunos de ellos, no vengan del pasado, sino del futuro.

Holdstock se toma su tiempo para hacer avanzar la trama en una novela con un ritmo narrativo pausado y un estilo realista que se va adentrando poco a poco en la fantasía. El ritmo pausado y lo reflexivo y descriptivo de la prosa pueden tirar para atrás a más de un lector. Bosque mitago explora ideas como la memoria racial, el inconsciente colectivo y el origen de los mitos y las leyendas, en un enfoque antropológico que recuerda a la obra de Ursula K. Le Guin, pero con un estilo literario más cercano a Algernon Blackwood. Como en el caso de El país de los sueños y Vencer al dragón, Bosque Mitago es un libro autoconclusivo que forma parte de una saga.

de Lint, Charles (1992). El bosque de los sueños. Timun Mas.
Holdstock, Robert (2021). Bosque Mitago. Gigamesh

¡Qué bonita es la canción de Mitski!






PELÍCULAS GEMELAS vol. 2: 'Deep Impact' y 'Armageddon'

Después de Twister (1996), Volcano (1997) y Un pueblo llamado Dante's Peak (1997), llegaban Deep Impact (1998) y Armageddon (1998) como nuevos blockbusters del cine de catástrofes. De este nuevo par de películas gemelas, Deep Impact llegó primero, en mayo, seguida de Armageddon, en julio. 


Deep Impact es una película dirigida por Mimi Leder, escrita por Bruce Joel Rubin y Michael Tulkin, y protagonizada por Robert Duvall, Téa Leoni, Elijah Wood y Morgan Freeman. Si por algo destaca la película es por Morgan Freeman y su personaje, el presidente Beck, que se come al resto del reparto con patatas. Un reparto en el que estaba el Elijah Wood de antes de El Señor de los anillos, que aún estrenaría ese 1998 una peli de culto como The Faculty.


La peli contó con unos 80 millones de presupuesto, casi la mitad que Armageddon, quizá por eso sólo los últimos diez últimos minutos están repletos de explosiones y olas gigantes. Los efectos especiales no son el fuerte de la película, ni por cantidad ni por calidad, sólo hay que ver las imágenes de la nave en el espacio. Como sucedía con Dante's Peak, Deep Impact se centra más en el drama individual que en el cine de explosiones. Explora los traumas de varios de sus personajes y llega a tener un tono didáctico por boca del personaje interpretado por Freeman. Es el presidente de EEUU el encargado de explicar, cual profesor de secundaria, los acontecimientos que están por suceder. ¿Qué diferencia con el presidente real, eh? La película tiene una fotografía que luce más natural, casi de documental, y se aleja de los movimientos bruscos de cámara y las escenas con veinte mil cortes.


Los buscadores en los noventa


Michael Bay. Los primeros diez minutos de la película son, literalmente, explosiones y destrucción: una lluvia de meteoritos destruye un transbordador espacial y destroza la ciudad de Nueva York. Armageddon está dirigida por el videoclipero Michael Bay, escrita por J. J. Abrams y Jonathan Hensleigh, y protagonizada por Bruce Willis, Ben Affleck y una retahíla de secundarios casi interminables, que incluye a Udo Kier. ¿Alguno recordabais el papel de Kier en Armageddon?


Como en Deep Impact, un meteorito va a colisionar contra la Tierra y EEUU manda a unos tipos en una nave espacial para destruirlo con armas nucleares. Bruce Willis hace de Bruce Willis. Su presentación de personaje es la época: lanza pelotas de golf desde una plataforma petrolífera a los activistas del barco de Greepeace que están protestando frente a ella. ¿Qué es el fin de la Historia?, se preguntaba Fukuyama. 


El estilo de Bay es el de mucho corte y mucho movimiento de cámara, con mucho color saturado y contraste. La fotografía de Deep Impact es bastante natural, a diferencia de lo que sucede en Armageddon, que es pura fantasía: tienes un primer plano de Liv Tyler completamente en verde y a Bruce Willis en segundo plano en claroscuro casi de blanco y negro. Son estímulos por todos lados y en todo momento: destrucciones de naves espaciales, estaciones espaciales, discursos del presidente, más explosiones, canciones de Aerosmith, beso de película... Armageddon puede llegar a ser agotadora.


Verde que te quiero verde

¿QUIERE SABER MÁS?

Sarritan galdetzen diot
A menudo me pregunto
Nere buruari
A mí mismo
Hemen ez ote dabilen
Si aquí no va
Dena azkarregi
Todo demasiado rápido
Sarritan galdetzen diot
A menudo me pregunto
Nere buruari
A mí mismo
Hemen ez ote dabilen
Si aquí no va